Ramiro Calle es mucho más que un maestro de yoga. Es un observador minucioso de la condición humana y de las parejas actuales. A sus 82 años, después de más de medio siglo dedicado a la meditación y al estudio interior, sostiene que buena parte del sufrimiento no proviene de la vida, sino de la mente (y también de cómo nos relacionamos con los demás).
Fundador del centro Shadak en 1971 y autor de más de 250 libros, Calle ha sido pionero en acercar la filosofía oriental al mundo hispano. Desde sus viajes a la India hasta su trabajo cotidiano en Madrid, ha construido una obra que gira en torno a una pregunta: cómo aprender a vivir con menos dolor. En ese camino, la relación de pareja ocupa un lugar decisivo. “Una pareja funciona solo cuando ambas personas han madurado interiormente”, afirma.
La mente como fábrica de sufrimiento
Calle repite una frase que resume su mirada: “¿Acaso la vida no nos causa ya suficiente dolor para que encima, con nuestra mente neurótica, añadamos más sufrimiento al sufrimiento?”. Desde su perspectiva, gran parte de los conflictos humanos nacen de preocupaciones imaginarias y expectativas irreales.
El maestro insiste en que vivimos demasiado tiempo fuera del presente. “Nos angustiamos por cosas que ni siquiera han pasado”, explica. Esa incapacidad para habitar el ahora termina contaminando todas las áreas de la vida, incluida la pareja.
Su propuesta es sencilla en apariencia, pero exigente en la práctica: observar la mente, no creérsela y aprender a soltar. Cada día, dice, deberíamos desprendernos de algo que nos perjudica. Lo compara con sacar la basura de casa. El mismo ejercicio debería aplicarse a rencores, celos y miedos que arruinan cualquier relación.
Según Calle, uno de los mayores errores es buscar en la pareja lo que no se ha trabajado individualmente. “Si no estás bien contigo mismo, terminarás trasladando tus complejidades a la otra persona”, advierte. En su experiencia con miles de alumnos, ha comprobado que muchas uniones fracasan porque se construyen desde la necesidad y no desde la plenitud.
Vivir en en pareja: Aprender a amar sin poseer

Cuando se le pregunta qué consejo daría para elegir bien una pareja, responde con claridad: “Lo primero es aprender a estar bien solo”. Para él, quien no soporta su propia compañía termina generando dependencias emocionales que asfixian cualquier vínculo.
El amor, explica, debería ser consciente y no posesivo. Una verdadera pareja se sostiene cuando dos personas se relacionan desde la libertad y no desde el miedo a perder. “Querer no es retener. Amar es poner los medios para que el otro sea feliz, incluso a riesgo de que se marche”, señala.
Esta idea atraviesa toda su filosofía. Calle considera que muchas rupturas se vuelven traumáticas porque confundimos amor con propiedad. De allí que recomiende cultivar el arte de soltar. No todas las relaciones están destinadas a durar para siempre, y aceptar esa realidad evita sufrimientos innecesarios.
Para el maestro, una pareja madura es aquella donde cada integrante se hace cargo de su mundo interior. Nadie tiene la obligación de divertir, completar o salvar al otro. Cuando se deposita esa responsabilidad en alguien más, la relación se vuelve una carga.
También cuestiona la obsesión por sostener vínculos dañinos a cualquier precio. “¿Por qué prolongar una pareja que solo genera malestar?”, se pregunta. A veces, dice, es más sano transformar el amor en respeto y amistad que empeñarse en continuar una convivencia que ya no funciona.
Ramiro Calle no habla desde la teoría. Su vida cotidiana refleja esa búsqueda de simplicidad. Practica yoga, medita, escribe y dedica tiempo a gestos pequeños como alimentar a gatos callejeros. Una rutina modesta que, según él, le permite mantenerse conectado con lo esencial.
En su visión, el verdadero propósito humano es reducir el sufrimiento propio y ajeno. Y en ese camino, las relaciones afectivas son un campo de aprendizaje permanente. Una pareja puede ser un espacio de crecimiento o un espejo de nuestras neurosis. Todo depende del trabajo interior de cada uno.
“Si tu mente no te gusta, cámbiala; si tu carácter hace daño, transfórmalo”, repite. Nadie puede recorrer ese proceso por nosotros. Ni un maestro, ni una creencia, ni siquiera la mejor pareja del mundo.








