Javier Molina tiene 46 años y vive en un edificio de cinco plantas en el centro de Valencia. Siempre pensó que su comunidad era tranquila, sin posibilidades de una barbacoa improvisada, hasta que una disputa inesperada convirtió la convivencia en un auténtico campo de batalla.
Todo empezó durante el invierno, cuando su vecino de arriba, Carlos Rodríguez, decidió encender la chimenea de su piso para calentar el ambiente y, al mismo tiempo, organizar una barbacoa improvisada en su terraza. Lo que para Carlos era un plan acogedor y familiar, para Javier y otros vecinos se convirtió en un problema de humo, olores y molestias constantes.
Primeros roces y el humo que todo lo invade
El conflicto comenzó con pequeños detalles: Javier notaba que el humo de la chimenea se filtraba a su salón, dejando un olor persistente a leña quemada y grasa de la barbacoa. “Al principio pensé que sería algo puntual, pero no pasaba un día sin que mi ropa oliera a humo o que tuviera que abrir ventanas con frío solo para ventilar”, comenta.
Otros vecinos empezaron a quejarse también, sobre todo familias con niños pequeños o personas con problemas respiratorios. El olor intenso y la ceniza que caía sobre los balcones crearon un malestar generalizado que empezó a tensionar la relación entre vecinos.
Intentos de diálogo que no funcionaron
Javier intentó hablar directamente con Carlos. Lo hizo con educación, explicando los problemas de salud, los olores y la incomodidad de tener ceniza en los balcones. Carlos se defendió diciendo que tenía derecho a usar su chimenea y su terraza y que había elegido leña natural y carbón de calidad para minimizar molestias.
El diálogo, lejos de resolver el conflicto, generó más tensiones. Otros vecinos comenzaron a tomar partido, y el ambiente en el edificio se volvió incómodo. Comentarios en el ascensor, miradas de reproche y pequeñas disputas diarias marcaron la convivencia.
La intervención de la comunidad
Finalmente, la junta de vecinos decidió intervenir. Se recordó a todos que las zonas privadas no pueden generar molestias persistentes a terceros y que, según la ley de propiedad horizontal, los elementos comunes y privados deben usarse respetando la seguridad y tranquilidad del resto. El humo excesivo y las barbacoa improvisadas en terrazas que afectan a otros pisos pueden considerarse una infracción de convivencia.

Se propuso una solución: restringir el uso de chimeneas y barbacoas en terrazas a horarios razonables y garantizar que se utilicen sistemas que reduzcan el humo y los olores. Además, se acordó colocar un buzón de quejas formal para registrar incidencias y evitar discusiones directas que empeoren la relación.
Consecuencias y aprendizaje
Después de varias semanas, Carlos aceptó instalar un sistema de ventilación que redujera el humo y limitar las barbacoas a momentos puntuales, siempre avisando a la comunidad. Javier admite que no fue fácil mantener la calma: “Se necesita paciencia, porque cuando hay humo en tu casa, la tensión sube rápido”.
El caso de Javier refleja una situación común en muchas comunidades: el uso de espacios privados puede interferir con la vida de los demás. Cocinar, encender chimeneas o incluso colocar muebles o plantas puede convertirse en un conflicto si no se respetan normas y horarios.
La convivencia como un arte
Lo que parece un problema pequeño —el humo de una chimenea o el olor de una barbacoa improvisada— puede derivar en un conflicto que afecta a toda la comunidad. La clave está en la comunicación, el respeto y la intervención temprana de la comunidad de vecinos. Javier aprendió que expresar la incomodidad de forma formal, sin atacar personalmente al vecino, ayuda a resolver la situación sin romper la convivencia.
“Al final, no se trata de ganar o perder, sino de encontrar un equilibrio”, concluye. La experiencia también deja una lección: vivir en comunidad requiere tolerancia, pero también límites claros para que todos puedan disfrutar de su hogar sin conflictos constantes. Y probablemente una barbacoa improvisada es uno de esos límites.








