La idea de una paz definitiva y una felicidad completa atraviesa a buena parte de la sociedad contemporánea. Muchas personas viven con la sensación de que la calma llegará más adelante, cuando se cumpla una condición concreta. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese momento prometido rara vez se materializa.
En ese punto se sitúa la reflexión que propone Maite Issa, experta en manifestación y desarrollo personal, quien cuestiona uno de los grandes supuestos de nuestro tiempo: la creencia de que la felicidad depende de alcanzar logros externos y no de la forma en la que se habita el presente.
El espejismo de la meta y el juego infinito de la vida
Issa parte de una observación común, pero poco verbalizada: muchas personas viven persiguiendo una paz futura que siempre se desplaza un paso más adelante. “Cuando tenga dinero, cuando tenga el coche, cuando forme una familia”, asegura. El problema, explica, es que detrás de esos hitos no siempre aparece la felicidad prometida. En ocasiones, lo que emerge es una nueva inquietud, otro objetivo y una sensación de vacío difícil de nombrar.
Para entender este mecanismo, la especialista retoma el concepto del “juego infinito”, popularizado por Simon Sinek. Según esta mirada, gran parte de la frustración contemporánea nace de vivir como si la vida fuera un juego con principio y final. Se alcanza la meta, se gana el partido y debería llegar el descanso definitivo. Sin embargo, la realidad es otra: la vida no termina al cumplir un objetivo y, cuando eso ocurre, muchas personas se sienten desconcertadas.
En esta línea, Issa recuerda las reflexiones del empresario y divulgador Steven Bartlett, quien sostiene que el caos suele aparecer justo después de alcanzar una meta importante. Mientras se avanza hacia ella existe propósito, dirección y sentido. Una vez conseguida, ese motor se apaga. La felicidad, señala Issa, no suele residir en el resultado, sino en el proceso que da significado al día a día.
De ahí que subraye un punto clave: el propósito actúa como ancla emocional. Cuando una persona está conectada con aquello que considera valioso, se produce una forma de calma que no depende del futuro. En esos momentos, la felicidad no es una promesa, sino una experiencia concreta y accesible.
Valores, honestidad personal y educación emocional para lograr la felicidad

Lejos de proponer recetas rígidas, Issa plantea una alternativa sencilla y exigente a la vez: vivir guiándose por valores. En su caso, menciona tres pilares que orientan sus decisiones cotidianas: aprendizaje, contribución y diversión. Si al final del día ha honrado alguno de ellos, considera que ha sido una jornada plena. No mide su bienestar por el éxito externo, sino por la coherencia interna, una idea que redefine el concepto tradicional de felicidad.
Este enfoque también resulta útil en los dilemas cotidianos. Elegir entre trabajar o compartir tiempo con amigos deja de ser una cuestión de productividad y se convierte en una decisión basada en prioridades personales. Los valores funcionan como un criterio estable cuando las metas cambian o generan conflicto interno.
Ahora bien, Issa introduce un matiz fundamental: la honestidad. Visualizar una vida deseada no exime del esfuerzo ni del trabajo incómodo que implica avanzar. La manifestación, explica, no consiste en negar la realidad, sino en asumirla sin autoengaños. Reconocer lo que falta por hacer y, al mismo tiempo, acompañarse con compasión es una forma madura de crecimiento.
En este proceso, la autocompasión no debe confundirse con victimismo. La especialista propone tres preguntas para atravesar los momentos difíciles: qué se puede aprender, dónde está la bendición oculta y qué es necesario perdonar. El perdón, tanto propio como hacia los demás, libera una carga mental que impide avanzar. Desde la psicología, este fenómeno se relaciona con el efecto Zeigarnik, que explica por qué las situaciones no resueltas consumen más energía que las cerradas.
Otro de los ejes de su trabajo es la relación con la motivación. Issa sostiene que confiar en ella es un error frecuente. La motivación fluctúa, mientras que el compromiso con el propósito permanece. Por eso propone actuar desde el amor a la vida que se está construyendo, incluso en los días sin brillo. En esos momentos, hacer un pequeño gesto coherente ya es suficiente. La felicidad, en este sentido, no exige intensidad constante, sino continuidad.
Finalmente, Maite Issa aborda una carencia poco atendida: el analfabetismo emocional. Muchas personas no saben identificar qué sienten más allá de un genérico “bien” o “mal”. Nombrar las emociones, ampliar el vocabulario emocional y conectar con las sensaciones corporales permite desarrollar una relación más consciente con uno mismo. Esta alfabetización interna es clave para comprender que la felicidad no implica ausencia de miedo o tristeza, sino la capacidad de convivir con todas las emociones.









