martes, 3 febrero 2026

Miguel Ortega, 52 años: el rellano se convirtió en el zapatero del edificio y desató una guerra vecinal

Miguel Ortega jamás pensó que unos zapatos pudieran generar tantos problemas. Tiene 52 años, vive desde hace más de una década en el mismo edificio y siempre había presumido de una convivencia tranquila. Todo cambió cuando uno de sus vecinos decidió utilizar el rellano común como una extensión de su vivienda, colocando allí zapatos, cajas y algún que otro paraguas. Lo que empezó como un gesto aparentemente inofensivo acabó convirtiéndose en uno de los conflictos más tensos de la comunidad.

El rellano, ese espacio compartido que muchos apenas miran, pasó a ser un punto caliente. Cada mañana, Miguel tenía que sortear zapatillas deportivas, botas embarradas y sandalias alineadas contra la pared. Al principio lo toleró. Pensó que sería algo puntual. Pero los días pasaron y el improvisado zapatero no solo no desaparecía, sino que crecía.

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Cuando lo común deja de ser neutral

El vecino en cuestión alegaba falta de espacio en su piso. Decía que dejar los zapatos fuera evitaba malos olores y que no molestaba a nadie. Miguel no estaba de acuerdo. El olor era evidente, el espacio se estrechaba y la sensación de dejadez empezaba a afectar a la imagen del edificio.

Otros vecinos comenzaron a comentar el tema en voz baja. Algunos se mostraban indiferentes. Otros estaban claramente molestos, pero nadie quería ser el primero en decir algo. Miguel decidió hablar directamente con el responsable. La conversación fue educada, pero inútil. “El rellano es de todos”, fue la respuesta que recibió.

Esa frase, lejos de cerrar el debate, lo encendió aún más.

El problema del rellano: convivencia y seguridad

Más allá de la estética y los olores, Miguel empezó a preocuparse por la seguridad. En caso de emergencia, el rellano debía estar despejado. Cualquier objeto podía dificultar una evacuación rápida. Además, el calzado acumulaba suciedad y humedad, lo que hacía que el suelo estuviera resbaladizo en días de lluvia.

La situación llegó a un punto crítico cuando una vecina mayor tropezó con unas botas mal colocadas. No hubo consecuencias graves, pero fue la gota que colmó el vaso. Miguel llevó el asunto a la reunión de vecinos.

rellano
A veces los problemas con los vecinos pueden ser por un simple rellano. Fuente: Canva

Qué dicen las normas sobre usar zonas comunes

En la junta, el tema generó más debate del esperado. Algunos defendían que no pasaba nada por dejar unos zapatos fuera. Otros recordaban que los espacios comunes no pueden usarse de forma privada y permanente.

Miguel expuso su caso con calma, apoyándose en el reglamento interno y en el sentido común. El rellano no es un trastero ni un zapatero. Es una zona de paso que debe permanecer libre. Además, se recordó que cualquier objeto personal en zonas comunes puede ser retirado si incumple las normas de convivencia.

La comunidad decidió dar un plazo para retirar los objetos. No fue una decisión unánime, pero sí mayoritaria.

La reacción del vecino y la tensión posterior

Lejos de aceptar la decisión con deportividad, el vecino se sintió atacado. Durante semanas, el ambiente fue tenso. Miradas incómodas, silencios en el ascensor y algún comentario sarcástico marcaron la convivencia.

Miguel reconoce que no fue fácil. “Nadie quiere ser el vecino pesado”, admite. Pero también tiene claro que ceder en este tipo de situaciones sienta un precedente peligroso. Si uno usa el rellano como zapatero, otro puede usarlo como trastero, y el problema se multiplica.

Con el tiempo, el zapatero improvisado desapareció. El rellano volvió a estar despejado. La relación vecinal, sin embargo, tardó más en normalizarse.

Un conflicto pequeño que refleja un problema mayor

El caso de Miguel no es único. En muchas comunidades, el uso indebido de zonas comunes genera conflictos diarios: bicicletas en pasillos, carritos de bebé en escaleras o muebles abandonados durante semanas.

Son gestos que parecen menores, pero que afectan directamente a la convivencia. Miguel aprendió que poner límites no es ser conflictivo, sino necesario. “Vivir en comunidad es respetar lo que es de todos”, concluye.

A veces, basta un simple zapatero fuera de lugar para recordar que las normas no están para molestar, sino para evitar que pequeños descuidos se conviertan en grandes guerras vecinales.


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