sábado, 31 enero 2026

«El cáncer en mayores de 65 se trata todo igual cuando debería ser personalizado»: así Dr. Enrique Soto, oncólogo geriatra, alerta sobre tratamiento ineficaz

La fragilidad biológica es un laberinto médico que casi nunca coincide con la fecha de nacimiento que marca el DNI, un factor determinante que la oncología moderna empieza a asumir para dejar de tratar a los pacientes como simples estadísticas.

La medicina actual suele caer en la trampa recurrente, de mirar exclusivamente el carné de identidad, ante el cáncer, ignorando por el camino que la biología de cada paciente cuenta una historia radicalmente distinta. Este error sistemático, denunciado con vehemencia por expertos como el doctor Enrique Soto, condena a miles de mayores a sufrir terapias innecesariamente agresivas o, en el peor de los casos, a perder oportunidades clínicas vitales por meros prejuicios numéricos.

Vivimos inmersos en una paradoja sanitaria donde la inmensa mayoría de los tumores se diagnostican en personas que han soplado más de sesenta y cinco velas, pero los protocolos parecen diseñados exclusivamente para cuerpos de treinta. Resulta alarmante comprobar que, aunque sabemos a ciencia cierta que la mitad de las muertes por cáncer se concentran en este grupo demográfico, seguimos volando a ciegas en cuanto a datos específicos se refiere.

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¿Por qué los ensayos clínicos mienten sobre la vejez?

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El gran pecado original de la oncología moderna reside en que la evidencia científica que manejamos proviene de estudios donde los mayores de setenta años son «unicornios» de salud perfecta o directamente no están invitados a la fiesta. Esto provoca que, al trasladar esos fármacos innovadores a la consulta real, nos demos cuenta tarde de que tienen algún tipo de toxicidad importante en cuerpos que ya arrastran otras batallas, como la diabetes o la hipertensión.

La solución no pasa por dejar de tratar por sistema, que es el otro extremo vergonzoso del edadismo médico, sino por entender quién tenemos delante más allá de la biopsia del tumor. Sabemos que aquellos mayores que mantienen su independencia y vida social van a tolerar mejor el tratamiento y pueden recibir dosis estándar con resultados excelentes, casi como si tuvieran veinte años menos.

El peligro mortal de confiar en el «ojímetro»

Para romper con esta inercia de «café para todos», las guías internacionales recomiendan la Valoración Geriátrica Integral, una herramienta que funciona como un escáner de la vulnerabilidad real del paciente. Para romper con esta inercia de «café para todos», las guías internacionales recomiendan la Valoración Geriátrica Integral, una herramienta que funciona como un escáner de la vulnerabilidad real del paciente. Sin embargo, la triste realidad es que en la práctica diaria no se realiza una valoración geriátrica completa en la inmensa mayoría de los hospitales, ya sea por falta de tiempo o de personal cualificado.

Implementar estas evaluaciones permite detectar problemas ocultos que un oncólogo convencional pasaría por alto, como la desnutrición silenciosa, la depresión enmascarada o el riesgo de caídas en el domicilio. Al identificar a tiempo estas vulnerabilidades invisibles, se demuestra que ayuda a escoger los mejores tratamientos y, en muchos casos, a tomar la valiente decisión de no tratar agresivamente cuando los riesgos superan a los beneficios.

El mito del cáncer lento y la esperanza de vida

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Existe una creencia popular, a veces extendida incluso entre profesionales, de que el cáncer en la vejez es siempre indolente y avanza despacio, lo que lleva a subestimar peligrosamente ciertos diagnósticos. Aunque es cierto para algunos tumores hormonales, la realidad es que el riesgo de cáncer empieza a disminuir solo en edades muy avanzadas, superados los noventa, por una cuestión de selección natural de los supervivientes.

La clave no está tanto en la velocidad del tumor, sino en la expectativa de vida real del paciente frente a otras amenazas de salud que ya padezca. Si una persona tiene una esperanza de vida de cinco años por problemas cardiacos severos, es muy probable que muera con cáncer pero no de cáncer, lo que hace absurdo someterla a un cribado agresivo o cirugías mutilantes.

Un teléfono móvil puede salvar más vidas que una pastilla

En un giro innovador que rompe con el estereotipo de que los ancianos y la tecnología son agua y aceite, el equipo del doctor Soto ha demostrado que los smartphones pueden ser aliados vitales. Mediante estudios piloto, han comprobado que monitorizar los pasos diarios de los pacientes antes y durante la quimioterapia permite detectar a distancia quién se siente mal mucho antes de que aparezcan complicaciones graves que requieran hospitalización.

Existe una reticencia absurda en el sector sanitario a prescribir tecnología a los mayores de ochenta, asumiendo erróneamente que no sabrán usarla o que les generará una ansiedad innecesaria.Es una forma de democratizar el seguimiento en regiones donde el acceso al especialista es un lujo, convirtiendo un simple teléfono en un guardián silencioso que vigila la toxicidad del tratamiento minuto a minuto.


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