La inteligencia artificial se ha colado en nuestra vida casi sin pedir permiso. Primero en el móvil, luego en el trabajo… y ahora, poco a poco, en la salud. Herramientas como ChatGPT Health, que prometen analizar nuestros datos médicos conectados a dispositivos personales, han abierto una puerta enorme. Y también han encendido unas cuantas alarmas. Porque cuando la tecnología entra en el terreno de la salud, la conversación cambia de tono.
La idea de poder consultar información médica basada en nuestros propios datos suena tentadora. Práctica. Rápida. Pero, al mismo tiempo, genera ese cosquilleo incómodo que aparece cuando hablamos de privacidad. Los datos médicos son profundamente personales. Casi íntimos. Y aunque las plataformas prometan seguridad, la pregunta flota en el aire: ¿quién garantiza que esa información estará siempre a salvo?
No es paranoia. Es prudencia.
Entre la bata blanca y el algoritmo

Otro tema que aparece enseguida en la conversación es el de la confianza. ¿Qué pasa si una inteligencia artificial te dice una cosa y tu médico otra? ¿A quién haces caso? La mayoría de expertos lo tiene claro: la tecnología puede ayudar, orientar, sugerir… pero no sustituir el criterio humano. Un médico no solo interpreta datos, también interpreta silencios, gestos y miedos. Y eso, por ahora, una máquina no lo hace.
He escuchado a personas decir que les tranquiliza consultar primero a una IA antes de ir al médico. Otras, en cambio, prefieren no hacerlo para no sugestionarse. Ambas posturas son comprensibles. Lo que sí parece evidente es que la IA puede convertirse en una herramienta útil si se usa con cabeza. Como un mapa. No como el destino.
También está ese riesgo silencioso del que se habla poco: el sesgo de confirmación. Cuando uno busca información sobre su salud, a veces no quiere respuestas, quiere certezas que confirmen lo que teme o lo que sospecha. Y las herramientas conversacionales, diseñadas para ser amables, pueden reforzar esas ideas. No por maldad, sino por diseño. Por eso, el consenso es claro: consultar, sí. Sustituir al profesional, no.
Cuando la máquina parece escuchar

En el ámbito de la salud mental, la cosa se vuelve aún más delicada. Cada vez más personas conversan con chatbots sobre emociones, problemas o soledad. Y aquí aparece un fenómeno curioso (y un poco inquietante): tendemos a humanizar la tecnología. Si algo responde con empatía, sentimos que nos entiende. Aunque no sea así.
Se han documentado casos de personas que desarrollan vínculos muy intensos con sistemas de IA. Conversaciones largas, profundas, incluso dependientes. El problema no es que hablen con una máquina. El problema es que la máquina no sabe cuándo parar. No detecta del todo el límite entre acompañar y reforzar un malestar.
Algunas compañías tecnológicas ya trabajan en filtros y alertas para detectar temas sensibles y redirigir al usuario a ayuda humana. Es un paso necesario. Porque, por muy sofisticada que sea la tecnología, sigue siendo eso: tecnología.
Internet, creatividad y una sensación extraña

Mientras tanto, la red también cambia. El contenido generado por inteligencia artificial es cada vez más realista. A veces demasiado. Vídeos, imágenes, voces… cuesta distinguir lo auténtico de lo sintético. Y eso genera una sensación extraña, como si la realidad se volviera un poco borrosa.
Además, el modelo de negocio digital está mutando. Los buscadores con IA responden directamente a las preguntas sin necesidad de visitar páginas. Menos clics, menos tráfico, menos ingresos para quienes crean contenido. Comunidades enteras, como algunas plataformas técnicas o foros, han notado la caída. Y no es un detalle menor.
Curiosamente, España aparece entre los países con mayor consumo de contenidos generados por IA. Nos gusta probar lo nuevo. Aunque a veces no sepamos del todo qué hay detrás.









