El bienestar empieza mucho antes de entrenar: comienza en lo que le das a tu cuerpo cada día. Entrenar está bien. Entrenar mucho, también. Pero entrenar sin cuidar la alimentación es como intentar correr con el depósito en reserva: avanzas… sí, pero no llegas muy lejos. Cada vez más profesionales del deporte repiten la misma idea —y con razón—: lo que comes condiciona cómo rindes, cómo te recuperas y, en el fondo, cómo te sientes dentro de tu propio cuerpo.
La nutricionista deportiva Eliana Jiménez insiste en algo que, si somos honestos, todos hemos pensado alguna vez: “Si entreno, ya compenso”. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que el cuerpo no funciona por magia ni por motivación. Funciona por energía. Por combustible. Y por descanso. Sin eso, por muchas ganas que haya, el progreso se frena (a veces de forma desesperantemente lenta).
Entrenar no basta si el cuerpo no tiene con qué responder

Uno de los errores más comunes —y aquí seguro que más de uno se ve reflejado— es creer que con entrenar de forma constante es suficiente. Pero cuando la alimentación no acompaña, el cuerpo no tiene recursos para adaptarse al esfuerzo. Se entrena bien, sí… pero no se mejora. Y entonces llegan las dudas: ¿por qué me siento cansado?, ¿por qué no avanzo?, ¿por qué todo cuesta tanto?
La explicación suele ser menos épica y más práctica: falta energía. Falta comida. O falta comida bien distribuida. Mucha gente que busca verse mejor o “definir” termina comiendo menos de lo que necesita. Y claro, el cuerpo entra en modo ahorro. Aparece la fatiga, la recuperación se vuelve lenta y el rendimiento se estanca. Es como querer construir músculo con los materiales justos y el tiempo en contra.
A medio plazo, además, ese déficit constante puede afectar al estado de ánimo, al descanso y al equilibrio hormonal. Y ahí es cuando uno se da cuenta de que no se trata solo de rendir más, sino de estar mejor.
El equilibrio que lo cambia todo

Cuando se habla de nutrición deportiva, a veces parece que todo es muy técnico. Pero en realidad es bastante lógico. Los hidratos de carbono son la gasolina que te permite entrenar con intensidad. Las proteínas ayudan a reparar el músculo y a hacerlo más fuerte. Las grasas saludables sostienen funciones esenciales del organismo. Nada de extremos. Nada de demonizar alimentos. Todo va de equilibrio y contexto.
No come igual quien entrena fuerza que quien corre largas distancias. Ni quien entrena tres días a la semana que quien lo hace a diario. Por eso, ajustar cantidades y horarios marca la diferencia. No es solo qué comes, sino cuándo lo haces. Comer antes de entrenar da energía. Comer después ayuda a recuperarse. Parece básico, pero en el día a día (entre trabajo, prisas y vida real) se nos olvida más de lo que nos gustaría admitir.
A mí me pasó una vez: entrenaba fuerte, estaba motivado… y aun así me sentía sin chispa. Hasta que empecé a comer mejor, no más complicado, solo mejor organizado. El cambio fue inmediato. Más energía, menos agujetas eternas, más ganas de volver al día siguiente.
Dormir, hidratarse y respirar: el triángulo invisible

La alimentación no va sola. De poco sirve comer bien si duermes mal o si el estrés te tiene en alerta constante. El rendimiento es un ecosistema: hidratación, descanso, recuperación y nutrición trabajan juntos. Cuando una de esas piezas falla, el conjunto se resiente.
Dormir bien no es un lujo. Es parte del entrenamiento. Beber agua tampoco es opcional. Y respetar los tiempos de descanso… aún menos. El cuerpo mejora cuando le das estímulo, sí, pero sobre todo cuando le das margen para reconstruirse.









