Aterrizar en Tenerife durante las semanas de febrero supone un cortocircuito mental y térmico que te cambia el humor antes de recoger la maleta. Resulta impactante comprobar cómo el invierno desaparece del mapa en apenas dos horas y media de vuelo, regalándote una luz que en Madrid no veremos hasta mayo. La isla no solo te promete la segunda fiesta más grande del mundo, sino una desconexión solar que roza lo terapéutico.
Adoramos el ingenio afilado de las chirigotas gaditanas, faltaría más, pero lo que se cuece aquí tiene un ADN tropical, salvaje y, digámoslo claro, mucho más espectacular en lo visual. Los lugareños presumen de que su carnaval es hermano del de Río, y basta pisar el asfalto para entender que aquí la exageración estética no es un defecto, sino una religión que se practica a veinticinco grados.
¿Cádiz o Río de Janeiro? El mito de las plumas a 25 grados
No esperes encontrar aquí la coplilla satírica en cada esquina, porque la apuesta chicharrera va directa al estruendo del color, la purpurina y ese ritmo de batucada que se te mete en el pecho. Es fascinante ver cómo la ciudad se paraliza por completo ante el paso de unas carrozas y comparsas que desafían, con sus dimensiones imposibles, las leyes básicas de la gravedad y la ingeniería.
Hablamos de una marea humana que puede superar las trescientas mil personas bailando en la calle, codo con codo, sin que se pierda la sonrisa ni las ganas de aguantar hasta que salga el sol. Lo mejor es que nadie te juzga por tu atuendo, porque en este caos organizado la normalidad es precisamente lo único que está terminantemente prohibido durante estas fechas de desenfreno.
El Médano: la resaca se cura con salitre y vientos alisios
Cuando el cuerpo pide una tregua tras la noche en Santa Cruz, el sur de Tenerife despliega su artillería pesada con unos arenales que parecen sacados de otro continente. Sorprende descubrir que el bullicio urbano queda muy lejos cuando pisas la arena dorada de El Médano y respiras ese aire cargado de yodo y libertad.
Este antiguo pueblo de pescadores, hoy convertido en la meca del windsurf, mantiene un ambiente bohemio que contrasta radicalmente con el lujo de cartón piedra de otras zonas turísticas más masificadas. Y es que tomarse una cerveza frente al mar aquí tiene un sabor distinto, como de victoria personal ganada a pulso tras meses encerrado en la oficina bajo luz artificial.
Las cuentas claras: escapar del frío por menos de lo que crees
Muchos descartan la idea pensando que cruzar el charco, aunque sea el nuestro, implica dejarse la nómina del mes, pero la conectividad aérea actual ha roto esa barrera psicológica hace tiempo. La realidad es que los billetes rondan los cien euros si eres medianamente previsor y evitas las fechas más críticas, poniéndote en el trópico por lo que cuesta un tren de larga distancia.
Con un presupuesto de entre setecientos y novecientos euros puedes montarte cinco días de gloria bendita, incluyendo un alojamiento decente, coche de alquiler imprescindible y cenas donde no falten las papas con mojo. No olvides que el nivel de vida es más amable para el bolsillo peninsular, especialmente si tienes la picardía de salir del circuito de guiris y comer en los guachinches donde paran los locales.
Más allá del disfraz: por qué volverás a Tenerife
La verdadera trampa de esta isla no es la fiesta en sí, que engancha, sino esa sensación térmica de verano eterno que te hace cuestionar seriamente por qué vives donde vives. Te das cuenta de que el sol es la mejor medicina contra el estrés acumulado del invierno europeo, y lamentablemente eso no hay farmacia en la península que te lo pueda vender sin receta.
Al final, te llevas en la maleta algo más que confeti incrustado en los zapatos o arena volcánica en la toalla; te llevas la certeza absoluta de haber vivido dos viajes en uno. Y aunque la vuelta a la rutina sea dura, saber que este paraíso está a un par de horas te da fuerzas para aguantar, o para planear la siguiente huida.









