El descanso no se pierde de golpe, se rompe en pequeños gestos que repetimos cada noche. Hay noches en las que te metes en la cama y el cuerpo cae rendido. Y otras… en las que la cabeza parece tener vida propia. Da vueltas, repasa conversaciones, se adelanta a problemas que ni existen todavía.
El Dr. Michael Breus, psicólogo clínico especializado en medicina del sueño, lleva más de 26 años observando justamente eso: cómo dormimos, por qué no dormimos y qué ocurre cuando el descanso se rompe. Su idea es clara y, al mismo tiempo, reconfortante: el sueño no es un lujo ni una debilidad. Es el motor silencioso que mantiene todo lo demás en pie.
Lo interesante de su enfoque es que no se limita a decir “duerme más”. Va más allá. Habla de entender al cuerpo. De escuchar su ritmo. De dejar de pelear con él. Porque cuando se duerme bien, todo se ordena un poco: el humor, la memoria, la energía. Y cuando no… lo notamos en cada gesto del día.
El cuerpo tiene su propio reloj (y conviene no discutir con él)

Una de las cosas que más repite Breus es que el sueño no es un interruptor. No es encender y apagar. Es más bien un equilibrio delicado entre dos fuerzas. Por un lado, la presión del sueño, que se acumula durante el día. Como el hambre. Cuanto más tiempo llevas despierto, más ganas de dormir tienes. Por otro, el ritmo circadiano, ese reloj interno que decide cuándo deberías estar activo y cuándo no.
Cuando ambos sistemas se alinean, el descanso llega con naturalidad. Cuando se desajustan, empiezan los despertares nocturnos, la sensación de no haber dormido o ese cansancio que se arrastra durante horas.
Y aquí entra algo que a muchos nos suena: despertarse a mitad de la noche, mirar el móvil, levantarse a dar vueltas. Pequeños gestos que parecen inofensivos, pero que activan al cerebro justo cuando debería estar calmándose.
Breus propone algo tan sencillo que a veces se olvida: respirar, esperar, no encender pantallas. Dejar que el cuerpo vuelva a su ritmo. Suena básico, pero funciona más de lo que creemos.
No todos dormimos igual (y eso está bien)

Hay personas que a las siete de la mañana ya están activas y con ganas de hacer cosas. Otras, en cambio, funcionan mejor a partir de la tarde. Y no es cuestión de disciplina o pereza. Es biología.
Breus habla de cronotipos, una especie de “personalidad del sueño”. Los leones son madrugadores. Los osos siguen el ritmo del sol. Los lobos rinden mejor por la noche. Y los delfines tienen un sueño ligero, más frágil.
Entender en qué grupo estás puede cambiar muchas cosas. Horarios de trabajo, momentos de mayor concentración, incluso la forma de organizar el día. A veces no es que duermas mal. Es que estás intentando dormir en un horario que no encaja con tu cuerpo.
También desmonta algunos mitos. El alcohol, por ejemplo. Sí, puede dar sueño. Pero es un sueño superficial, fragmentado. No repara. No limpia. No recupera. Es como apagar la luz sin cargar la batería.
Y la melatonina, aunque útil en algunos casos, no es la solución universal. A veces el cuerpo necesita cosas más simples: rutina, luz natural, silencio. Incluso un té caliente antes de dormir puede ayudar más que cualquier suplemento.
Soñar también es trabajar (aunque no lo parezca)
Los sueños no son solo imágenes raras que se desvanecen al despertar. Son, en cierta forma, una manera de procesar lo que vivimos. De ordenar emociones. De digerir experiencias.
Breus sugiere algo curioso: escribir lo que se sueña o imaginar un final distinto para una pesadilla recurrente. Puede parecer extraño, pero ayuda a reducir la ansiedad. El cerebro sigue trabajando mientras dormimos, y a veces solo necesita que le prestemos un poco de atención.









