Hay días en los que todo parece ir bien… y, aun así, te sientes raro. Sin energía. Más irritable. Más sensible. O con esa sensación de nudo en el estómago que no sabes explicar del todo. Durante mucho tiempo hemos pensado que las emociones nacían solo en la cabeza. Pero cada vez está más claro que el intestino también tiene mucho que decir en cómo nos sentimos.
El doctor Nacho Caldo, especialista en gastroenterología y mindfulness, habla de algo que al principio suena casi poético, pero que en realidad es bastante literal: el intestino y el cerebro están en conversación constante. No es una metáfora bonita. Es una relación real. Lo que pasa en uno se refleja en el otro.
Y cuando te paras a pensarlo… tiene sentido. ¿Quién no ha notado mariposas en el estómago antes de algo importante? ¿O ha perdido el apetito en un momento de nervios? El cuerpo lleva avisándonos de esta conexión toda la vida. Solo que ahora la medicina empieza a mirarla con más atención.
Ese “nudo” que no es solo nervios

El intestino no es solo un órgano que digiere comida. Es, de alguna manera, un centro de equilibrio interno. Cuando está tranquilo, el cuerpo suele estarlo también. Cuando se altera, algo se mueve por dentro. Estrés, preocupaciones, tensión diaria… todo eso se filtra. Y el intestino lo nota.
A veces aparece como digestiones pesadas. O como esa hinchazón incómoda. O como una fatiga que no sabes muy bien de dónde viene. Y entonces uno piensa: “Será el cansancio”, “será el trabajo”, “será el día”. Y sí, puede ser todo eso. Pero también puede ser que el cuerpo esté intentando decir algo.
A mí me pasó en una época de mucho ritmo y pocas pausas. Comía rápido, dormía regular, vivía en piloto automático. Y de repente, el cuerpo empezó a protestar. No de golpe, sino poco a poco. Como si pidiera atención sin hacer demasiado ruido.
Dentro de ti hay un pequeño universo

Suena raro, pero es así: dentro del intestino vive un mundo de bacterias que influye en cómo te sientes. No es ciencia ficción. Es biología. Ese equilibrio interno participa en la producción de sustancias relacionadas con el bienestar. Cuando está en armonía, se nota. Cuando se desajusta, también.
Y claro, el estilo de vida actual no siempre ayuda. Prisas, estrés, comidas rápidas, pantallas hasta tarde… el cuerpo va acumulando. Y el intestino, que es bastante sensible a todo eso, reacciona. A veces con molestias. Otras con bajones de energía. O simplemente con esa sensación de estar “apagado” sin motivo claro.
No es que todo dependa del intestino, pero sí influye más de lo que solemos imaginar.
Pequeños gestos que cambian el tono del día

No hace falta convertir la vida en un manual de perfección. Nadie vive así. Pero sí hay cosas sencillas que ayudan: comer con algo más de calma, elegir alimentos que sienten bien, dormir un poco mejor, respirar hondo de vez en cuando. Parece básico, pero es ahí donde se construye el equilibrio.
El mindfulness aparece en este enfoque como una herramienta más. No como algo místico, sino como una forma de bajar revoluciones. Parar un momento. Respirar. Notar el cuerpo. Cuando el estrés baja, el intestino se relaja. Y cuando el intestino se relaja, todo lo demás suele acompañar.
A veces basta con pequeños cambios. No radicales. No perfectos. Solo más conscientes.









