La fatiga crónica, el estrés y la falta de energía se han convertido en una queja cotidiana. Cada vez más personas sienten que no les alcanzan las fuerzas para cumplir con tareas básicas. Dormir mal, vivir acelerados y depender de estímulos permanentes son parte de un mismo problema que crece en silencio.
En este escenario aparece una pregunta casi inevitable ¿cómo se recupera la energía cuando el cuerpo y la mente parecen agotados? Para el médico Sebastián La Rosa, la respuesta exige mirar de frente un fenómeno central de nuestro tiempo: el estrés crónico y sus consecuencias sobre la salud física y emocional.
El estrés como nuevo modo de vida

Según explica La Rosa, la sociedad actual vive bajo una hiperestimulación constante. Pantallas, redes sociales, trabajo sin pausas y expectativas desmedidas han creado un entorno que empuja a funcionar siempre al límite. “El estrés crónico está completamente normalizado, pero no es una forma sana de vivir”, advierte.
El especialista describe que esta exposición continua al estrés altera el sistema nervioso autónomo y mantiene al organismo en un estado de alerta permanente. “Tenemos lo que llamamos hipertonía simpática crónica. Es decir, el cuerpo se comporta como si estuviera en peligro todo el tiempo”, detalla.
Esa activación sostenida tiene un efecto directo sobre la energía. El estrés prolongado afecta el sueño, desregula las hormonas y compromete el funcionamiento de las mitocondrias, responsables de producir la energía celular. “Cuando no dormimos bien, todo se tira para atrás. Y lo primero que cae es la energía”, explica.
Para La Rosa, el problema se agrava porque se ha instalado una idea equivocada de lo que significa una vida normal. “Trabajar diez horas, hacer deporte, tener mil actividades, rendir siempre al máximo. Esa exigencia constante es una fábrica de estrés”, afirma. El resultado es un círculo vicioso: el estrés genera cansancio, el cansancio reduce la capacidad de sostener hábitos saludables y la falta de hábitos vuelve a aumentar el estrés. Romper esa rueda es, para el médico, uno de los grandes desafíos actuales.
La energía no se recupera a fuerza de estímulos

Frente a la falta de vitalidad, muchas personas buscan soluciones rápidas: café, bebidas energéticas, suplementos o entrenamientos cada vez más intensos. Sin embargo, Sebastián La Rosa advierte que ese camino suele empeorar el problema.
“Responder al estrés con más estimulación nunca es sustentable. Es como querer salir de un pozo cavando más profundo”, grafica. Para el especialista, la clave no está en forzar al cuerpo sino en crear condiciones para que pueda repararse.
Uno de los pilares es el sueño. “Si hay que elegir una sola herramienta contra el estrés y la fatiga crónica, esa es dormir mejor”, sostiene. El descanso profundo permite reparar tejidos, equilibrar hormonas y recuperar el equilibrio perdido por el estrés diario.
Otro punto fundamental es aprender a bajar el ritmo. “Muchas veces creemos que hacer más ejercicio o exigirnos más nos va a devolver la energía. En realidad, cuando hay estrés crónico, lo que el cuerpo necesita es justamente lo contrario: intensidad baja, caminatas, contacto con la naturaleza y menos sobrecarga”, explica.
El médico reconoce que existen ayudas complementarias, como ciertos suplementos o adaptógenos, que pueden servir como un impulso inicial. “Pueden ser útiles para salir a flote cuando la persona está completamente agotada. Pero ningún suplemento va a resolver por sí solo un problema de estrés crónico”, aclara.
Detrás de la fatiga, agrega, también suelen esconderse factores emocionales: conflictos laborales, problemas familiares o presiones económicas. “El estrés no es solo físico. Lo que nos pasa por dentro termina afectando directamente nuestra energía”, señala.
Por eso insiste en la necesidad de abordar el problema de manera integral. “No hay una receta mágica. Combatir el estrés implica revisar hábitos, rutinas, prioridades y hasta la forma en que nos relacionamos con los demás”, afirma.
La Rosa observa además un fenómeno social preocupante: la pérdida de conexión humana. “Estamos más separados como sociedad. Hay menos contacto, menos conversación real y más aislamiento. Ese contexto también alimenta el estrés y la sensación de agotamiento”, reflexiona.
En su experiencia clínica, el primer paso para reducir el estrés es lograr pequeños cambios sostenibles. “A una persona muy cansada no se le puede pedir todo de golpe. A veces alcanza con una sola acción bien elegida para empezar a revertir el proceso”, explica.







