Durante un tiempo, los aceites esenciales han vivido su edad de oro. Redes sociales, tiendas de bienestar, recomendaciones en vídeos cortos… pareciera que unas gotas bastan para arreglarlo todo. Pero hay algo que empieza a decirse cada vez más en voz alta: natural no significa inofensivo. Y cuando se trata de ingerir aceites esenciales, la cosa se vuelve bastante más seria de lo que parece en pantalla.
Enrique, especialista en aromaterapia y cosmética natural, lo explica sin rodeos. Le preocupa esa moda creciente de tomarlos como si fueran suplementos diarios. Gotas en agua, cápsulas caseras, recetas virales. Una tendencia que, según advierte, puede ser la forma más tóxica de utilizarlos si se hace sin formación ni supervisión médica.
Lo que ocurre dentro del cuerpo no se ve. Y ahí está el problema. El hígado y los riñones son los que se encargan de procesar esas sustancias concentradas. Si no hace falta… ¿para qué someterlos a ese trabajo extra? La pregunta parece sencilla, pero no siempre se plantea.
Tomarlos no es un gesto inocente

Históricamente, la vía oral de los aceites esenciales ha sido territorio médico. Muy concreto. Muy controlado. Se usaba en situaciones puntuales, durante periodos cortos, y siempre con conocimiento clínico. Nada que ver con lo que hoy se ve en algunos perfiles de internet.
Enrique insiste en algo que suele pasarse por alto: algunos aceites son muy potentes. El de orégano, por ejemplo, puede irritar mucosas o incluso quemar tejidos si no se administra correctamente. No es un juego. No es una infusión suave. Son extractos altamente concentrados.
Y aquí aparece una idea que conviene recordar: que algo venga de una planta no lo convierte automáticamente en seguro. La cicuta también es natural, al fin y al cabo.
El olfato y la memoria: una puerta delicada

Hay otra cara de los aceites esenciales que no se menciona tanto. Su impacto emocional. El olfato está conectado directamente con el sistema límbico, la parte del cerebro que gestiona recuerdos y emociones. Un aroma puede transportar a la infancia en segundos. O a un momento difícil.
Esto, bien acompañado, puede ser terapéutico. Pero sin guía… puede remover demasiado. Enrique lo describe como abrir una caja de Pandora. Hay aromas que despiertan memorias profundas. Y no siempre estamos preparados para lo que aparece.
No es que haya que tener miedo. Pero sí respeto. Porque el mundo emocional no siempre se maneja con la ligereza con la que se recomiendan algunas gotas.
Menos productos, más sentido común

En el terreno de la cosmética, su visión es bastante clara: simplificar. Menos promesas, menos marketing, más calidad. Critica que muchas cremas se centren en oler bien o en esa sensación agradable al aplicarlas, pero que el efecto real sea secundario.
A veces, dice, lo más básico funciona mejor. Un buen aceite vegetal —jojoba, argán, sésamo— puede ser suficiente para proteger la piel. El aceite esencial es el complemento, no el protagonista. Y en pequeñas cantidades.
También menciona algo curioso: volver a lo casero. Desodorantes simples, pastas dentales naturales. Nada complicado. Pero siempre con conocimiento de dosis y mezclas. Sin improvisar.
Un mercado difícil de leer
Otro tema que inquieta es la calidad. Hoy es complicado saber si un aceite esencial es realmente puro. Hay productos sintéticos que se venden como si lo fueran. Y eso, aplicado en la piel o inhalado de forma intensa, puede ser problemático.
A esto se suma el impacto ambiental. La demanda creciente ha puesto en riesgo algunas plantas. El incienso, por ejemplo, sufre sobreexplotación en ciertas zonas. Consumir también implica elegir bien. Y formarse.
Al final, la recomendación del experto es sencilla: usar los aceites con cabeza. Priorizar el uso olfativo o tópico, siempre diluidos. Lavanda para calmar, romero para estimular, menta con cuidado, jara para cicatrizar.









