Durante años, el café fue presentado como el punto de partida ideal para activar el día. Sin embargo, cada vez más investigaciones muestran que ese gesto automático, cuando se hace apenas al despertar, puede jugar en contra del rendimiento del cuerpo y del cerebro.
Lejos de fórmulas mágicas, la ciencia propone una rutina matinal más simple y alineada con nuestra biología, capaz de mejorar el rendimiento físico y mental sin exigir cambios drásticos ni sacrificios imposibles.
Rendimiento: El impacto invisible de la deshidratación y el reloj biológico

Al despertar, el organismo atraviesa su momento de mayor deshidratación. No es un detalle menor. Tras ocho horas —o más— sin ingerir líquidos, el cuerpo pierde agua de forma sostenida, especialmente en quienes respiran por la boca durante el sueño. La evidencia indica que una pérdida de apenas el uno por ciento del agua corporal total puede reducir hasta un diez por ciento el rendimiento físico y cognitivo.
En ese contexto, empezar el día con café sin haber tomado agua previamente supone añadir un estímulo diurético cuando el cuerpo todavía intenta equilibrarse. El resultado suele ser una caída temprana de energía y concentración que afecta el rendimiento general, incluso en tareas cotidianas.
A este punto se suma otro factor clave: el ritmo circadiano. Durante milenios, los seres humanos organizaron su día a partir de la luz natural. Hoy, pantallas y luces artificiales alteran ese reloj interno. Exponerse a la luz solar por la mañana, incluso a través de una ventana, ayuda a “poner en hora” al organismo y mejora el rendimiento a lo largo del día. Del mismo modo, reducir la luz blanca por la noche favorece un descanso más reparador y un mejor rendimiento al día siguiente.
Algunas prácticas simples refuerzan este proceso. Las duchas frías matinales activan el sistema nervioso simpático, estimulan la respuesta inmunológica y generan un estado de alerta funcional que se traduce en mayor rendimiento sin recurrir a estimulantes externos.
Cuándo pensar, cuándo entrenar y cómo moverse aunque no haya tiempo
Con el ritmo diario más o menos ordenado, el cerebro alcanza su pico de funcionamiento entre las 10 y las 11 de la mañana. Es la franja ideal para abordar tareas complejas, analíticas o creativas. Aprovechar ese momento mejora el rendimiento intelectual y reduce la fatiga acumulada. El trabajo repetitivo, en cambio, suele encajar mejor por la tarde, cuando la capacidad de atención sostenida comienza a descender y el rendimiento cognitivo ya no es el mismo.
Este patrón no implica que todos deban reorganizar su vida de un día para otro. El hábito también pesa. Pero entender cómo funciona el cuerpo permite tomar decisiones más informadas y proteger el rendimiento a largo plazo.
Algo similar ocurre con el ejercicio. El cuerpo no rinde igual a lo largo del día: cambian la temperatura corporal, la presión arterial y la capacidad de atención. Por la mañana, los entrenamientos de alta intensidad o tipo HIIT suelen ser más efectivos, ya que aprovechan la activación temprana del sistema cardiovascular y mejoran el rendimiento metabólico. Por la tarde, en cambio, el cuerpo está mejor preparado para el trabajo de fuerza, donde se puede maximizar la ganancia muscular y el rendimiento físico.
El problema aparece cuando el tiempo no alcanza. En trabajos sedentarios, pasar ocho horas sentado tiene efectos negativos claros, que no se compensan simplemente con alcanzar los famosos 10.000 pasos diarios. La ciencia muestra que esa cifra, popularizada sin base sólida, tiene un impacto limitado sobre el rendimiento y la salud cuando el sedentarismo es prolongado.
Frente a esto, las microsesiones de entrenamiento emergen como una estrategia eficaz. Consisten en realizar breves bloques de ejercicio —una o dos series— durante pausas a lo largo del día. Un ejemplo sencillo: dos series de 15 flexiones tras varias horas sentado. Sumadas, estas pequeñas acciones pueden generar un volumen de actividad significativo, mejorar el rendimiento físico y aumentar el gasto energético sin alterar la agenda diaria.
Además, estas microsesiones presentan una ventaja adicional: no generan el estrés fisiológico de un entrenamiento intenso concentrado. Al contrario, ayudan a regular la respuesta al estrés, favorecen la constancia y sostienen el rendimiento general de forma progresiva.









