viernes, 6 febrero 2026

¿Y si el secreto para vivir más años estuviera en una medicina de toda la vida?

- Entender cómo funciona la diabetes por dentro puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde o llegar a tiempo.

A veces la mejor medicina es la que lleva años acompañándonos en silencio. Hay enfermedades que suenan lejanas… hasta que un día se sientan a la mesa contigo. La diabetes es una de ellas. No siempre duele al principio, no siempre avisa, pero cuando se instala, cambia la vida. El Dr. Flores lo cuenta con un tono muy claro, casi de conversación de café, de esos que hacen que por fin entiendas lo que te pasa por dentro. Y eso, créeme, ya es medio camino.

Porque sí, hablamos mucho de la diabetes, pero la entendemos poco. O a medias. Y entenderla —de verdad— marca la diferencia entre reaccionar tarde o llegar a tiempo.

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Tres formas de aparecer (y ninguna es igual a otra)

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La diabetes actúa en silencio antes de dar señales claras. Fuente: IA

Lo primero que aclara el médico es que no existe “una sola” diabetes. Hay varias, y cada una tiene su historia. La diabetes tipo 1 llega pronto, a veces en la infancia o adolescencia. El sistema inmunitario se confunde y ataca a las células que producen insulina. Es como si el cuerpo se saboteara a sí mismo sin darse cuenta. Aquí no hay negociación: la insulina inyectada es imprescindible.

La tipo 2, la más común, es otra cosa. Va llegando poco a poco. Años de exceso de azúcar, de picos de insulina, de comidas rápidas, de estrés… y el cuerpo empieza a cansarse. Las células dejan de responder bien. Es un agotamiento silencioso, como el de alguien que lleva años sin parar. Puede aparecer en la edad adulta, aunque cada vez se ve antes. Y sí, suele controlarse con pastillas, pero también con decisiones diarias que pesan más de lo que creemos.

Luego está la diabetes gestacional, que aparece durante el embarazo y obliga a vigilar muy de cerca. A veces desaparece después. A veces deja huella. Cada caso es un mundo.

El ejemplo que no se olvida: gas y cerillo

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El equilibrio entre glucosa e insulina es clave para la energía. Fuente: IA

Hay una explicación del Dr. Flores que se queda grabada. La glucosa es el gas. La insulina, el cerillo. Sin ese cerillo, el gas no sirve para nada. Se acumula. Se queda ahí. Y lo que debía dar energía empieza a intoxicar.
Cuando el cuerpo no puede usar la glucosa, busca otra vía y quema grasa. Por eso muchas personas pierden peso antes del diagnóstico. Parece positivo. No lo es. Es el cuerpo intentando sobrevivir.

A mí esa imagen me hizo entenderlo todo de golpe. Quizá a ti también.

El “zarro” que no vemos pero está

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Pequeños cambios diarios pueden marcar una gran diferencia. Fuente: IA

Cuando el azúcar se mantiene alta durante meses o años, ocurre algo que el doctor compara con el sarro de una tubería. La glucosa se pega a las paredes de las arterias y las va estrechando. La sangre circula peor. Los órganos reciben menos. Y el daño empieza a aparecer.

Riñones que fallan. Vista que se pierde. Heridas que no curan. Problemas digestivos que desconciertan. Deterioro cognitivo. Disfunción sexual. Todo conectado. Todo silencioso al principio.
Y ahí es donde uno piensa: ojalá alguien me lo hubiera explicado así antes.

Pastillas, sí… pero no solo

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En el tratamiento, el Dr. Flores habla de la metformina, ese medicamento clásico que ayuda a que el cuerpo use mejor el azúcar y a que el hígado no produzca más de la cuenta. Barato, eficaz, conocido. Luego están los análogos de GLP-1, más modernos y caros, que además generan saciedad y se han hecho famosos por ayudar a perder peso.

Pero el médico insiste en algo que a veces no queremos oír: los hábitos pesan más que las recetas.
Moverse. Comer con cabeza. Dormir. Sí, dormir. Al menos siete horas. El descanso es un reparador cerebral tan necesario como el alimento. (Y aquí es donde muchos fallamos, seamos honestos.)

Sobre el ayuno intermitente, la advertencia es clara. Puede haber beneficios en ayunos moderados, de unas 12 horas. Pero los ayunos largos, de 24 horas, son peligrosos en personas con diabetes. Una bajada brusca de azúcar puede provocar un desmayo en minutos. Más rápido y más inmediato que una subida.


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