domingo, 1 febrero 2026

Izanami Martínez (40), experta en neurociencia: “El miedo a no ser exitosos, atractivos o valiosos sostiene gran parte del consumo actual”

Izanami Martínez, antropóloga, madre y emprendedora especializada en neurociencia y comportamiento humano, advierte que gran parte de la economía contemporánea se apoya en el miedo. Miedo a no encajar, a no destacar, a no ser suficiente. Un motor silencioso que hoy explica cómo consumimos, trabajamos y nos relacionamos.

La ansiedad social creciente, saturación digital y agotamiento emocional, son parte de su análisis que conecta ciencia, experiencia personal y una crítica directa al modelo cultural dominante. La pregunta de fondo es clara: ¿por qué, teniendo más recursos y comodidad que nunca, vivimos con más miedo que antes?

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El miedo como arquitectura invisible del consumo

El miedo como arquitectura invisible del consumo
Fuente: agencias

Para Izanami Martínez, la mayor parte de las grandes industrias no venden solo productos: venden alivio. Alivio al miedo de no ser lo suficientemente exitosos, atractivos o valiosos. Ese miedo, explica, activa los mecanismos más primitivos del cerebro y coloca a las personas en un estado de alerta permanente.

Desde la neurociencia, el proceso es claro. Cuando el miedo se activa, la amígdala toma el control y el cuerpo entra en modo supervivencia. En ese estado, el cerebro busca soluciones rápidas para reducir la tensión, y ahí aparece el consumo como válvula de escape. No se trata de felicidad, sino de una descarga momentánea de dopamina.

Comida ultraprocesada, compras compulsivas, entretenimiento infinito, consumo acelerado de contenido. Todo responde a la misma lógica: calmar el miedo durante unos minutos. El problema es que el efecto dura poco. La dopamina funciona como una cerilla: ilumina brevemente y se apaga. Cuando lo hace, el miedo regresa, a menudo con más fuerza.

Este ciclo continuo de activación y recompensa mantiene al cerebro en un estado de estrés constante. Un estado para el que no está diseñado y que termina pasando factura, tanto a nivel físico como emocional.

Estrés crónico, soledad y un cerebro fuera de contexto

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El cerebro humano evolucionó para sobrevivir en entornos hostiles, no para gestionar un miedo abstracto y prolongado. Lo que antes se activaba ante una amenaza física real hoy se dispara ante estímulos simbólicos: perder el trabajo, no cumplir expectativas, no ser reconocido.

Martínez explica que el estrés actual es, en realidad, la cronificación del modo lucha-huida. Un mecanismo pensado para durar segundos que hoy se mantiene activo durante meses o incluso años. Cuando eso ocurre, el cuerpo empieza a sacrificar funciones esenciales como la digestión, la inmunidad o la capacidad de pensar con claridad.

A este escenario se suma un factor decisivo: la soledad. Desde el punto de vista neurológico, la soledad es una forma profunda de miedo. Durante miles de años, estar solo equivalía a no sobrevivir. Por eso el cerebro registra la soledad en las mismas áreas que el dolor físico.

Este fenómeno se observa con especial intensidad en la sociedad actual: personas mayores que viven aisladas, madres que crían sin red de apoyo y jóvenes hiperconectados pero cada vez menos capaces de relacionarse de forma profunda. El miedo a no pertenecer, a no ser visto o a no ser amado atraviesa todas las edades.

Uno de los puntos clave del discurso de Izanami Martínez es la confusión cultural entre placer y felicidad. Una confusión que, según explica, beneficia a un sistema que necesita consumidores insatisfechos y siempre en falta.

El placer está asociado a la dopamina, al logro, a la acumulación. La felicidad, en cambio, está vinculada a la oxitocina, la hormona que se genera en los vínculos, en el contacto humano y en la sensación de pertenencia. Mientras el miedo empuja a buscar validación externa, la felicidad real aparece cuando una persona se siente amada y conectada.

Martínez habla desde la experiencia. Alcanzó el éxito profesional, el reconocimiento público y el estatus que marca el guion social, pero también perdió la capacidad biológica de disfrutar. La ansiedad, los trastornos alimentarios y el vacío emocional fueron el precio de haber vivido guiada por el miedo a no ser suficiente.


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