Comprender cómo surge la conciencia humana es uno de los mayores desafíos de la ciencia. Durante siglos, filósofos y médicos han intentado explicar la relación entre mente y cuerpo. Hoy, la neurociencia continúa esa búsqueda con nuevas herramientas y preguntas más profundas. En ese camino se ha destacado el investigador José Luis Díaz, quien ha dedicado su vida a estudiar el misterio del cerebro y sus funciones.
Díaz, médico y académico, recuerda el momento en que decidió orientar su carrera hacia este tema. Recién ingresado a la facultad de Medicina, asistió a una clase de anatomía impartida por el doctor Dionisio Nieto, un psiquiatra y neuropatólogo español. Aquella lección sobre el sistema nervioso lo marcó para siempre. “El gran enigma es cómo el cerebro produce y alberga la conciencia”, escuchó decir a su profesor. Desde entonces, ese interrogante se convirtió en el eje de toda su trayectoria.
Mente y cerebro: una frontera difícil de definir

Uno de los puntos que más inquietan al público general es la diferencia entre mente y cerebro. Para Díaz, la explicación básica es sencilla: el cerebro es el órgano físico, mientras que la mente es la función que emerge de su actividad. Sin embargo, detrás de esa definición se esconde una complejidad enorme.
El investigador subraya que, pese a los avances científicos, todavía no se sabe exactamente por qué ciertos grupos de neuronas generan experiencias tan distintas. Un conjunto de células activadas permite ver un color, otro posibilita percibir un olor y otro despierta una emoción como la envidia. Todos estos procesos utilizan el mismo lenguaje biológico de impulsos eléctricos y conexiones sinápticas, pero producen mundos internos completamente diferentes.
“Estamos ante el sistema natural más complicado del universo conocido”, afirma. El cerebro humano, con sus miles de millones de neuronas y billones de conexiones, logra traducir señales físicas en recuerdos, pensamientos y sentimientos. Cómo se produce ese salto entre lo material y lo subjetivo es, para Díaz, la gran pregunta pendiente.
Este dilema no es nuevo. Desde la antigüedad se ha debatido si el ser humano está compuesto por dos realidades distintas o por una sola. Los filósofos griegos, los pensadores orientales y más tarde figuras como Platón y Descartes propusieron diversas respuestas. Algunos defendieron que todo es materia; otros, que todo es mente; y otros sostuvieron que existen dos planos que deben conectarse de alguna manera.
La neurociencia moderna, explica Díaz, tiende a una visión monista: asume que solo existe una realidad material. Sin embargo, reconoce una dualidad de manifestaciones. Una cosa son las neuronas y otra muy distinta la experiencia de sentir dolor, amor o miedo. Esa diferencia es la que mantiene vivo el debate sobre la conciencia.
La conciencia, el dolor y los límites de la ciencia
Para entender el problema actual, el investigador propone un ejemplo claro: el dolor. Desde el punto de vista fisiológico, se conocen con precisión las vías nerviosas que lo transmiten. Se puede describir cómo una señal viaja desde una herida hasta la médula espinal y luego al cerebro. Todo ese recorrido es medible y observable.
Lo que la ciencia aún no puede explicar es por qué esa actividad neuronal se transforma en una sensación consciente y desagradable. Se puede mapear cada parte del proceso sin mencionar la experiencia subjetiva, pero el sufrimiento real sigue siendo un misterio. Este fenómeno resume el núcleo del problema mente-cuerpo.
Otro aspecto que Díaz analiza es la identidad personal. Con el paso de los años, el cuerpo cambia y también lo hacen los pensamientos y emociones. Sin embargo, permanece una sensación profunda de ser la misma persona. Según el neurocientífico, esa continuidad se apoya en funciones básicas del cerebro como la memoria, la propiocepción y la capacidad de introspección.
La memoria, por ejemplo, no funciona como una grabación fiel del pasado. Cada recuerdo es una reconstrucción hecha desde el presente. El cerebro no reproduce escenas tal como ocurrieron, sino que las recrea, las edita y las adapta a las necesidades actuales. De ahí que los recuerdos puedan transformarse con el tiempo.
También las emociones plantean desafíos similares. Aunque tengan bases neuroquímicas claras, reducirlas únicamente a reacciones químicas resulta insuficiente. Las emociones son fenómenos complejos que emergen de múltiples niveles de organización del cerebro y de la interacción con el entorno.
Incluso los mitos y las narraciones simbólicas, señala Díaz, influyen en la conciencia humana. No son simples fantasías, sino formas culturales de transmitir sabiduría y de dar sentido a la experiencia. Aunque no se conozca qué ocurre exactamente en el cerebro al leer un mito, es evidente que esas historias modelan nuestra manera de pensar y sentir.
Después de décadas de investigación, José Luis Díaz mantiene intacta la curiosidad que nació en aquella aula universitaria. Sabe que muchas preguntas seguirán abiertas, pero está convencido de que explorarlas vale la pena.









