En los últimos años, hablar de nutrición se ha vuelto casi inevitable. Está en todas partes: en redes, en podcasts, en la conversación con amigos, incluso en la cola del supermercado cuando alguien mira una etiqueta con cara de duda.
Y lo curioso es esto: nunca habíamos tenido tanto acceso a información. Estudios, médicos, divulgadores, expertos… parece que lo sabemos todo.
Pero, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan perdidos.
Porque un día te dicen que los carbohidratos son el enemigo. Al siguiente, que son imprescindibles. Hoy demonizamos una grasa, mañana resulta que era “buena”. Y en medio de todo ese ruido… la mayoría de la gente acaba pensando: “Vale, ¿pero entonces qué como?”
Y esa sensación de agobio no aparece por casualidad. Tiene explicaciones bastante claras.
Cuando reducimos la comida a números (y se pierde la magia del conjunto)

Uno de los grandes problemas es el famoso reduccionismo. Que suena técnico, sí, pero en realidad es algo muy simple: mirar los alimentos solo por sus piezas sueltas.
Proteínas por aquí. Grasas por allá. Carbohidratos como si fueran villanos de película.
Pero los seres humanos no comemos nutrientes aislados. No desayunamos “20 gramos de proteína”. Desayunamos un yogur, un pan, un café… en un contexto real, con estrés, con sueño, con vida.
Y además, cada cuerpo es un mundo. Lo que a ti te sienta genial, a otra persona le puede sentar fatal. Influyen la genética, el nivel de actividad, el microbioma… incluso la edad.
Así que sí: reducir la nutrición a una calculadora simplifica demasiado algo que es mucho más complejo (y mucho más humano).
De un estudio serio a un titular viral de 10 segundos

Aquí viene otra parte del caos: la distancia enorme entre lo que dice la ciencia… y lo que llega a TikTok.
Los estudios científicos suelen ser prudentes. Llenos de matices, advertencias, contexto. Pero cuando esa información se convierte en un titular llamativo o en un vídeo corto, todo eso desaparece.
Y claro, las redes premian lo dramático.
“No comas esto jamás”.
“Esto te está matando”.
“El secreto que nadie quiere que sepas”.
¿Suena familiar?
Muchas veces detrás hay intereses: vender suplementos, programas, dietas milagro… o simplemente conseguir clics.
Y encima está el clásico error de extrapolar estudios en animales. Experimentos con ratones de hace décadas se usan como si fueran instrucciones directas para humanos, cuando el metabolismo no funciona igual. (Vamos, como si un coche y una bicicleta tuvieran el mismo motor).
La dieta ya no es solo comida… es una bandera

Otro fenómeno bastante curioso —y un poco preocupante— es que la alimentación se ha convertido en identidad.
Ya no es solo “como de esta manera”, sino “yo soy keto”, “yo soy vegano”, “yo hago ayuno”.
Y cuando una dieta se convierte en parte de quién eres, cualquier información que la cuestione se siente como un ataque personal.
Ahí surgen los bandos, las peleas, el tribalismo nutricional. Como si comer fuera un debate eterno.
Y los algoritmos, claro, encantados. Porque el conflicto genera interacción.
Pero la salud no debería funcionar así.
Lo que realmente no cambia (aunque internet diga lo contrario)
La buena noticia es que, pese al ruido, los pilares de la nutrición saludable son bastante estables.
No cambian cada semana.
De hecho, lo esencial suele ser sorprendentemente simple:
Priorizar alimentos integrales y ricos en fibra.
Reducir ultraprocesados siempre que se pueda.
Buscar hábitos sostenibles, no extremos.
Pensar en décadas, no en trucos rápidos.
La clave no está en el último “hack” viral. Está en lo repetible, en lo que puedes mantener sin vivir en guerra con la comida.









