Durante años, Sara López pensó que tenía la vida laboral resuelta, y que no necesitaba emprender. Con 34 años, un buen sueldo y un puesto estable en una multinacional del sector tecnológico, su entorno la veía como un ejemplo de éxito profesional. Sin embargo, por dentro, la sensación era otra muy distinta. Jornadas interminables, reuniones que no llevaban a nada y la impresión constante de estar trabajando para objetivos que no sentía como propios terminaron empujándola a tomar una decisión que muchos aplaudieron… y que ella acabaría cuestionando.
“Todo el mundo me decía que era muy valiente”, recuerda ahora. “Que dejar una multinacional para montar algo propio era dar un salto de calidad”. Con esa idea en la cabeza, Sara presentó su dimisión y se lanzó a emprender con un pequeño proyecto de consultoría digital, aprovechando su experiencia y una red de contactos que parecía sólida. El plan, sobre el papel, tenía sentido.
Al principio, la euforia lo impregnó todo. Los primeros clientes llegaron rápido, los ingresos parecían prometedores y la sensación de libertad compensaba las horas de trabajo. “Sentía que por fin trabajaba para mí”, explica. Pero esa fase duró menos de lo que esperaba.
Cuando emprender deja de ser un sueño
A los pocos meses, la realidad empezó a imponerse. Sara descubrió que emprender no era solo hacer bien su trabajo, sino ocuparse de absolutamente todo lo demás. Facturas, impuestos, captación de clientes, negociación de precios, gestión del tiempo y una incertidumbre constante que no aparecía en los discursos motivacionales que había leído antes de dar el paso.
“El problema no fue trabajar más”, cuenta. “El problema fue no desconectar nunca”. Sin un sueldo fijo, cada mes se convertía en una carrera contrarreloj. Si un cliente se retrasaba en el pago o cancelaba un proyecto, el impacto era inmediato. La presión económica empezó a colarse en su vida personal y a generar una ansiedad que nunca había experimentado en su etapa como asalariada.
Además, algo que no había previsto fue la soledad. Acostumbrada a trabajar en equipo, a compartir decisiones y responsabilidades, de repente todo recaía sobre ella. “No tenía con quién contrastar nada. Si algo salía mal, era culpa mía. Y si salía bien, tampoco había nadie con quien celebrarlo”.

El tabú de volver atrás
Tras casi dos años intentándolo, Sara tomó una decisión que no fue nada fácil: cerrar su proyecto y volver a buscar trabajo por cuenta ajena. No lo vivió como un alivio inmediato, sino como una especie de derrota silenciosa. “Sentía que había fallado”, admite. “Que volver a una empresa significaba reconocer que no había sido capaz”.
Ese sentimiento se vio reforzado por el discurso dominante en torno al emprendimiento, donde rara vez se habla de los que lo intentan y deciden parar. “Parece que si emprendes tienes que triunfar sí o sí. Y si no, es que no te has esforzado lo suficiente”, reflexiona.
La realidad fue muy distinta. Sara no volvió al mercado laboral desde la desesperación, sino con una visión mucho más clara de lo que quería y de lo que no estaba dispuesta a sacrificar. Encontró trabajo en una empresa más pequeña, con horarios definidos y un proyecto que sí encajaba con sus valores.
Emprender también es saber parar
Hoy, con distancia, Sara no reniega de su experiencia como emprendedora. Al contrario. “Aprendí más en esos dos años que en muchos anteriores”, afirma. Aprendió a negociar, a valorar su tiempo, a poner límites y, sobre todo, a entender que el éxito profesional no es igual para todo el mundo.
Su historia pone sobre la mesa una realidad poco visible: emprender no es una obligación moral ni un camino superior al trabajo asalariado. Volver a trabajar para una empresa no significa retroceder, sino elegir lo que mejor encaja en cada etapa vital.
“Si volviera atrás, volvería a intentarlo”, concluye Sara. “Pero también volvería sin culpa. Porque saber decir hasta aquí también es una forma de éxito”.








