sábado, 7 febrero 2026

Patricia Ramírez (55), psicóloga, escritora, conferenciante: “Odio la palabra productividad porque nos convierte en borregos”

La psicóloga Patricia Ramírez cuestiona la obsesión moderna por la productividad y advierte que medir el valor personal por lo que se produce genera estrés y frustración. Propone renunciar a la exigencia permanente para priorizar bienestar y serenidad.

La sociedad actual vive obsesionada con hacer más en menos tiempo. Entre agendas saturadas, mensajes constantes y una exigencia permanente, la psicóloga Patricia Ramírez advierte que hemos convertido la productividad en una medida del valor personal. Su mirada invita a frenar, revisar prioridades y recuperar la serenidad perdida.

Desde su experiencia profesional, Ramírez plantea que no todo lo que cabe en un día es realmente necesario. Aprender a renunciar a la productividad excesiva, seleccionar y cuidar el tiempo es, según ella, la verdadera clave para vivir mejor.

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Renunciar a la productividad excesiva para vivir mejor

Renunciar a la productividad excesiva para vivir mejor
Fuente: agencias

Patricia Ramírez no duda al afirmar que el gran problema de nuestro tiempo es la confusión entre actividad y bienestar. “Hemos aprendido que cuantas más cosas haces en el día, más valor tienes como persona”, explica. Esa creencia ha instalado una cultura de la productividad que, lejos de hacernos más felices, nos deja agotados y frustrados.

Para la psicóloga, el concepto de productividad se ha convertido en una trampa social. “Odio la palabra productividad porque nos convierte en borregos”, sostiene. Según su análisis, las empresas y las redes sociales han reforzado la idea de que producir sin descanso es sinónimo de éxito, cuando en realidad solo aumenta el estrés y la sensación de insuficiencia.

Ramírez propone un ejercicio simple pero revolucionario: revisar qué entendemos por “todo”. “Para que en nuestro día quepa todo, ese todo tiene que ser muy distinto”, afirma. En lugar de perseguir una productividad ilimitada, invita a reducir expectativas y a aceptar que es imposible llegar a todo sin pagar un precio personal.

La especialista insiste en que renunciar no es fracasar. “Necesitamos aprender a perdernos cosas de la vida”, señala. Elegir implica descartar, y esa selección consciente es la base de una productividad sana. De lo contrario, el cuerpo termina enviando señales de alerta: cansancio, irritabilidad, insomnio y una sensación constante de desborde.

Desde su consulta, Ramírez observa a diario las consecuencias de esta carrera interminable. Personas que viven en piloto automático, convencidas de que la verdadera productividad consiste en llenar cada minuto del día. “El tiempo es la moneda de cambio más importante que tenemos y, sin embargo, es la que más malgastamos”, recuerda.

Su propuesta es clara: sustituir la obsesión por la productividad por una vida más sencilla. No se trata de hacer más, sino de hacer mejor lo que realmente importa. Y para lograrlo, es imprescindible cuestionar valores, hábitos y prioridades.

El autocuidado como un derecho

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Otro de los pilares del mensaje de Patricia Ramírez es la necesidad de recuperar el autocuidado. “Cuidarse no es un premio, es un derecho”, repite con frecuencia. Sin embargo, la cultura de la productividad ha instalado la idea de que descansar es perder el tiempo.

La psicóloga advierte que esta mentalidad tiene un coste alto. Cuando una persona vive permanentemente bajo presión por mantener niveles imposibles de productividad, el estrés se vuelve crónico. “Es como un coche que va a 200 por hora: al final se rompe”, grafica.

Para Ramírez, la verdadera productividad no debería medirse en horas trabajadas, sino en equilibrio. Dormir bien, dedicar tiempo a la familia, disfrutar de aficiones o simplemente no hacer nada son elementos esenciales para la salud mental. Sin ellos, cualquier intento de ser más productivo termina volviéndose en contra.

También cuestiona el mensaje individualista que se repite en muchos discursos actuales. “Una cosa es cuidarte y otra olvidarte de los demás”, aclara. La productividad no puede estar reñida con la empatía, la cooperación y la vida en comunidad. De hecho, considera que esos valores deberían estar por encima del rendimiento constante.

Ramírez diferencia entre felicidad y serenidad. Mientras la primera depende de factores externos, la serenidad es una actitud que se puede cultivar. Y para alcanzarla, es necesario bajar el ritmo y dejar de competir con un ideal irreal de productividad perfecta que se exhibe en redes sociales.

Para ella lo importante es siempre cuestionar creencias. “Entre el deseo y el logro está la acción”, recuerda. No basta con querer una vida más tranquila; hay que tomar decisiones coherentes que reduzcan la presión por la productividad y permitan vivir con mayor calma.


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