Con el paso del tiempo, muchas relaciones atraviesan un cambio silencioso que desconcierta a quienes lo viven. Nayera Malnero, sexóloga y psicóloga, asegura que cuando la convivencia avanza, no siempre se sabe interpretar lo que ocurre. La pareja sigue unida, pero algo esencial empieza a diluirse.
Lo que antes era intensidad y deseo puede transformarse en rutina, malentendidos y distancia emocional. Comprender por qué sucede y qué hacer en ese punto marca la diferencia entre resignarse o reconstruir la pareja desde un lugar más realista y consciente.
Del enamoramiento a la convivencia: cuando la realidad reemplaza a la fantasía
El inicio de una relación suele estar dominado por la química. La atracción, la emoción constante y la idealización del otro generan una sensación de plenitud que, según Malnero, es principalmente hormonal. Esa etapa es poderosa, pero necesariamente transitoria. Cuando una pareja comienza a convivir y el vínculo se vuelve estable, la intensidad inicial desciende y aparece un escenario nuevo.
En ese momento se produce el primer choque importante: las expectativas frente a la realidad. Cada miembro de la pareja llega a la convivencia con una imagen mental de cómo será el otro, cómo reaccionará y cómo funcionará la relación. Sin embargo, la rutina revela manías, silencios y diferencias que no estaban en el guion imaginado.
A esta situación se suma un error frecuente: dar por hecho que el otro sabe lo que sentimos. Malnero insiste en que nada es tan obvio como parece dentro de una pareja. El afecto no exime de la necesidad de hablar, expresar y aclarar. Cuando la comunicación falla, la magia del enamoramiento se desvanece y deja al descubierto frustraciones que no siempre se saben gestionar.
Este proceso suele desembocar en una crisis. Lejos de ser una señal de fracaso, la especialista la define como una fase necesaria. En ese punto, la pareja se enfrenta a una decisión clave: construir un amor más real, con virtudes y defectos conocidos, o mantener la relación esperando un cambio que probablemente no llegue.
Sexo, comunicación y deseo: las grietas invisibles de la pareja estable

Uno de los primeros ámbitos en resentirse durante esta transición es la sexualidad. En las primeras etapas, el sexo funciona como un potente nexo de unión dentro de la pareja, sin necesidad de planificación ni grandes conversaciones. Con el tiempo, entran en juego el cansancio, las responsabilidades y las diferencias en el deseo.
Nayera Malnero explica que, a medida que la relación madura, se produce una regulación hormonal natural. Cada persona vuelve a su nivel habitual de deseo, lo que puede generar desajustes dentro de la pareja. A esto se suman factores externos como el trabajo, los problemas económicos o la crianza, y la sexualidad suele quedar relegada.
Cuando el sexo se programa sin tener en cuenta el estado emocional, puede convertirse en una obligación más. En consulta, la sexóloga observa cómo muchas veces la pareja acumula frustración al intentar reproducir el deseo espontáneo del inicio, sin entender que el deseo también evoluciona.
Aquí aparece un concepto central: no existe un único tipo de deseo. En muchas relaciones largas, especialmente en mujeres, el deseo no surge de manera automática, sino como respuesta a un contexto de calma, conexión y seguridad. Cuando la pareja desconoce esta diferencia, se instala una rueda de reproches y silencios que refuerza la distancia.
Para evitar que la relación derive en una convivencia puramente funcional, Malnero propone recuperar espacios de calidad. Citas semanales sin pantallas, conversaciones pendientes y una comunicación más asertiva ayudan a que la pareja deje de operar en piloto automático. No se trata de forzar el sexo, sino de estimular el vínculo.
La clave está en hablar desde el “yo”, asumir la propia responsabilidad emocional y dejar de dar instrucciones al otro. Este tipo de comunicación reduce la tensión y crea un entorno más seguro para abordar temas incómodos. En terapia, cuando la pareja aprende estas herramientas, no solo mejora la vida sexual, también se transforman las dinámicas cotidianas.
El riesgo de convertirse en compañeros de piso no aparece de un día para otro. Es el resultado de conversaciones postergadas, deseos no expresados y expectativas irreales. Reconocerlo a tiempo permite que la pareja decida si quiere seguir compartiendo espacio o volver a construir intimidad.








