domingo, 8 febrero 2026

Correr cada día no siempre es salud: el detalle que muchos descubren demasiado tarde

- Sudar más no siempre significa mejorar la salud: entender cómo responde el cuerpo cambia por completo la forma de entrenar.

Correr puede ser saludable, pero no siempre en la forma ni en la dosis que imaginamos. Hay una escena que todos hemos visto mil veces. Gente empapada en sudor, mirando el reloj de la cinta, convencida de que cuanto más tiempo aguante corriendo, más salud está ganando. Sudar se ha convertido casi en una prueba de que “lo estamos haciendo bien”. Pero… ¿y si no fuera tan simple?

Durante años, el cardio se ha vendido como el camino directo hacia un corazón fuerte y un cuerpo sano. Correr, pedalear, hacer elíptica. Más tiempo, mejor. Sin embargo, cada vez más profesionales del entrenamiento empiezan a matizar esa idea. No porque moverse sea malo —al contrario—, sino porque hemos confundido cantidad con calidad.

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Y ahí empieza la conversación incómoda.

El corazón no va por libre

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No todo el sudor significa progreso real para el cuerpo. Fuente: IA.

Nos han repetido hasta la saciedad que correr fortalece el corazón. Y sí, en parte es cierto. Pero el corazón no se adapta en el vacío. Responde a lo que le piden los músculos. Si el tejido muscular es débil, el corazón tiene que trabajar más para compensar. Es como un motor potente metido en un coche con ruedas flojas: va a sufrir más.

Cuando el cuerpo se mueve con fuerza y control, el músculo exige sangre y oxígeno. Entonces el corazón se adapta. Se vuelve más eficiente. Pero si la base muscular es pobre y solo se acumulan kilómetros, la exigencia puede volverse caótica. Más estrés que beneficio.

He visto a gente correr durante años y, aun así, sentirse frágil. Cansada. Sin fuerza real. Eso también dice algo.

Más no siempre es mejor

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El músculo fuerte hace que el corazón trabaje mejor y con menos estrés. Fuente: IA.

Aquí entra otra idea que cuesta aceptar: un estímulo corto e intenso puede ser tan eficaz como una sesión larga. Incluso más eficiente. Desde el punto de vista metabólico, unos minutos bien apretados —sprints, intervalos potentes— pueden generar adaptaciones similares a las de 45 minutos de cardio continuo.

La diferencia está en el desgaste. El tiempo que pasas sometiendo al cuerpo a impacto, fatiga y repetición. Cuanto más alargas la sesión, más sube el contador de ese desgaste. Y el cuerpo, que no es tonto, lo nota.

Esto no significa que correr esté mal. Significa que no todo lo que cansa mejora. Y que a veces menos, bien hecho, es más.

Encontrar la dosis justa

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Entrenar con intensidad justa puede ser más eficaz que alargar sesiones. Fuente: IA.

Para que el ejercicio funcione de verdad, tiene que estar en una especie de “zona útil”. Ni demasiado suave, ni excesivo. Si el estímulo es flojo, el cuerpo no cambia. Si es excesivo, se rompe. Así de sencillo.

El entrenamiento de fuerza encaja muy bien aquí porque permite ajustar la intensidad con precisión. Subes peso, controlas el gesto, mides el progreso. Y cuando el músculo recibe un estímulo claro —de esos que obligan a concentrarse— el cerebro entiende que hay que adaptarse. Ahí empiezan las mejoras reales.

No hace falta machacarse sin sentido. Pero sí retar al cuerpo lo suficiente como para que despierte.

La trampa del cardio para adelgazar

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Muchas personas se suben a la cinta con una idea clara: quemar grasa. Y al principio funciona. Pero el cuerpo es una máquina de supervivencia. Si lo sometes a esfuerzos largos y repetidos, aprende a gastar menos. Se vuelve eficiente… en ahorrar.

Eso puede traducirse en un metabolismo más bajo y en ese temido efecto rebote cuando se deja el hábito. Además, si el esfuerzo es prolongado y la energía escasea, el cuerpo puede tirar de músculo como combustible. No es raro ver cuerpos muy delgados, pero también muy desgastados.

No es el objetivo de la mayoría.


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