La guerra suele narrarse en términos de bandos, épica y sacrificio. Pero cuando se escucha a quienes la han vivido desde dentro, ese relato se desmorona. Álex Celma, exmilitar y contratista privado, brinda una perspectiva que cuestiona la lógica moral, política y económica de los conflictos armados contemporáneos.
Desde su experiencia en Europa y África, Celma describe la guerra como un sistema sostenido por intereses de poder, donde la vida humana se devalúa hasta extremos difíciles de asimilar. Su historia no busca provocar morbo, sino explicar por qué, para él, este tipo de conflictos no tienen sentido.
La guerra como engranaje de poder y negocio

Para Celma, una de las mayores ficciones de la guerra moderna es la existencia de bandos buenos. “No los hay”, sostiene. En su análisis, los conflictos no responden a principios éticos ni a defensas heroicas, sino a acuerdos implícitos entre élites que se reparten recursos, subvenciones y control territorial. La guerra, explica, funciona como un ping-pong geopolítico en el que hoy se pierde para ganar mañana, siempre con beneficios económicos de fondo.
Durante uno de sus contratos como instructor, se encontró entrenando a hombres sin experiencia, mal armados y destinados a misiones para las que no estaban preparados. Mientras tanto, en hangares cercanos, el equipamiento moderno esperaba etiquetado para conflictos futuros. Aquella escena le reveló que la guerra no solo se planifica, sino que se agenda.
En África, donde los golpes de Estado son una vía habitual de acceso al poder, la guerra adquiere una crudeza aún mayor. Cambiar un gobierno implica eliminar al anterior y redistribuir cargos entre familiares y aliados. El objetivo no es la estabilidad, sino el control económico. En ese contexto, la guerra se normaliza como un trámite más.
Celma subraya que el contratista privado está presente en todos los bandos. Hoy puede proteger una infraestructura; mañana, hacer lo mismo para el supuesto enemigo. Esa ambigüedad revela hasta qué punto el conflicto se ha externalizado y profesionalizado, diluyendo cualquier frontera moral clara.
La deshumanización: cuando la vida vale menos que nada
Si hay algo que marcó a Álex Celma fue comprobar cómo la guerra erosiona la noción misma de valor humano. Relata haber presenciado la muerte de un hombre por no pagar una cerveza: una discusión mínima, un arma al alcance de la mano y un disparo. En muchos territorios, explica, las armas están en todas partes y matar es demasiado fácil.
Ese mismo desprecio por la vida aparece en enfermedades evitables. La malaria, que mata a millones cada año, puede curarse con un tratamiento barato. Siete dólares bastan. Pero en zonas devastadas por la guerra, esa cantidad es inalcanzable. La muerte no llega por falta de soluciones, sino por ausencia de recursos.
El desgaste físico y mental es otro rasgo constante. Celma recuerda haber dormido de pie en el desierto y en bosques europeos, empujado por un agotamiento extremo. El cuerpo, dice, aprende a sobrevivir incluso en condiciones inhumanas. En su caso, desarrolló la capacidad de dormir caminando. Según su visión, la guerra** no solo rompe cuerpos; reconfigura la mente.
Durante su formación en la Legión Extranjera Francesa y en misiones posteriores, sufrió lesiones graves que se trató a sí mismo para no abandonar. Persistía por una idea fija: cambiar el mundo para que otros no vivieran las injusticias que él había conocido. Sin embargo, reconoce que la guerra pone a prueba cualquier idealismo.
Celma advierte también sobre la opacidad informativa. En Francia, las alertas por terrorismo son frecuentes; en España, muchos conflictos pasan desapercibidos. La guerra existe incluso cuando no ocupa titulares. Y esa invisibilidad la vuelve aún más peligrosa.
Al mirar al futuro, su diagnóstico es sombrío. Una tercera guerra mundial, asegura, sería nuclear y devastadora. No habría épica posible, solo destrucción masiva. Por eso insiste en desmontar los relatos simplistas: entender la guerra como lo que es, un mecanismo de poder y dinero, resulta imprescindible para no seguir repitiéndola.








