jueves, 29 enero 2026

Sergio Juárez Correa, profesor: “Quizá el colegio no estaba enseñando a pensar, sino a obedecer”

Desde su experiencia en primaria, Sergio Juárez Correa cuestiona un modelo escolar centrado en obedecer y propone un colegio que despierte pensamiento, curiosidad y vínculo, incluso cuando el programa se cumple pero el entusiasmo se pierde.

Con los años, Sergio Juárez Correa, docente de primaria, entendió que el colegio no siempre logra encender la curiosidad que promete. Su experiencia en el aula lo llevó a replantearse qué significa enseñar cuando los alumnos aprenden, pero no se entusiasman.

Desde dentro del colegio, Juárez Correa propone una transformación: pasar de formar alumnos obedientes a acompañar niños que piensan, preguntan y se sienten parte de algo más grande.

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Cuando el colegio cumple el programa, pero pierde a los alumnos

Cuando el colegio cumple el programa, pero pierde a los alumnos

Juárez Correa comenzó su carrera como muchos docentes. Llegaba al colegio, seguía los libros, llenaba pizarrones y repetía contenidos que el programa exigía terminar. El objetivo era claro: cumplir. Sin embargo, al final de cada jornada, algo no cerraba. En las miradas de sus alumnos no había curiosidad, sino resignación.

Ese malestar se hizo evidente en un momento concreto. Una graduación. Familias contentas, niños celebrando el cierre de una etapa y un docente esperando, quizás ingenuamente, una foto, un gesto de cercanía. No ocurrió. Aquella escena, dentro del colegio, dejó una pregunta incómoda: tal vez se había enseñado, pero no con el corazón.

La duda fue más allá. ¿Y si el colegio estaba priorizando la obediencia por encima del pensamiento? ¿Y si el sistema estaba formando alumnos correctos, pero no libres? Esa reflexión marcó un punto de inflexión. Juárez Correa comenzó a mirar a sus estudiantes de otra manera. Ya no vio solo niños que debían aprender sumas y restas, sino pequeños científicos, artistas y soñadores con hambre de respuestas.

En muchos contextos vulnerables, el colegio es el único espacio donde esa chispa puede aparecer. Sin embargo, cuando el aula se limita a repetir fórmulas, esa luz queda enterrada bajo el miedo o el silencio. El propio docente lo reconoce: el talento puede florecer incluso en los lugares más olvidados, pero necesita un entorno que crea en él.

Un colegio más humano, donde preguntar vale más que obedecer

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El cambio no llegó con grandes recursos ni discursos grandilocuentes. Llegó con preguntas simples. En lugar de empezar la clase preguntando si se sabían las tablas, Juárez Correa decidió preguntar cómo se sentían. Tristes. Felices. Cansados. Algo se movió. El colegio dejó de ser un espacio de juicio y empezó a parecerse a un equipo.

Ese giro tuvo efectos inmediatos. Los alumnos comenzaron a participar más. A sentirse escuchados. A entender que el maestro no venía a imponer, sino a acompañar. En ese colegio, la autoridad no desapareció, pero cambió de forma. Se volvió cercana, humana y presente.

Juárez Correa sostiene que los niños no necesitan docentes perfectos. Necesitan adultos reales, capaces de equivocarse y de estar cerca. Un colegio que solo transmite contenidos pierde la oportunidad de formar personas. En cambio, cuando se habilita la pregunta, aparece el pensamiento crítico y con él la autoestima.

Muchos docentes, reconoce, se quedan en la zona iluminada del colegio. Lo conocido. Lo cómodo. Lo que siempre se hizo. Pero la verdadera transformación ocurre cuando se entra en la oscuridad de las preguntas difíciles, de lo que no tiene respuestas cerradas. Ahí, dice, comienza el aprendizaje de verdad.

Ese enfoque no elimina las materias ni los objetivos académicos. Los resignifica. El colegio sigue enseñando matemáticas y lengua, pero también enseña a pensar, a expresar emociones y a trabajar en equipo. El resultado no es inmediato, pero es duradero.

En contextos donde los retos sociales son evidentes, el aula puede ser refugio o trámite. La diferencia está en la mirada del adulto que acompaña. Para Juárez Correa, cada niño guarda una chispa de genialidad y el colegio tiene la responsabilidad de no apagarla.


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