sábado, 31 enero 2026

Por qué las zapatillas más caras pueden estar empeorando tu forma de correr

-La clave no está en la zapatilla más cara, sino en entender cómo se mueve tu cuerpo al correr.

En los últimos años, correr se ha convertido casi en una religión moderna. Sales a la calle y ves a gente con zapatillas futuristas, suelas enormes, placas de carbono… y esa sensación de que, si no llevas “lo último”, te estás quedando atrás. El boom del running ha traído una revolución en el calzado, eso es innegable.

Pero aquí viene la parte incómoda: no todos los pies están preparados para seguir la moda. Y elegir mal no es solo una cuestión de rendimiento… puede acabar en dolor, lesiones y esa frustración silenciosa de no entender qué está fallando.

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Esto es precisamente lo que muestra un análisis biomecánico reciente realizado por el especialista Manuel Vidal, que comparó dos casos reales —Adrián y Martín— para demostrar algo muy sencillo: cada pie cuenta una historia distinta, y no todas las zapatillas encajan en todos los cuerpos.

Adrián: cuando el carbono te queda grande (aunque sea tendencia)

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Cada pie tiene su historia: la biomecánica lo cambia todo al correr. Fuente: IA

El primer caso es Adrián, un corredor con los arcos del pie ligeramente aplanados y callosidades visibles. Es decir, señales claras de que algo en su pisada lleva tiempo “desajustado”, como una rueda que no gira del todo bien.

El estudio encontró varias limitaciones importantes: gemelos muy acortados, poca movilidad en una articulación clave del tobillo… pero el punto crítico apareció en el primer dedo, el dedo gordo. Ese dedo, que parece tan insignificante, es esencial para impulsarnos al correr.

Cuando no se mueve bien, el cuerpo intenta compensar como puede (porque siempre compensa, para bien o para mal). Y ahí es cuando la fascia plantar empieza a sufrir, provocando dolor y sobrecarga.

Lo curioso es que Adrián camina con un patrón neutro. El problema llega al correr, porque utiliza zapatillas con placa de carbono. Un calzado pensado para corredores rápidos, con técnica muy eficiente. En su caso, los sensores inerciales revelaron algo claro: la zapatilla le genera inestabilidad y una pronación excesiva.

¿La solución? No es dramática, pero sí requiere cabeza: mejorar la cadencia con pasos más cortos, estirar gemelos… y, sobre todo, cambiar a un calzado que no le exija requisitos biomecánicos que ahora mismo su cuerpo no puede cumplir. (Porque a veces, lo más inteligente es ir un paso atrás para avanzar mejor.)

Martín: pie plano, sí… pero con el zapato adecuado

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Las placas de carbono no son para todos: la estabilidad es clave. Fuente: IA

El segundo caso es Martín, y aquí el escenario cambia por completo. Martín tiene un pie plano flexible, condicionado por hiperlaxitud ligamentosa. Es decir, sus ligamentos son demasiado “elásticos” y el arco colapsa al cargar peso, como una tienda de campaña sin tensión suficiente.

También presenta gemelos acortados, pero además hay un detalle llamativo: el músculo abductor del primer dedo está hipertrofiado, trabajando en exceso para intentar estabilizar el pie. El cuerpo, otra vez, haciendo malabares para mantenerse firme.

Pero aquí aparece la gran diferencia: Martín usa una zapatilla con tecnología antitorsión, rígida y estable. Y en su caso, funciona como un guante. Aunque su pie sea plano, esa estabilidad reduce la pronación y hace que su marcha sea sorprendentemente eficiente.

Las recomendaciones incluyen plantillas semirrígidas (materiales como polipropileno) para controlar el arco, y ejercicios de fuerza que compensen esa laxitud. Porque sí: el pie también se entrena, no solo se calza.

Ejercicios clave para pies planos y fascitis plantar

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Fortalecer el pie es construir la base que evita lesiones futuras. Fuente: IA

Manuel Vidal insiste en algo que me parece fundamental: fortalecer la musculatura interna del pie es como reforzar los cimientos de una casa.

Entre los ejercicios más útiles están:

Presionar los dedos contra el suelo sin encogerlos, evitando la forma de “garra”.

Arrugar una toalla con los dedos, añadiendo peso poco a poco para ganar fuerza.

Trabajar el tibial posterior con una banda elástica, llevando el pie hacia dentro para estabilizar el arco.

Son gestos pequeños, sí. Pero tienen un impacto enorme con el tiempo.

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