domingo, 1 febrero 2026

Lo que nadie te explicó sobre olvidar con la edad… y por qué no es “normal”

- La pérdida de memoria no siempre es cosa de la edad: muchas veces es una señal que conviene escuchar a tiempo.

Olvidar algo de vez en cuando… nos pasa a todos. A mí la primera. ¿Quién no ha buscado las llaves mientras las tenía en la mano? Pero una cosa es un despiste puntual y otra muy distinta es sentir que la mente se va apagando poco a poco, como una luz que pierde intensidad sin explicación.

Eso es lo que advierte el neurólogo y experto en biología molecular Dr. Erwin Chiquete: la pérdida de memoria constante no es una consecuencia inevitable de envejecer. No es “lo normal” ni algo que debamos aceptar resignados. Cuando el deterioro es progresivo, suele haber algo más detrás… y merece atención.

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Durante años nos han repetido esa frase de “bueno, son cosas de la edad”. Pero el especialista insiste en algo importante: envejecer no significa perder la cabeza. Y cuando los olvidos empiezan a interferir con la vida diaria, lo sensato es buscar orientación profesional cuanto antes.

Señales que no conviene ignorar

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Olvidar a veces es normal, pero perderse en lo cotidiano no lo es. Fuente: IA

El primer paso es saber distinguir entre fallos comunes de atención y un deterioro cognitivo mayor (lo que antes llamábamos demencia).

El Dr. Chiquete explica algo que me parece muy gráfico: no es lo mismo olvidar el nombre de un vecino que ves una vez al año… que olvidar el de tu hijo o tu hermana. Los olvidos emocionales, los que afectan a personas cercanas, no suelen ser casuales.

También hay otra señal que siempre debería encender una alarma: perderse en caminos conocidos. No saber volver a casa o desorientarse en una ruta habitual nunca debería normalizarse.

Y luego está ese tipo de despiste tan cotidiano: entrar en una habitación y quedarse en blanco, como si la mente hubiera hecho “clic” y se hubiese apagado. En muchos casos eso no es un problema de memoria, sino de atención. Estrés, depresión, falta de sueño… todo eso nos roba enfoque. Y claro, sin foco, no hay recuerdo que se agarre.

El experto también menciona algo que a veces pasa desapercibido: los cambios de personalidad. Volverse más irritable, perder iniciativa, estar más rígido mentalmente o “refunfuñar” por todo… (sí, ese tipo de transformaciones pequeñas pero persistentes) pueden ser señales tempranas que muchas veces se dejan pasar.

El 40% del riesgo está en nuestras manos

Lo que nadie te explico2 Merca2.es
Pequeños hábitos diarios pueden proteger tu mente más de lo que imaginas. Fuente: IA

Aquí viene una parte esperanzadora: aproximadamente un 40% del riesgo de deterioro cognitivo puede modificarse con hábitos diarios. No es poco. Es muchísimo.

Algunas claves básicas:

Dormir bien. Lo ideal es un rango cercano a las 8 horas. Dormir poco desgasta, pero dormir demasiado también puede ser perjudicial.

Moverse cada día. Caminar al menos 20 minutos diarios reduce el riesgo entre un 30% y un 40%. No hace falta correr maratones. A veces un paseo tranquilo ya es medicina.

Cuidar lo que comemos. Evitar ultraprocesados cargados de azúcar, grasas y sal es fundamental. Estos productos pueden aumentar el riesgo de deterioro en torno a un 28%. Y sí, cuesta (porque están por todas partes), pero el cerebro lo agradece.

Atender la microbiota. Nuestro intestino es casi como un segundo cerebro. Mantenerlo sano influye en la claridad mental y hasta en cómo regulamos las emociones.

Una mente viva necesita gente y retos

Lo que nadie te explico1 Merca2.es
Dormir, caminar y conectar con otros son medicina para el cerebro. Fuente: IA

El cerebro funciona con una regla simple que el Dr. Chiquete resume muy bien: función que no se usa, se cancela. Como un músculo.

Por eso, el estímulo social es clave. Hablar con otros, convivir, sentirnos parte de algo protege más que hacer crucigramas en soledad. El aislamiento, en cambio, acelera el deterioro.

También ayuda aprender cosas nuevas. Idiomas, tecnología, un instrumento musical… lo que sea. Lo importante es obligar al cerebro a abrir caminos nuevos, como si fueran senderos en un bosque.

Y ojo con el multitasking: hacer mil cosas a la vez entrena a la mente para la dispersión. Al final, estamos en todo… pero no estamos en nada.

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Incluso practicar la flexibilidad mental —intentar comprender puntos de vista distintos, ejercitar la empatía— es un entrenamiento poderoso. No es fácil, pero fortalece.

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