Controlar los niveles de glucemia se ha convertido en la piedra angular de la medicina preventiva moderna, dejando de ser un asunto exclusivo de diabéticos para interesarnos a todos. Como bien señala la doctora Fernández en sus recientes intervenciones, ignorar estos picos es jugar a la ruleta rusa con nuestra salud metabólica a largo plazo, hipotecando nuestro bienestar futuro por un placer momentáneo. Quienes creen que estar «en rango» en la analítica anual es suficiente, suelen desconocer que el daño ocurre en las oscilaciones diarias tras las comidas.
Imagina por un momento que tus venas son tuberías y el azúcar sobrante es un sirope pegajoso que se adhiere a las paredes, endureciéndolas poco a poco y restándoles flexibilidad. Esa es la imagen visual exacta de la glicación, un proceso donde las proteínas de nuestro cuerpo quedan inutilizadas, generando una reacción en cadena que termina en una inflamación sistémica generalizada. Lo más traicionero de este proceso es que no duele, no avisa y, cuando da la cara, el daño estructural ya es considerable.
Glucemia: ¿Por qué nos estamos «caramelizando» por dentro?
Cuando sobra glucosa en el torrente sanguíneo y no la quemamos con movimiento, esta molécula busca desesperadamente a qué unirse, eligiendo a menudo el colágeno o la elastina de nuestra piel y arterias. Es un proceso químico inevitable donde el exceso de azúcar literalmente cocina tus tejidos, volviéndolos rígidos, frágiles y quebradizos, muy similar a lo que le ocurre a la corteza de un pan tostado olvidado en el horno. Esta rigidez es la antesala de problemas cardiovasculares serios y, por supuesto, de esas arrugas prematuras que ninguna crema puede borrar.
Odile Fernández insiste con vehemencia en que este fenómeno no ocurre de la noche a la mañana, sino que es un daño acumulativo, lento y, sobre todo, silencioso. Lo preocupante es que esta rigidez arterial y celular dispara las alarmas, activando al sistema inmune para combatir un enemigo interno que nosotros mismos le estamos dando de comer a diario con desayunos dulces y sedentarismo. Estamos manteniendo al cuerpo en un estado de alerta bélica constante que termina por agotar nuestros recursos.
La glucemia y el mito de que solo importa a los diabéticos
Hemos vivido engañados durante décadas pensando que si el médico no nos ha diagnosticado diabetes, tenemos vía libre para atiborrarnos de hidratos refinados sin consecuencias inmediatas. La realidad clínica demuestra que las oscilaciones bruscas de glucosa son dañinas para cualquier persona, independientemente de si tiene un diagnóstico médico en su historial o se considera falsamente «sana». Los picos de insulina repetidos son el primer paso hacia la resistencia metabólica, un problema que afecta a gran parte de la población adulta sin saberlo.
Aquí entra en juego el término que está revolucionando la gerontología actual: el inflammaging, o cómo la inflamación crónica de bajo grado nos hace viejos antes de tiempo biológico. Resulta evidente que controlar la curva de glucosa es el mejor cosmético, mucho más eficaz y barato que cualquier tratamiento estético de quinientos euros que te intenten vender en la farmacia de turno. Mantener la insulina a raya es, a día de hoy, la estrategia antiedad más potente que tenemos a nuestra disposición.
El orden de los factores sí altera el producto
Una de las claves prácticas que la doctora repite como un mantra salvavidas es que no hace falta dejar de comer, sino saber estratégicamente en qué orden ingerir los alimentos del plato. Está más que comprobado que empezar por la fibra crea una malla protectora en el intestino que frena drásticamente la velocidad de absorción de los azúcares que vendrán después. Comerse primero la ensalada o las verduras y dejar la pasta o el arroz para el final no es una manía, es pura bioquímica aplicada.
Otro truco de vieja escuela que la ciencia moderna ha validado por completo es el uso del vinagre de manzana diluido antes de las comidas ricas en carbohidratos. Parece cosa de magia o remedio de abuela, pero la acidez reduce significativamente el pico glucémico, permitiendo que disfrutes de ese plato de comida sin que tu páncreas tenga que entrar en pánico absoluto liberando insulina a chorros. Son pequeños gestos que, sumados día tras día, cambian radicalmente la respuesta inflamatoria de nuestro organismo.
Niebla mental y el bajón de las cinco de la tarde
A veces no es que estés deprimido, ni que te falte café, ni que odies tu trabajo; es simplemente que tu cerebro se ha quedado sin combustible estable tras un subidón de azúcar. Es fascinante descubrir cómo la estabilidad emocional depende de la química sanguínea, evitando esa montaña rusa de euforia breve seguida de letargo profundo que arruina nuestras tardes productivas. Ese bajón de energía que sientes a media tarde es, casi siempre, la factura que pagas por lo que comiste al mediodía.
Al final, entender la bioquímica básica de nuestro cuerpo nos empodera para tomar decisiones nutricionales que no se basan en la fuerza de voluntad, sino en la inteligencia y el respeto por nuestra fisiología. Si logramos aplanar esas curvas traicioneras, recuperaremos una energía vital que creíamos perdida, apagando ese fuego invisible que, sin saberlo, nos estaba consumiendo lentamente desde las entrañas.










