Patricia Ramírez lleva décadas observando cómo la sociedad corre sin saber muy bien hacia dónde. Psicóloga, divulgadora y una de las voces más respetadas en salud mental, sostiene que vivimos atrapados en una dinámica peligrosa: competir, compararnos y exigirnos sin medida. “Hemos convertido el estrés, la prisa y la ansiedad en nuestra zona de confort”, asegura.
Para la especialista, el gran problema actual no es solo el exceso de trabajo o de responsabilidades, sino la forma en que nos miramos a nosotros mismos a través del espejo distorsionado de las redes sociales. Un reflejo que, según explica, termina generando más inseguridad, más autoexigencia y, por supuesto, más estrés.
Estrés, prisa y ansiedad: La trampa de compararse con una vida que no existe

Ramírez tiene claro que las comparaciones sociales son uno de los motores del malestar contemporáneo. “Las redes muestran una imagen desfigurada de la realidad”, advierte. Y lo más grave es que esa imagen se ha convertido en el estándar con el que muchas personas miden su propia vida.
El mecanismo es siempre el mismo: nadie se compara con aquello en lo que es bueno, sino con su parte más vulnerable. Así se busca imitar un supuesto modelo de éxito que, en la mayoría de los casos, ni siquiera es real. Fotografías perfectas, familias ideales, cuerpos sin imperfecciones y jornadas productivas sin cansancio conforman un escenario ficticio que eleva la exigencia personal y alimenta el estrés.
“Es como una rueda de hámster de la que no sabemos bajarnos”, explica la psicóloga. Se corre, se produce, se acumulan planes y compromisos, pero casi nunca se hace una pausa para preguntarse si ese ritmo tiene sentido. El problema es que ese modo de vida se ha normalizado hasta el punto de confundirse con el éxito.
Según Ramírez, la sociedad actual asocia estar ocupado con ser valioso. Decir “no tengo tiempo”, “voy a mil” o “estoy desbordado de estrés” se ha convertido en una especie de carta de presentación. Sin embargo, las consecuencias son evidentes: más ansiedad, menos paciencia y decisiones cada vez más impulsivas.
El perfeccionismo juega un papel central en esta dinámica. La persona exigente rara vez está satisfecha con lo que hace. Siempre encuentra un “pero”, siempre cree que podría haberlo hecho mejor. Y esa sensación permanente de insuficiencia termina debilitando la autoestima y aumentando el estrés cotidiano.
Educar sin fabricar adultos obedientes y frágiles
La psicóloga también pone el foco en un aspecto menos visible, pero decisivo: la educación emocional que reciben niños y adolescentes. Para ella, uno de los grandes errores de muchas familias es confundir una buena crianza con tener hijos obedientes.
“Si educamos a un niño para que solo reciba amor cuando obedece, estamos creando adultos incapaces de poner límites”, afirma. Ese aprendizaje temprano puede derivar en personas que, por miedo al rechazo, aceptan situaciones que no desean y se someten a la presión del grupo. Un terreno perfecto para que el estrés emocional eche raíces.
La autoestima infantil, recuerda Patricia Ramírez, se construye a partir del feedback que reciben de sus padres. Cuando un niño llega a casa con un notable y escucha que podría haber sacado matrícula si se hubiera esforzado más, aprende que nunca es suficiente. Crece con la sensación de ser un fraude y con una exigencia interna que lo acompañará toda la vida.
Frente a este panorama, la especialista propone un cambio de enfoque: permitir que los hijos negocien, expresen lo que sienten y desarrollen criterio propio. “Si no aprenden a hacerlo en casa, tampoco sabrán hacerlo fuera”, asegura. Y esa incapacidad para establecer límites es una de las fuentes silenciosas de estrés en la edad adulta.
En cuanto a quienes ya cargan con una autoestima debilitada, Ramírez insiste en que siempre es posible trabajarla. Recomienda hábitos sencillos como llevar un diario de logros, reconocer los méritos propios y aprender a actuar con mayor seguridad, aunque al principio sea un ejercicio consciente.
Para cuidar la salud mental en el día a día, la psicóloga habla de un “fondo de armario” imprescindible: actividad física regular, descanso de calidad y momentos de pausa real. Tres pilares que ayudan a reducir el estrés y a recuperar el equilibrio emocional.
El ejercicio, por ejemplo, no solo mejora el cuerpo, sino que fortalece la mente y previene el deterioro cognitivo. Dormir bien permite regular las emociones y mantener la concentración. Y dedicar unos minutos al día a no hacer nada, simplemente respirar y desconectar, es un antídoto directo contra el estrés acumulado.









