El desayuno marca el ritmo del hambre —y de la energía— del resto del día. Hay algo que descoloca un poco cuando lo escuchas por primera vez. La idea de “cuerpo perfecto” no tiene que ver con un ideal estético imposible, sino con algo mucho más terrenal: el cuerpo que tienes hoy es el resultado directo de cómo has vivido. De lo que comes, de lo que duermes, de lo que te mueves… y también de lo que te dices a ti mismo cuando nadie te oye.
De Ponte lo resume con una fórmula que, aunque suene matemática, en realidad es muy humana:
(Densidad nutricional + Descanso + Ejercicio) x Mentalidad.
La clave está en ese “por”. Porque puedes hacerlo todo más o menos bien, pero si la cabeza no acompaña, el castillo se tambalea. Y eso —si somos sinceros— nos ha pasado a todos alguna vez.
Comer para nutrirse (y no solo para llenar el estómago)

Durante años nos han repetido que todo es cuestión de calorías. Menos calorías, más delgado. Más calorías, más peso. Pero la cosa no es tan simple. No es solo cuánto comes, sino qué le das al cuerpo para funcionar.
Aquí entra la densidad nutricional, que suena técnica, pero se entiende fácil: alimentos que de verdad aportan algo. Proteína, vitaminas, minerales. No solo energía rápida que se esfuma en dos horas.
El desayuno, por ejemplo. De Ponte insiste mucho en esto. Si empiezas el día con proteína de calidad —huevos, carne, verduras— el hambre se calma durante horas. Y se nota. No esa sensación de picoteo constante que te persigue toda la mañana, como si el cuerpo estuviera buscando algo que no encuentra.
Tiene lógica. Si al organismo le faltan aminoácidos, va a seguir pidiendo comida hasta conseguirlos. Y claro, acabas comiendo más de lo que necesitas. (A todos nos ha pasado eso de abrir la despensa sin saber muy bien qué buscamos).
Entre los alimentos más densos en nutrientes menciona el hígado, las vísceras y las proteínas animales. No son precisamente los más populares en Instagram, pero sí de los más completos. Y ahí hay una pequeña lección incómoda: lo que más nutre no siempre es lo que más apetece.
Moverse de verdad, no solo “entrenar”

Aquí viene una idea que me parece especialmente acertada. No es lo mismo entrenar que moverse. Puedes ir al gimnasio una hora al día y pasar las otras diez sentado. Eso, dice De Ponte, es el perfil del “atleta sedentario”. Y tiene razón.
El cuerpo está hecho para moverse de forma constante. Caminar. Subir escaleras. Ir a por la compra cargando bolsas. Cosas simples. Cotidianas. Casi invisibles.
Luego sí, entrenar fuerza tres días a la semana ayuda muchísimo. Pero sin esa base de movimiento diario —unos 7.500 u 8.000 pasos— el resto cojea. Primero moverse. Después fortalecer. Y el cardio como complemento. Ese es el orden que propone.
No suena espectacular, pero funciona. Y quizá ahí está el secreto.
Dormir: el pilar que siempre dejamos para mañana

Si hay algo que solemos negociar, es el sueño. Lo recortamos, lo aplazamos, lo sacrificamos por trabajo o por ocio. “Ya dormiré el fin de semana”. “Ya recuperaré”.
Pero no se recupera tan fácil.
Dormir entre siete y nueve horas, en una habitación fresca, oscura y silenciosa, no es un capricho. Es una base. Sin descanso, el cuerpo no repara, no regula, no avanza. Y a la larga, pasa factura. Más de la que pensamos.
Hay una frase muy repetida: “Ya dormiré cuando muera”. Suena casi heroica. Pero, como recuerda De Ponte, dormir poco puede acercarte antes a ese momento. Así de claro.









