La noticia ha caído como una bomba en el ecosistema digital ruso. El regulador Roskomnadzor ha iniciado restricciones severas contra Telegram, alegando que la plataforma de Pavel Durov es un nido de «actividades terroristas y criminales». Sin embargo, tras la retórica oficial de seguridad nacional, se esconde un movimiento estratégico mucho más ambicioso: el apagón de la última gran ventana de información no controlada para dar paso a una aplicación de cuño estatal que ya viene preinstalada en todos los dispositivos del país.
El caos técnico y la rebelión de los «milbloggers»
El impacto ha sido inmediato. En las últimas 24 horas, se han registrado más de 11.000 informes de fallos y caídas del servicio en ciudades como Moscú y San Petersburgo. Pero el problema no es solo para el ciudadano de a pie; la decisión ha irritado profundamente a los blogueros militares rusos, quienes utilizan Telegram como su principal herramienta de comunicación en el frente. Algunos incluso han acusado al regulador de «ayudar al enemigo» al dejar a las tropas sin su canal de coordinación más ágil.
Es una situación paradójica: el propio Kremlin, las agencias de noticias estatales y los altos mandos militares dependen de Telegram para su comunicación diaria. Bloquear la aplicación es, en muchos sentidos, pegarse un tiro en el pie logístico, pero el gobierno parece haber decidido que el riesgo de la disidencia interna es mayor que el coste de la ineficiencia operativa.
Max: El «Caballo de Troya» de la vigilancia estatal
Para llenar el vacío dejado por Telegram, el gobierno está promocionando agresivamente Max. Esta nueva aplicación, desarrollada por VK (la red social que el propio Durov fundó y de la que fue expulsado), permite enviar mensajes, dinero y realizar llamadas bajo la atenta mirada de los servicios de inteligencia. Al ser una plataforma de propiedad estatal, el anonimato es inexistente y los datos de los usuarios están a disposición inmediata de las autoridades.
Pavel Durov ha respondido con dureza desde el exilio, comparando la estrategia rusa con el fallido intento de Irán de silenciar la red hace ocho años. Según Durov, Telegram es un símbolo de libertad que no cederá ante la presión de regímenes que buscan convertir el internet en una herramienta de vigilancia masiva. La ironía no escapa a nadie: Durov huyó de Rusia en 2014 por negarse a entregar datos de usuarios ucranianos a la inteligencia rusa, y hoy ve cómo su antigua creación (VK) es usada para intentar enterrar su actual éxito.
Siguiendo los pasos del «Gran Cortafuegos» chino
Expertos en ciberpolítica sugieren que Rusia está intentando emular el sofisticado sistema de censura de China, aunque todavía carece de la infraestructura técnica para lograr un bloqueo total. Resulta evidente que las élites tecnológicas rusas seguirán usando Telegram a través de VPNs y otros trucos técnicos, creando una brecha digital entre quienes saben saltarse la censura y quienes quedan confinados al ecosistema controlado de Max.
Esta medida no es un hecho aislado, sino la culminación de una década de esfuerzos para «soberanizar» el internet ruso. Ya en 2018 hubo un intento de bloqueo que fracasó estrepitosamente, pero en 2026 la tecnología de control de Roskomnadzor es mucho más potente. El gobierno ha pasado de intentar prohibir a intentar sustituir, una táctica mucho más efectiva para domesticar la opinión pública a largo plazo.
Un futuro de aislamiento digital y sanciones
Mientras tanto, la presión económica sobre Telegram aumenta. La agencia TASS ha reportado multas de hasta 64 millones de rublos por la supuesta negativa de la app a eliminar contenido prohibido. Es una guerra de desgaste financiero y técnico que busca asfixiar la operatividad de la plataforma en suelo ruso. La gran pregunta es si la población aceptará el cambio a Max o si el uso masivo de herramientas de elusión convertirá el bloqueo en una medida puramente simbólica.
Lo que queda claro es que el internet en Rusia ya no volverá a ser el mismo. La era de los «dos pasos adelante y uno atrás» en la censura ha terminado para dar paso a un invierno digital donde la privacidad es un lujo perseguido. Mientras los ciudadanos ven cómo su app favorita deja de cargar, el Kremlin observa los paneles de control de Max, esperando el momento en que cada mensaje enviado en el país pase por sus servidores.








