El azúcar puede subir en silencio durante años sin que el cuerpo haga ruido. Hay enfermedades que entran con estruendo. Y luego está la diabetes, que se instala sin hacer ruido. Casi como una visita que no anuncia su llegada y, cuando te das cuenta, lleva tiempo sentada en el salón. No duele al principio, no molesta demasiado, no interrumpe la rutina. Por eso engaña. Porque parece que no pasa nada… hasta que pasa.
Cuando el cuerpo deja de responder como antes

Hay dos grandes formas de diabetes. La tipo 1 suele aparecer en niños o jóvenes y es un cambio brusco. El páncreas deja de producir insulina y la persona tiene que administrársela siempre. Es una convivencia obligada desde muy pronto. Una adaptación constante.
La tipo 2, en cambio, llega más despacio. Es la más común. Y también la más ligada a la forma en la que vivimos. El cuerpo produce insulina, pero no la utiliza bien. Se vuelve resistente a ella. Como cuando alguien te habla y, aunque oyes, no terminas de escuchar.
Aquí entran en juego muchas cosas: el sedentarismo, la alimentación rápida, el estrés, los horarios imposibles. Y sí, también la genética. Si en la familia hay diabetes, el riesgo aumenta. Pero lo que hacemos cada día también pesa. Y mucho.
A veces lo pienso: vivimos tan rápido que no siempre nos damos cuenta de cómo vivimos. Hasta que el cuerpo levanta la mano.
El problema es que no avisa

Lo más complicado de la diabetes es su silencio. Durante años puede no dar señales claras. No hay dolor. No hay alarma. Y eso hace que mucha gente conviva con ella sin saberlo.
Un análisis de sangre puede ser la primera pista. En ayunas, el azúcar debería estar por debajo de 100. Si supera los 126, ya se considera diabetes. Pero los síntomas clásicos —sed constante, orinar mucho, hambre exagerada, cambios de peso— suelen aparecer cuando el nivel está muy alto. Y para entonces, la enfermedad lleva tiempo ahí.
Si no se controla, el exceso de azúcar empieza a pasar factura. A los ojos. A los riñones. A los nervios. Al corazón. Es un desgaste lento, como el de una gota cayendo siempre en el mismo sitio. Al principio no se nota. Después deja huella.
Suena duro, sí. Pero no es un destino inevitable.
Más que pastillas, decisiones cotidianas

La medicina ha avanzado muchísimo. Hoy hay tratamientos que ayudan a mantener el azúcar a raya y que incluso protegen otros órganos. Eso es una gran noticia. Pero hay algo que sigue siendo clave: el papel de la persona que convive con la enfermedad.
Se habla mucho del “paciente experto”. Y no se trata de convertirse en médico ni de hacerlo todo perfecto. Se trata de implicarse un poco. De entender qué ocurre en el cuerpo. De cuidar lo que se come sin obsesionarse. De moverse más. De hacerse revisiones. De no dejar toda la responsabilidad en una pastilla.
No es fácil. La vida real está llena de prisas, de cansancio, de días en los que no apetece. Pero incluso pequeños cambios suman. Caminar más. Dormir mejor. Comer un poco más real y un poco menos rápido. Son gestos que, repetidos, hacen diferencia.
Escuchar antes de que el cuerpo tenga que gritar
Quizá lo más importante sea no esperar a sentirse mal. Un simple análisis puede detectar el problema a tiempo. Y cuando se detecta pronto, se puede controlar. Se puede convivir con él sin que lo invada todo.
La diabetes no es solo una enfermedad. Es también un recordatorio. De que el cuerpo tiene límites. De que el ritmo de vida importa. De que cuidarse no es un lujo, es una necesidad.
A veces basta con parar un momento y preguntarse cómo estamos viviendo. Y empezar por ahí. Porque aunque la diabetes sea silenciosa, también es una oportunidad para escuchar al cuerpo antes de que tenga que levantar la voz.









