Beber dejó de ser sinónimo de socializar para mucha gente. Durante mucho tiempo se ha repetido la misma idea: si alguien tiene problemas con el alcohol, es porque le falta fuerza de voluntad. Pero la realidad es bastante más compleja (y más humana). Cada vez más especialistas coinciden en que detrás del consumo hay emociones sin resolver, tensiones internas y una especie de diálogo silencioso que muchas personas mantienen consigo mismas.
La relación con el alcohol, dicen, se parece a un imán que atrae y repele al mismo tiempo. Una parte quiere dejarlo… y otra cree que no puede sin él. Esa contradicción es agotadora. Y bastante común, por cierto.
El tira y afloja interno que casi nadie ve

La psicóloga Brogan lo explica con una imagen muy clara: la adicción funciona como un “tira y afloja” emocional. Por un lado, el alcohol parece calmar, suavizar el día, bajar el ruido mental. Por otro, genera culpa, cansancio, resaca emocional. Y así se repite el ciclo.
Ruby Swanwick va un paso más allá. Según ella, muchos antojos nacen de algo muy sencillo: no sabemos estar incómodos con nosotros mismos. Cuando aparece la ansiedad, la tristeza o ese vacío difícil de nombrar, buscamos algo que lo anestesie. El alcohol cumple ese papel. Es un parche rápido. No soluciona, pero adormece. Y en una cultura que no enseña a sostener emociones incómodas… ese parche se vuelve tentador.
Si te soy sincero, esta parte resuena bastante. ¿Cuántas veces se ha normalizado beber “para desconectar”? Como si sentir demasiado fuese un error que hay que corregir.
Cuestionando lo de siempre

Esta mirada también pone sobre la mesa un debate delicado: el de los modelos tradicionales de recuperación. Swanwick cuestiona la eficacia a largo plazo de programas como Alcohólicos Anónimos para ciertos perfiles. No para todos, pero sí para muchos.
Uno de los puntos más discutidos es la etiqueta permanente de “alcohólico”. Hay personas que sienten que esa palabra las deja atrapadas en el pasado, como si su identidad quedara congelada ahí. Además, algunos estudios citados por especialistas como el doctor Lance Dodes señalan tasas de éxito sostenido bastante bajas. Y, claro, quienes no encajan en el perfil más extremo de consumo a veces no se reconocen en ese entorno.
No es un rechazo total, sino una invitación a ampliar la mirada. A reconocer que no existe un único camino.
Imaginar una vida que sí apetezca

Aquí aparece una idea interesante: dejar de ver la abstinencia como sacrificio y empezar a verla como elección. No “no beber”, sino “elegir otra vida”. Ese es el enfoque del llamado estilo de vida libre de alcohol.
Swanwick propone algo curioso: en lugar de centrarse en lo que se quiere evitar, poner la atención en lo que se quiere construir. Salud, relaciones más auténticas, energía real. Cuando la mente se enfoca ahí, empieza a detectar oportunidades. Es lo que explica con el famoso Sistema de Activación Reticular. Suena técnico, pero en el fondo es simple: cuando sabes lo que buscas, lo ves más.
Uno de sus ejercicios es escribir cada día veinte cosas por las que sentirse agradecido. Puede parecer ingenuo (lo sé), pero muchas personas dicen que cambia el foco mental. De la carencia a la posibilidad.
También hay dos “suplementos” que se repiten en casi todos los testimonios: moverse y conectar con otros. Ejercicio y relaciones reales. Dopamina y oxitocina sin resaca. Un estudio de la Universidad de Washington sobre un programa de 90 días mostró una reducción del 98% en el consumo entre participantes. No es magia. Es cambio de hábitos sostenido.









