A veces la luz no está fuera: está en quién decides tener cerca. Hay días en los que la vida se siente como un número de circo. No elegante, no perfecto. Más bien ese malabarista que sonríe mientras por dentro piensa: como se me caiga una, se me caen todas. Trabajo, familia, salud, relaciones… y ese espacio íntimo contigo mismo que a veces es el primero que sacrificas.
Vamos lanzando bolas al aire sin darnos cuenta de que no todas pesan igual. Y, sobre todo, de que no todas se pueden recuperar si caen.

Hay una idea que siempre me ha acompañado: el trabajo es una bola de goma. Si se cae, rebota. Te da rabia, te frustra, te remueve… pero vuelve a la mano. En cambio, la familia, la salud, los vínculos importantes y tu equilibrio interior son de cristal. Si una de esas cae, no siempre se rompe en un gran estallido; a veces se astilla en silencio. Y lo astillado, ya sabes, nunca vuelve a ser exactamente lo mismo.
Lo difícil no es entenderlo. Es recordarlo cuando suena el teléfono, cuando hay prisa, cuando el correo no para de entrar. Nos han enseñado a proteger la bola de goma como si fuera la más valiosa. Y, sin querer, vamos descuidando las otras. A mí me ha pasado (y más de una vez).
Abejas y moscas: la gente que te rodea importa más de lo que crees

Con el tiempo también te das cuenta de otra cosa: el entorno influye más de lo que pensamos. Hay personas que, incluso en medio del caos, buscan lo bueno. A esas las llamo abejas. No porque vivan en un mundo perfecto, sino porque, aun cuando todo huele a desastre, ellas buscan un poco de miel. Una conversación que suma. Una mirada que calma. Un gesto que levanta.
Luego están las moscas. Y no es que sean malas personas. Es que se quedan pegadas en lo que huele mal, en lo que falla, en lo que duele. Aunque estén rodeadas de cosas bonitas, su radar siempre apunta al problema. Y lo peligroso es que la negatividad se contagia. Igual que la esperanza.
Siempre recuerdo a mi padre. Le tocó una infancia durísima: huérfano muy pequeño, trabajando antes de tiempo. Podría haber sido una persona amargada, de las que ven el vaso siempre medio vacío. Pero no. Eligió ser una abeja. No porque la vida fuera fácil, sino porque decidió que su forma de mirarla no se la quitaba nadie.
Y eso se queda contigo. Aunque tardes años en entenderlo.
Los momentos en los que las personas se revelan

Hay una frase que me parece incómodamente cierta: a la gente se la conoce en los momentos límite. No cuando todo va bien, no cuando hay risas y sobremesas largas. Es en las grietas donde se ve quién está de verdad.
Dicen que hay cuatro momentos clave. A la pareja, en un divorcio. A los hermanos, en una herencia. A los hijos, en la vejez. A los amigos, en los momentos duros. Puede sonar exagerado… hasta que te toca vivir alguno.
Y sí, elegir pareja es probablemente una de las decisiones más importantes que tomamos. Una buena elección te sostiene. Una mala te desgasta en silencio durante años. No es romántico decirlo así, pero es real. La persona con la que compartes la vida influye en tu calma, en tu energía, en tu forma de estar en el mundo.









