La idea de vivir 120 o 150 años dejó de ser un argumento de ciencia ficción para convertirse en un debate cada vez más real. Los avances científicos, la investigación genética y la irrupción de nuevas tecnologías están cambiando la forma de entender el envejecimiento. Según el neurocirujano José Hernández Poveda, el futuro de la salud pasa por una revolución silenciosa: la medicina de longevidad, una disciplina que pretende no solo alargar la vida, sino mejorarla.
El especialista sostiene que la medicina tradicional ha tratado el envejecimiento como un proceso inevitable. Sin embargo, la ciencia actual demuestra que es posible intervenir sobre sus causas biológicas. “No hablamos de dejar de envejecer, sino de rejuvenecer”, afirma.
Envejecer no es cumplir años: es perder información y medicina

Desde su experiencia como neurocirujano, Hernández Poveda explica que la clave del envejecimiento está en el interior de nuestras células. Según detalla, el ADN funciona como un manual de instrucciones que indica a cada célula cómo debe comportarse. El problema surge cuando, con el paso del tiempo, esa información se desordena.
“El envejecimiento es una pérdida progresiva de información a nivel genético”, señala. Este deterioro provoca que las células olviden cómo cumplir sus funciones y comiencen a aparecer las enfermedades asociadas a la edad. Aquí entra en juego la epigenética, un campo que estudia cómo los hábitos y el entorno influyen en la expresión de nuestros genes.
La medicina de longevidad, explica el experto, busca precisamente proteger ese epigenoma para frenar el daño celular. Dormir bien, alimentarse de forma adecuada, entrenar fuerza y mantener una buena capacidad cardiorrespiratoria son herramientas fundamentales. “La genética te da la predisposición, pero lo que va a ocurrir está en tus manos”, resume.
Este enfoque supone un cambio radical respecto a la medicina convencional. En lugar de esperar a que aparezca la enfermedad para tratarla, la medicina moderna apuesta por anticiparse. Analizar biomarcadores, estudiar riesgos futuros y diseñar estrategias personalizadas se han convertido en pilares de esta nueva manera de cuidar la salud.
El músculo, el gran aliado de la longevidad
Uno de los mensajes más contundentes del neurocirujano tiene que ver con el ejercicio físico. Para él, la masa muscular es el verdadero órgano de la longevidad. “Me acerca más a la muerte no trabajar la masa muscular que fumar”, afirma sin rodeos. La afirmación se apoya en estudios que muestran que la debilidad física multiplica el riesgo de mortalidad.
José Hernández Poveda insiste en que la medicina debe empezar a mirar el entrenamiento como un tratamiento preventivo. No se trata de estética, sino de supervivencia. A partir de los 40 años se pierde entre un 1% y un 2% de músculo al año si no se trabaja de manera específica. Esa pérdida progresiva es la que termina limitando la movilidad y la independencia en la vejez.
Otro indicador clave es el VO2 Max, que mide la capacidad del cuerpo para utilizar oxígeno. Tener una baja capacidad cardiorrespiratoria, explica el médico, es incluso más peligroso que muchos factores clásicos de riesgo. Por eso, el entrenamiento de fuerza y el ejercicio de alta intensidad son herramientas que la medicina de longevidad considera imprescindibles.
El especialista también subraya la importancia del sueño, la gestión del estrés y la alimentación como elementos centrales. Según su visión, la medicina del futuro no estará basada únicamente en fármacos, sino en hábitos inteligentes y personalizados que permitan cuidar el organismo desde dentro.
Hernández Poveda decidió dedicarse a este campo tras años trabajando en urgencias de neurocirugía. Allí comprobó cómo muchas enfermedades graves podían haberse evitado con un enfoque preventivo. Hoy aplica esa filosofía a sus pacientes: estudiar su cuerpo en profundidad, detectar riesgos y diseñar planes para minimizarlos.
“La función de la** medicina de longevidad** es evitar a toda costa el deterioro que viene con la edad”, explica. Su trabajo se centra en medir miles de biomarcadores y anticipar problemas antes de que aparezcan. De este modo, se puede reducir de forma drástica el riesgo de infartos, Alzheimer o distintos tipos de cáncer.
Aun así, reconoce que este nuevo paradigma plantea preguntas éticas y sociales. ¿Quién podrá acceder a estos avances? ¿Cómo cambiará la sociedad si vivimos décadas más? Para el neurocirujano, la clave será democratizar el conocimiento y entender que la verdadera longevidad no es solo sumar años, sino llenarlos de sentido.









