Durante años, la felicidad se ha vendido como una meta externa: éxito, dinero, reconocimiento o relaciones perfectas. Sin embargo, cada vez más expertos coinciden en que ese enfoque no solo es erróneo, sino que genera frustración y desgaste emocional. Alba Cardalda, psicóloga y neuropsicóloga, propone una mirada distinta, más honesta y profundamente humana.
En sus intervenciones públicas y en su trabajo clínico, Cardalda insiste en que la felicidad no es un estado permanente ni una emoción constante. Es un proceso interno, complejo y dinámico, que exige autoconocimiento, coherencia personal y una relación más sana con el entorno y con uno mismo.
La felicidad no es euforia: es coherencia interna

Para Alba Cardalda, uno de los grandes malentendidos contemporáneos es asociar la felicidad con estar siempre contento. “Ser feliz no significa no estar triste”, explica. En ese proceso caben el miedo, la incertidumbre y el dolor, siempre que exista una base sólida de satisfacción personal y tranquilidad mental. La felicidad, en este sentido, no elimina las dificultades, pero cambia la forma de atravesarlas.
Esa satisfacción, subraya la especialista, está íntimamente ligada a vivir de acuerdo con los propios valores. Dormir con la conciencia tranquila, sentirse orgulloso de las decisiones tomadas y actuar con coherencia interna son pilares silenciosos de la felicidad real. Sin ellos, cualquier logro externo resulta insuficiente.
En este punto aparece el ego como obstáculo recurrente. Según Cardalda, el ego empuja a la comparación constante, a la competitividad y a la necesidad de aparentar. Todo ello aleja a la persona de su esencia y la mantiene en una insatisfacción permanente. La felicidad, por el contrario, exige bajar el volumen de esa voz interna y reconectar con lo que de verdad importa.
El problema se agrava en un contexto dominado por redes sociales. Desde la neuropsicología, Cardalda advierte que el cerebro humano no está preparado para recibir opiniones continuas de miles de personas. Biológicamente, nuestra capacidad relacional se limita a unos 150 vínculos, y solo entre cinco y diez relaciones verdaderamente estrechas. Exceder ese umbral tiene un coste emocional directo que impacta de lleno en la felicidad.
Salud mental, jóvenes y el precio del silencio
La psicóloga alerta sobre un deterioro preocupante de la salud mental en jóvenes y adolescentes. Datos de la OMS indican que cerca del 30 % padece algún trastorno mental, una cifra que se ha agravado tras la pandemia. En consulta, Cardalda ha observado un aumento significativo de ansiedad, depresión y conductas autolesivas, muchas de ellas previas al suicidio.
En 2021, España batió récords de suicidios en menores de 15 años. Para la especialista, ocultar este problema no protege, sino que aísla. Hablar del suicidio con responsabilidad salva vidas, porque permite que quienes sufren entiendan que no están solos. La felicidad, recuerda, también depende de sentirse acompañado y comprendido en los momentos más oscuros.
Por ello, defiende la necesidad urgente de una educación emocional obligatoria desde primaria. Aprender a identificar, expresar y comprender emociones debería ser tan importante como las matemáticas. Sin ese aprendizaje, resulta muy difícil construir una felicidad sólida en la edad adulta.
En este contexto, la calidad de las relaciones cobra un valor central. Estudios longitudinales han demostrado que, una vez cubiertas las necesidades básicas, el dinero no garantiza la felicidad. Son los vínculos sanos, la comunicación honesta y la capacidad de poner límites los factores que más influyen en el bienestar a largo plazo.
Alba Cardalda lo explica con claridad en su libro «Cómo mandar a la mierda de forma educada«, donde aborda la importancia de la asertividad. Saber decir “no” sin culpa, desde el respeto y la empatía, protege la autoestima y fortalece las relaciones. Esa habilidad, lejos de generar conflicto, es una herramienta esencial para preservar la felicidad personal.
Envejecer, añade, es otro de los grandes temas malinterpretados. El miedo no está en cumplir años, sino en dejar de gustar o perder valor social. Para ella, envejecer es un privilegio, una oportunidad de vivir con más conciencia y menos exigencias externas. Aceptar el paso del tiempo también forma parte de una felicidad madura y realista.









