jueves, 29 enero 2026

José Antonio Marina (86), filósofo y pedagogo: “El gran objetivo debería ser el desarrollo de la inteligencia”

José Antonio Marina llama a dejar el pesimismo y recuperar la inteligencia como objetivo colectivo: no para ganar disputas, sino para resolver problemas y elevar la calidad del debate público contemporáneo.

José Antonio Marina, filósofo y pedagogo, propone abandonar el pesimismo como actitud dominante y recuperar la inteligencia como motor colectivo. Su mirada no nace del optimismo ingenuo, sino de una convicción práctica: en sociedades complejas, pensar mejor ya no es opcional, es una necesidad urgente.

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la polarización y el desgaste del debate público, Marina plantea una interrogante necesaria: ¿estamos usando la inteligencia para resolver problemas o solo para ganar conflictos?

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La inteligencia frente a la astucia: una confusión con consecuencias

La inteligencia frente a la astucia: una confusión con consecuencias

Uno de los puntos más insistentes en el discurso de Marina es la diferencia entre ser listo y ser inteligente. No se trata de un matiz menor. El propio idioma lo delata. De la inteligencia no se puede abusar. De la astucia, sí. El listo va a lo suyo, calcula ventajas y, antes o después, termina apropiándose de algo que no le corresponde. Manipula, presiona, se aprovecha.

La inteligencia, en cambio, opera con otro horizonte. No busca imponerse, sino comprender. No pretende vencer, sino ajustar intereses legítimos para que el resultado sea estable y justo. Por eso Marina confiesa temer más a la estupidez que al error. El error puede corregirse. La falta de inteligencia aplicada genera daños persistentes que pagan siempre los mismos.

Su propuesta es elevar el nivel medio de inteligencia en la sociedad. No como consigna abstracta, sino como objetivo educativo, político y cultural. Y sostiene que es posible. La historia ofrece pruebas concretas. La humanidad ha avanzado en esperanza de vida, salud, control del dolor, derechos y reducción de la pobreza. No vivimos peor que antes. Sin embargo, la inquietud permanece.

¿Por qué? Porque los cambios son rápidos, las referencias se erosionan y la memoria colectiva guarda colapsos recientes. Además, convivimos con intereses distintos, emociones enfrentadas y visiones del mundo incompatibles. Ese choque constante suele derivar en una respuesta automática: el conflicto.

Del conflicto al problema: un cambio de marco decisivo

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Para José Antonio Marina, casi todos los enfrentamientos pueden abordarse de dos maneras. El formato conflicto parte de una premisa simple: el otro es mi enemigo y solo hay una salida, derrotarlo. Es la lógica de la victoria. Pero existe un segundo enfoque, más exigente y más eficaz: el formato problema.

En ese marco, el adversario desaparece. Tú no eres mi enemigo. El enemigo es el problema. Y eso cambia todo. La inteligencia deja de emplearse para imponerse y empieza a utilizarse para buscar soluciones compartidas. Ya no importa quién gana, sino qué se resuelve.

La teoría de juegos ilustra bien esta diferencia. Existen juegos de suma cero, donde uno gana y el otro pierde. Juegos de suma positiva, donde todos pueden obtener algo. Y juegos de suma negativa, donde todos pierden. La guerra, recuerda Marina, es el ejemplo extremo de suma negativa. No hay vencedores reales. Todo se destruye. Es, en sus palabras, el colmo de la estupidez.

Cuando un problema se resuelve bien, ocurre lo contrario. Los intereses legítimos se ajustan y las partes implicadas obtienen una satisfacción razonable. Esa lógica sirve para la política, para la economía y también para la vida cotidiana. Incluso para una relación de pareja. Si el desacuerdo se plantea como conflicto, el final suele ser la ruptura. Si se aborda como problema, aparece la posibilidad de continuidad.

Entonces surge una pregunta ¿por qué los políticos no se convencen unos a otros? Marina es tajante. Porque todos están absolutamente seguros de tener razón. Falta el talento político para transformar conflictos en problemas. Falta inteligencia estratégica para cambiar el marco del debate.

De ahí su advertencia final. La inteligencia está diseñada para resolver problemas. La fuerza, para terminar conflictos. Son cosas distintas. Elegir una u otra define el tipo de sociedad que se construye. Hoy, sostiene Marina, estamos optando cada vez más por la fuerza. Y pagando el precio.


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