Hay profesionales que hablan desde la teoría. Y luego están los que lo hacen desde la experiencia. Carlos Cenalmor pertenece claramente al segundo grupo. Psiquiatra, psicoterapeuta y especialista en burnout, ha vivido en carne propia el agotamiento extremo en dos momentos de su vida. No lo cuenta con dramatismo, sino con esa claridad que solo llega cuando uno ha pasado por el fuego y ha salido con algo aprendido.

Su mensaje es sencillo de entender, aunque no siempre fácil de aceptar: la salud mental no puede reducirse a una pastilla ni a un calendario de productividad. Según explica, el modelo laboral actual va muchas veces en contra de nuestra propia biología. Jornadas largas, horas sentados, poco contacto con el exterior… un cóctel que, poco a poco, desgasta.
Dice algo que al principio sorprende, pero luego tiene sentido: trabajar demasiadas horas seguidas, sin movimiento ni aire libre, es antinatural. El cuerpo está diseñado para moverse, para alternar esfuerzo y descanso, para recibir luz y cambiar de ritmo. Sin embargo, la rutina moderna nos empuja justo en la dirección contraria. Un estrés constante, anticipatorio, casi invisible, que se acumula como polvo fino hasta que un día pesa demasiado.
Cuando el trabajo deja de ser vocación y empieza a doler

El burnout, insiste Cenalmor, no es solo estar cansado. Es otra cosa. Es levantarte sin ganas, sentir que lo que antes te motivaba ahora te drena, empezar a mirar con recelo a las personas a las que antes querías ayudar. En profesiones vocacionales se ve mucho. Médicos, docentes, cuidadores… personas que empezaron con ilusión y que, con el tiempo, se sienten vacías.
Lo explica de una forma muy directa: el burnout es una desconexión emocional progresiva. No solo te agotas, te deshumanizas un poco por dentro. Y el cuerpo, como siempre, acaba hablando. Dolores de espalda, insomnio, ansiedad persistente. A veces algo más serio. El organismo no se queda callado cuando se le ignora durante demasiado tiempo.
He escuchado a gente describir esa sensación como vivir en piloto automático. Cumples. Funcionas. Pero no estás. Y eso, a la larga, pasa factura.
Pastillas que ayudan, pero no lo resuelven todo

Cenalmor no demoniza la medicación. La considera útil en determinados momentos. Pero advierte de algo que muchos intuyen: si solo se pone un parche, el problema sigue ahí debajo. Un antidepresivo puede aliviar, pero no siempre responde a la pregunta de fondo: por qué estás así.
También señala una realidad incómoda del sistema sanitario: la falta de tiempo. Consultas rápidas, listas de espera, agendas saturadas. En ese contexto, la prescripción farmacológica se vuelve la respuesta más inmediata. No siempre la más completa.
Su propuesta no es radical. Es integradora. Medicación cuando haga falta, sí. Pero también terapia, cambios de hábitos, revisión del estilo de vida. Y, sobre todo, tiempo. Tiempo para entender qué está pasando.
Emociones que no son enemigas

Una de las ideas que más repite es que las emociones no son fallos. Son mensajes. La tristeza, por ejemplo, no es un error del sistema. Es una señal. Puede indicar pérdida, cansancio, necesidad de parar. Escucharla no es debilidad, es información.
En una cultura que empuja a estar siempre bien, siempre productivo, siempre activo, parar se siente casi como un acto de rebeldía. Pero quizá sea, simplemente, una necesidad biológica. Descansar no solo para volver a rendir, sino para regenerarse. Para recomponerse.
Me gusta una imagen que utiliza: «El descanso no es repostar para seguir corriendo, es también quedarse quieto un rato sin objetivo. Y eso, hoy en día, cuesta».








