La casa también educa, incluso cuando nadie se da cuenta. Durante años, cuando hablábamos de vida saludable, la imagen era bastante clara: fruta, verdura y algo de ejercicio. Poco más. Pero esa idea se ha quedado pequeña. Hoy empieza a abrirse paso una visión más completa, más realista y, diría, más humana. Sobre todo cuando pensamos en niños, niñas y adolescentes.
La subsecretaria del área de infancia lo resume de forma muy sencilla: una vida sana no es solo lo que se come o cuánto se corre, sino también cómo se siente uno por dentro. Y ahí entran las emociones, las relaciones, la sensación de pertenecer a un lugar seguro. Porque los menores no viven en una burbuja. Son —como ella misma dice— “ellos y sus circunstancias”. Y esas circunstancias importan. Mucho.
Si lo pensamos bien, tiene todo el sentido. ¿De qué sirve insistir en hábitos saludables si en casa hay tensión constante o en el colegio se respira mal ambiente? La coherencia entre lo que ocurre dentro y fuera del hogar es casi como el suelo sobre el que caminan. Si ese suelo tiembla, el equilibrio se resiente.
El entorno también se “respira”

Hay una preocupación que aparece una y otra vez: el impacto del ambiente en la salud mental de los menores. Se habla incluso de una “sociedad tóxica”. Puede sonar exagerado… pero basta con observar un poco alrededor. Prisas, discusiones, pantallas por todas partes, adultos desbordados. Los niños lo absorben todo. Como esponjas.
Y lo que respiran se nota luego: en la forma de relacionarse, en la manera de reaccionar ante la frustración, en la energía con la que llegan al aula o a casa. Si el entorno está cargado de enfado o miedo, eso termina filtrándose en su comportamiento. No es magia. Es convivencia.
Por eso la salud mental se ha convertido en el centro de la conversación. Se busca que los espacios donde crecen sean más amables, más nutritivos (en el sentido emocional, claro). Lugares donde haya juego, movimiento, escucha y algo de calma. Combatir el bullying, el sedentarismo o esa soledad silenciosa que a veces traen las pantallas no es solo tarea de la escuela. Es una responsabilidad compartida. De todos.
Cuando los niños tienen voz de verdad

Aquí aparece algo que me parece especialmente interesante: los Consejos Consultivos de niños, niñas y adolescentes. Desde la ley de 2022, existen en prácticamente todas las comunas del país. Y no, no son simbólicos. Se trata de espacios reales donde los menores opinan, proponen y, a veces, sorprenden.
Porque cuando se les pregunta qué quieren, no responden con grandes teorías. Van a lo concreto. Más actividades al aire libre. Recuperar plazas. Cuidar el entorno. Organizar rutas familiares. Cosas sencillas… pero con mucho sentido común. A veces da la sensación de que ven más claro que los adultos.
Lo más curioso es su capacidad para dialogar con autoridades. Alcaldes, concejales… tienen la obligación de escucharlos al menos dos veces al año. Y lo hacen. Ahí hay algo potente: reconocer que los niños no solo son receptores de decisiones, también pueden ser parte de ellas.
Límites con afecto y adultos que acompañan

Todo esto implica un cambio en el papel de los adultos. No se trata de perder autoridad, ni de dejar hacer. Se trata de escuchar mejor. De poner límites sin violencia. De entender que un “no” también puede ser una forma de cuidado si se dice con respeto. Parece obvio, pero no siempre lo es.
También entra en juego la tecnología. Muchos padres y madres se sienten perdidos. ¿Cuánto tiempo de pantalla es demasiado? ¿Qué riesgos hay? Formar a los adultos para acompañar a los menores en el mundo digital es casi tan importante como enseñarles a cruzar la calle.









