viernes, 6 febrero 2026

El gesto mental que algunas personas usan para aliviar el dolor… y sorprende

- La salud no siempre se ve en las analíticas: a veces se siente en la energía que nos queda al final del día.

A veces un simple gesto mental puede cambiar cómo se siente el cuerpo. Cada vez escuchamos más esa idea de que la salud no es solo lo que marcan las analíticas o lo que duele en el cuerpo. Hay algo más sutil, más difícil de medir, pero muy fácil de notar cuando se desajusta. Esa sensación de estar agotado sin motivo claro. O de que algo “no encaja”, aunque físicamente todo parezca en orden.
No sé si te ha pasado, pero a mí sí: hay días en los que el cuerpo está bien y, aun así, uno se siente drenado. Como si la batería interna estuviera a medias.

Algunas corrientes de bienestar hablan de esto desde una mirada energética. No como algo místico sin más, sino como una forma de entender que somos algo más que músculos y huesos. Que el cuerpo es importante, sí, pero también lo son las emociones, la mente y esa especie de “campo” invisible que nos rodea.
Según este enfoque, el cuerpo físico sería el vehículo. El coche. Pero lo que lo conduce —la conciencia, la energía vital, como quieras llamarlo— sería el motor real. Sin energía, el cuerpo se detiene. Eso es evidente. Lo interesante es pensar que esa energía también necesita cuidado.

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Los chakras: esa red invisible que regula cómo nos sentimos

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El equilibrio emocional influye en cómo se siente el cuerpo. Fuente: IA

En este marco aparecen los famosos chakras. A algunos les suena a algo lejano o esotérico, pero la explicación más sencilla es casi doméstica. Se describen como puntos donde la energía entra y sale, como pequeñas centrales que regulan el flujo.
Si todo circula bien, hay equilibrio. Si algo se bloquea, aparece la sensación de atasco. Y con el tiempo, ese atasco puede reflejarse en emociones o incluso en el cuerpo.

Se habla del chakra raíz, asociado a la seguridad y la estabilidad. Del sexual, vinculado al deseo y la alegría. Del plexo solar, que tiene que ver con la acción y la autoestima (y con los celos, cuando se descompensa). El del corazón, relacionado con la empatía. El del entrecejo, con la intuición. Y el corona, con esa conexión más profunda que cada uno interpreta a su manera.

No se trata de sustituir la medicina ni de negar lo físico. Más bien de sumar otra capa de comprensión. De pensar que, a veces, el cuerpo habla de lo que llevamos dentro desde hace tiempo.

Lo que nos drena sin darnos cuenta

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El descanso y la naturaleza ayudan a recuperar energía interna. Fuente: IA

Si hay algo en lo que coinciden muchas personas es en que el entorno pesa. Mucho.
La tecnología, por ejemplo. Pantallas, móviles, wifi… vivimos rodeados de estímulos. Y aunque no todo sea negativo, la sensación de saturación es real. También lo son los ambientes cargados: hospitales, lugares con tensión, discusiones constantes. Entras y notas algo. No hace falta explicarlo demasiado.

Y luego están las relaciones. Hay días en los que una conversación te deja ligero. Y otros en los que sales agotado. Como si hubieras corrido una maratón emocional. A eso algunos lo llaman “vampirismo energético”. Quizá el término suene exagerado, pero la sensación es familiar: personas que absorben, que descargan, que dejan peso.

Incluso los propios pensamientos cuentan. Juzgar, enfadarse constantemente, rumiar. Todo eso se queda dentro. Y lo que se queda dentro, de alguna forma, se acumula.

Cuidar la energía también es cuidarse

El gesto mental4 Merca2.es
Las relaciones y el entorno también afectan al bienestar. Fuente: IA

Frente a todo esto, la propuesta es sencilla (aunque no siempre fácil). Volver a lo básico. Naturaleza. Descanso. Respirar.
El sol, dicen, revitaliza. El bosque calma. El mar limpia. Puede sonar poético, pero cualquiera que haya caminado por la playa o se haya perdido en el monte sabe que algo cambia ahí dentro.

También se habla mucho de la atención. De dónde ponemos la mente. Porque la mente mueve energía, aunque no lo veamos. Enfocar la intención, parar un momento, observar lo que sentimos. No es magia. Es práctica.

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