Las células recuerdan incluso aquello que la familia nunca llegó a contar. Cuando escuchamos la palabra “herencia”, casi todos pensamos en lo mismo. Una casa, unos ahorros, quizá alguna joya antigua o ese objeto sentimental que pasa de mano en mano. Pero, ¿y si lo más importante no fuera lo material?
El terapeuta y divulgador Alberto Lozano propone una mirada distinta, mucho más profunda (y, sinceramente, un poco inquietante también): heredamos mucho más que genes y bienes.
Según él, el 99% de lo que recibimos de nuestra familia no se ve. Es una energía invisible hecha de emociones, miedos, traumas no resueltos, talentos, silencios… una especie de mochila emocional que cargamos sin saber cuándo nos la pusieron.
Y lo más curioso es que muchas veces nadie habla de ello. Simplemente está ahí.
El árbol familiar no olvida: solo guarda

Lozano explica que el sistema familiar funciona casi como un organismo vivo. El árbol genealógico, por decirlo de alguna manera, quiere sobrevivir. Quiere continuar.
Por eso, cualquier vivencia intensa de un ancestro —una pérdida brutal, una guerra, un abandono, una injusticia— puede quedar registrada como una memoria que se transmite al futuro.
Aunque desde fuera lo juzguemos como algo negativo, el inconsciente lo guarda como un recurso. Como una forma de preparación: “esto ocurrió antes, quizá te sirva para sobrevivir después”.
Así, ciertos miedos o reacciones que parecen irracionales podrían ser en realidad ecos antiguos. Sombras emocionales que siguen caminando con nosotros.
La “adicción celular”: cuando el conflicto se vuelve familiar

Uno de los conceptos más llamativos que plantea Lozano es el de la “adicción celular”.
Dice que cuando vivimos durante mucho tiempo bajo estrés o miedo, el cerebro produce neurotransmisores asociados a ese estado. Y con el tiempo, las células se acostumbran… incluso pueden volverse adictas a esa química.
Esto explicaría algo que a muchos nos cuesta entender: ¿por qué repetimos situaciones que nos hacen daño? ¿Por qué volvemos a relaciones conflictivas o ambientes tensos?
No porque queramos sufrir, sino porque ese tipo de emoción nos resulta familiar. Casi “hogareña”, en el sentido más extraño de la palabra. Como si el cuerpo dijera: “esto ya lo conozco”.
Liberarse de lo heredado: un camino en tres fases

Para soltar estas cargas transgeneracionales, Lozano propone un proceso estructurado en tres etapas.
Primero está la exploración. Se analiza el árbol familiar, la biografía, los secretos, los patrones repetidos… como quien abre un viejo álbum y empieza a ver cosas que antes pasaban desapercibidas.
Después llega la sanación. Mediante visualización o un estado de semitrance, la persona conecta con la energía del ancestro asociado al trauma. Se realiza un movimiento sistémico basado en el amor y el perdón, buscando liberar la carga emocional.
Y por último, la liberación. Durante siete días, el paciente realiza un ritual en casa, una especie de “psicomagia” para crear nuevos circuitos mentales y consolidar una realidad emocional distinta.
Suena simbólico, sí. Pero a veces lo simbólico toca lugares donde lo racional no llega.
Cómo saber si algo viene de atrás
Lozano señala algunas pistas claras para sospechar que un conflicto puede ser transgeneracional.
Comportamientos repetitivos: patrones que se repiten en varias generaciones. Alcoholismo, rupturas constantes, infidelidades… como si la historia se copiara sola.
Reacciones emocionales desproporcionadas: ataques de pánico, llanto profundo o miedos intensos ante algo que no hemos vivido directamente.
Secretos familiares: lo que se calla pesa más. Traumas encriptados por el silencio —violaciones, estafas, muertes trágicas— suelen transmitirse con más fuerza.
Porque lo no dicho… también se hereda.








