viernes, 6 febrero 2026

Santiago Bilinkis (55), emprendedor y tecnólogo:“La memoria guarda lo inútil y pierde lo importante”

Santiago Bilinkis analiza por qué el cerebro olvida lo que parece importante y conserva lo irrelevante. Explica cómo funciona la memoria humana, sus trampas, su relación con las emociones y el impacto de la tecnología en nuestros recuerdos.

La mayoría de las personas respondería sin dudar que prefiere recordarlo todo antes que no recordar nada. En principio, suena superlógico. Sin embargo, la experiencia demuestra que una memoria perfecta puede ser más una condena que un don. El cerebro humano olvida, distorsiona y selecciona recuerdos de manera constante, y ese mecanismo, lejos de ser un error, podría ser clave para nuestra supervivencia.

Santiago Bilinkis, emprendedor y divulgador tecnológico, suele plantear esta paradoja con una frase provocadora: “La memoria guarda lo inútil y pierde lo importante”. A partir de esa idea, invita a pensar por qué olvidamos lo que necesitamos y conservamos datos que parecen irrelevantes, y cómo la ciencia empieza a descifrar uno de los procesos más complejos del cuerpo humano.

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Cuando recordar todo se vuelve una pesadilla

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Existen en el mundo apenas unas sesenta personas con lo que se conoce como memoria autobiográfica superior. Jill Price es una de ellas. Puede decir qué almorzó cualquier día de 1985, qué ropa usó en 1992 y qué conversaciones tuvo durante décadas. A simple vista parece un superpoder, pero ella misma lo define como una pesadilla. No poder olvidar implica cargar para siempre con cada detalle, incluso con los más dolorosos.

Para el resto de los mortales, la experiencia es exactamente la contraria. Olvidamos dónde dejamos el móvil hace cinco minutos, pero recordamos el número de teléfono de un amigo de la infancia al que no vemos desde hace veinte años. Esa aparente incoherencia revela algo fundamental: la memoria humana no funciona como una computadora.

Una máquina guarda un dato y lo recupera intacto años después. El cerebro, en cambio, reescribe constantemente lo que almacena. Un recuerdo puede transformarse con el tiempo, perder precisión o mezclarse con otros similares. Incluso el contexto influye. Experimentos científicos demostraron que las personas recuerdan mejor una información si se encuentran en el mismo lugar donde la aprendieron. La memoria, por lo tanto, no es objetiva ni lineal.

Además, está profundamente condicionada por las emociones. Estudios mostraron que las marcas y los símbolos pueden modificar lo que percibimos. En pruebas con gaseosas, por ejemplo, muchos participantes cambiaban su preferencia solo por ver un logo conocido. Los recuerdos asociados a esa marca alteraban la experiencia presente. De nuevo, la memoria demostraba su poder para moldear la realidad.

Olvidar también es una forma de proteger la memoria

Olvidar también es una forma de proteger la memoria
Fuente: agencias

La ciencia descubrió que la memoria no es un único sistema, sino un conjunto de mecanismos diferentes distribuidos por todo el cerebro. Un caso emblemático fue el de Henry Molaison, un paciente que, tras una cirugía, perdió la capacidad de formar recuerdos nuevos. Podía aprender habilidades, pero no recordar haberlas practicado. Su historia permitió comprender que recordar datos, emociones y movimientos implica circuitos cerebrales distintos.

Santiago Bilinkis explica que el cerebro actúa como una aduana. De todo lo que vivimos, solo una mínima parte cruza hacia la memoria de largo plazo. Ese filtro se rige por dos reglas básicas: repetición y emoción. Lo que repetimos se fortalece. Lo que nos impacta emocionalmente se graba casi de inmediato. Por eso recordamos con claridad dónde estábamos en momentos significativos de nuestra vida y olvidamos lo que comimos la semana pasada.

Pero incluso esos recuerdos intensos no son fijos. Cada vez que evocamos una experiencia, la modificamos un poco. Agregamos detalles, quitamos otros y adaptamos el relato a la persona que somos hoy. La memoria no abre un archivo intacto del pasado. Lo reconstruye desde el presente. Esa flexibilidad, que a veces nos hace dudar de nuestra propia historia, tiene una función evolutiva: permite adaptarnos y seguir adelante.

El problema surge cuando un recuerdo traumático se vuelve demasiado pesado. Por eso los científicos trabajan en técnicas para intervenir la memoria. Existen investigaciones que buscan atenuar el impacto emocional de ciertas experiencias o incluso evitar que se consoliden. La posibilidad de borrar o reescribir recuerdos abre debates éticos profundos, porque tocar la memoria implica tocar la identidad.

La tecnología también está modificando nuestra relación con lo que recordamos. Vivimos obsesionados por registrar cada instante con el celular. Sin embargo, varios estudios indican que sacar demasiadas fotos reduce la capacidad de recordar. El cerebro delega en el dispositivo la tarea de almacenar y se desentiende del proceso. Al final, tenemos miles de imágenes y pocos recuerdos reales.

Bilinkis propone un ejercicio simple para contrarrestar ese efecto. Crear una especie de caja negra personal. Una vez al año, responder por escrito cinco preguntas básicas: qué aprendí, qué logré, qué me faltó, qué me sorprendió y qué momentos no quiero olvidar. Ese ritual ayuda a ordenar la memoria y a decidir conscientemente qué vale la pena conservar.


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