domingo, 1 febrero 2026

Ángel, ex-ludópata: «Nunca conté nada por vergüenza; la ludopatía es una enfermedad silenciosa»

La ludopatía suele avanzar en silencio, entre vergüenza y autoengaño. Ángel empezó ganando y tardó años en pedir ayuda. Hoy advierte que no es un vicio, sino una enfermedad mental que destruye sin hacer ruido.

La ludopatía rara vez empieza como un problema. Suele presentarse disfrazada de curiosidad, de entretenimiento inocente o de una pequeña victoria que promete más de lo que puede cumplir. Ángel tenía 17 años cuando hizo su primera apuesta y acertó. Aquella ganancia mínima fue el inicio de una caída larga, silenciosa y devastadora.

Su historia no es excepcional, pero sí representativa de esta época. Refleja cómo la ludopatía se instala sin avisar, cómo se normaliza y cómo puede convivir durante años con una vida aparentemente funcional, hasta que el coste emocional, económico y personal se vuelve insostenible.

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Ludopatía: Cuando ganar es el principio del problema

adiccion al juego. Aumento de ludopatías entre los jóvenes
Fuente: agencias

Ángel recuerda con precisión aquella primera apuesta: dos euros a un Barça-Getafe. Ganó. Y con ese acierto llegó el “clic” mental. La idea de que se podía ganar dinero fácil se impuso a cualquier advertencia racional. La ludopatía no se manifestó de golpe, sino a través de la emoción, del subidón, de una dopamina nueva que nada más conseguía igualar.

Mientras repetía segundo de Bachillerato, su atención ya no estaba en clase. Pasaba las horas analizando cuotas, buscando partidos y construyendo estrategias que, en su cabeza, tenían lógica y control. Poco a poco se fue aislando. Creó una burbuja en la que todo giraba alrededor de las apuestas. En ese encierro mental, la ludopatía empezó a ocuparlo todo.

Durante cerca de un año y medio, los resultados parecían darle la razón. Ganaba entre 800 y 10.000 euros mensuales. Esa racha reforzó la ilusión de profesionalización y alimentó una ambición que nunca se saciaba. Como ocurre en muchos casos de ludopatía, el problema no fue perder al principio, sino ganar demasiado pronto.

Cuando llegaron las primeras derrotas, Ángel no las interpretó como una señal de alerta, sino como una mala racha. El autoengaño se volvió constante. Apostaba más para recuperar lo perdido, convencido de que seguía teniendo el control. En ese punto, la ludopatía ya había dejado de ser una afición para convertirse en una necesidad.

De la ruina silenciosa al punto de inflexión

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Con el tiempo, las cifras se volvieron demoledoras. Ángel calcula haber ganado unos 60.000 euros en total, pero perdió cerca de 100.000. Lo más grave no fue el dinero, sino la transformación personal. Pensamientos que nunca había tenido empezaron a aparecer: qué préstamo pedir, cómo mentir a su madre, incluso la tentación de robar. La ludopatía lo empujó a cruzar límites que jamás imaginó.

El deterioro físico acompañó al mental. Cambios bruscos de peso, ansiedad constante y un consumo de alcohol cada vez mayor. La muerte de su padre agravó la situación. En lugar de elaborar el duelo, se refugió aún más en el juego. Apostar se convirtió en una vía de escape para no sentir. En ese momento, la ludopatía actuó como anestesia emocional.

El verdadero fondo llegó a los 25 años, con 10.000 euros en deudas y viviendo aún con sus padres. Fue entonces cuando tomó conciencia plena del problema. Reconocer la ludopatía no fue inmediato, pero ese choque con la realidad marcó un antes y un después. Decidió bloquearse en las casas de apuestas y cambiar de entorno, incluso mudándose al extranjero.

El proceso no fue lineal. Hubo recaídas, autojustificaciones y nuevas caídas. Como sucede en muchos casos de ludopatía, una victoria puntual volvió a activar la falsa sensación de control. Sin embargo, esta vez Ángel entendió que no bastaba con dejar de apostar: necesitaba reconstruir su vida.

El deporte, la disciplina y un proyecto personal se convirtieron en pilares de su recuperación. Apostar dejó de ser el centro y fue reemplazado por un propósito. Hoy es entrenador personal y ha creado su propio negocio. No romantiza su pasado ni presume de haberlo superado. Habla de la ludopatía como lo que es: una enfermedad mental que puede afectar a cualquiera.

Su testimonio busca prevenir más que impresionar. Ángel insiste en que la ludopatía siempre promete control y termina quitándolo todo. Pide visibilidad, educación y menos vergüenza. Porque el silencio es uno de los mayores aliados de esta adicción.


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