El trabajo puede dar sentido… o empezar a quitártelo sin que lo notes. Hay algo que cuesta reconocer porque suena casi contradictorio: trabajar en exceso también puede ser una forma de dependencia. Durante años se ha aplaudido a quien llega antes, se queda más tiempo y responde correos a cualquier hora. Pero esa cultura del “siempre disponible” tiene un reverso menos visible. Y no es menor.
Según distintos estudios, uno de cada diez trabajadores en España podría estar enganchado al trabajo. No hablamos de responsabilidad ni de vocación. Hablamos de una dedicación que desborda los límites y empieza a comerse todo lo demás: la familia, el descanso, el tiempo propio. Poco a poco. Sin hacer ruido. Hasta que un día se nota.
Investigaciones de la Universidad Jaume I de Castellón apuntan que cerca del 8% de los empleados supera las 60 horas semanales o encadena jornadas de más de 12 horas. A este fenómeno se le puso nombre hace ya décadas: workaholic. En Japón, incluso existe una palabra más dura, karoshi, que describe la muerte por exceso de trabajo. Suena extremo. Pero sirve para entender hacia dónde puede escalar el problema.
La línea invisible entre compromiso y dependencia

Aquí está el matiz importante. No es lo mismo estar implicado que estar enganchado. El trabajador adicto no trabaja solo porque lo necesite; trabaja porque lo necesita emocionalmente. El trabajo se convierte en un refugio, en una fuente de validación constante. Una especie de lugar donde sentirse útil, reconocido… incluso a salvo.
El problema es que socialmente esto se aplaude. Se confunde con ambición, con disciplina, con éxito. Y claro, ¿quién va a cuestionar algo que aparentemente funciona? El conflicto aparece cuando la persona no puede desconectar. Cuando las vacaciones generan ansiedad. Cuando el fin de semana no existe. O cuando el portátil se abre incluso desde la cama (sí, eso pasa más de lo que parece).
Muchos especialistas señalan que detrás suele haber una autoestima frágil o una sensación de vacío difícil de nombrar. El trabajo rellena ese hueco. Da estructura. Da identidad. Y cuando se detiene, aparece el vértigo.
Lo que se rompe cuando todo es trabajo

Las consecuencias no tardan en llegar. Primero de forma sutil. Luego más evidente. Las relaciones se resienten. Surgen discusiones en casa, distancia con los hijos, silencios incómodos en la pareja. Y, en paralelo, el cuerpo empieza a pasar factura: tensión alta, cansancio constante, dificultad para dormir. Ese agotamiento que no se quita ni en vacaciones (si es que se toman).
Además, esta adicción rara vez viene sola. Es frecuente que se mezcle con otras conductas: consumo de alcohol para “desconectar”, estimulantes para rendir más, compras impulsivas, deporte llevado al extremo. La compulsión, de algún modo, se mueve de un sitio a otro.
Aunque puede afectar a cualquiera, hay un perfil que se repite con cierta frecuencia: hombres menores de 45 años, en puestos de alta responsabilidad, directivos o cargos ejecutivos. Entornos exigentes, competitivos, donde parar parece casi un lujo.
Recuperar el equilibrio sin dejar de trabajar

El tratamiento no es sencillo, entre otras cosas porque no se puede “dejar el trabajo” como quien deja una sustancia. La clave no es la abstinencia, sino aprender a relacionarse de otra manera con la propia profesión. Y ese proceso empieza con algo básico: darse cuenta.
Muchas personas no reconocen el problema hasta que la vida personal se resquebraja o alguien cercano lanza un ultimátum. A partir de ahí, suele iniciarse un proceso terapéutico que combina psicoterapia —individual o grupal— y, en algunos casos, apoyo farmacológico para regular ansiedad o estados de ánimo.








