jueves, 29 enero 2026

Luis Pérez, terapeuta: “El azúcar activa el mismo circuito que muchas sustancias prohibidas… y nadie habla de ello”

- La historia de Luis Pérez muestra cómo la adicción no es solo consumo, sino una lucha profunda que también puede transformarse en esperanza.

El azúcar parece inofensivo, pero puede activar en el cerebro mecanismos muy parecidos a una adicción. Hablar de adicciones nunca es sencillo. Es un tema que todavía incomoda, que muchas veces se susurra en lugar de nombrarse… pero historias como la de Luis Pérez obligan a mirar de frente.

Luis es terapeuta especializado en adicciones y fundador de uno de los centros terapéuticos más reconocidos de España. Pero lo que realmente le da peso a su voz no es solo la teoría o los años de formación. Es algo mucho más crudo, más humano: él mismo fue adicto. Cocaína, alcohol, sexo… convivió durante años con esa dependencia que lo arrastró hasta el fondo.

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Hoy, su forma de trabajar mezcla neurociencia y una comprensión profunda del dolor. Porque, como él repite, la adicción no es solo consumir, es una enfermedad biopsicosocial que cambia la manera de vivir, de sentir, de relacionarse con uno mismo y con los demás.

Una vida marcada por la herida (y por el descenso al fondo)

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La adicción no es debilidad: es una enfermedad que se puede tratar. Fuente: IA.

La historia de Luis empieza con golpes difíciles de imaginar. Su padre, también adicto, lo abandonó. Y más tarde, su hermana murió en un accidente con apenas 13 años.

Son heridas que dejan marca, como una grieta silenciosa que va creciendo con los años.

Durante mucho tiempo, Luis utilizó esas tragedias como excusa para justificar el consumo. Y el consumo, como suele pasar, no se quedó en algo “puntual”. Se volvió una espiral.

Llegó a consumir hasta 35 gramos de cocaína a la semana. En su etapa más oscura perdió límites, valores… incluso dignidad. Robó las joyas de la comunión de su hermana fallecida para comprar droga y terminó ejerciendo la prostitución para poder seguir financiando su adicción.

Es difícil leerlo sin un nudo en el estómago.

Luis lo resume con una frase que golpea por lo real:

“El adicto es el único enfermo que no se quiere curar… es la única enfermedad del mundo en la que hay que convencer al enfermo para que haga el tratamiento.”

La adicción no es falta de voluntad: es un cerebro secuestrado

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Recuperarse empieza cuando se rompe el silencio y se pide ayuda. Fuente: IA.

Uno de los grandes mensajes de Luis es este: la adicción no se cura con “echarle ganas”.

Explica que existe una predisposición genética que afecta aproximadamente a un 20% de la población. No es destino, pero sí un terreno más vulnerable.

Habla, por ejemplo, de la carencia de GABA, un neurotransmisor que ayuda a sentir calma y saciedad. En el cerebro del adicto, esa sensación de “ya está, es suficiente” nunca llega del todo. Es como un vaso que no se llena.

Y cuando entran las drogas, ocurre el famoso “secuestro”: la dopamina sube tanto que el núcleo accumbens, el centro del placer, registra la sustancia como algo esencial para sobrevivir. Por encima de comer, por encima del afecto, incluso por encima del amor.

Después, cuando llega la abstinencia, aparece un vacío devastador: la anhedonia, esa incapacidad de sentir placer por las cosas normales. Todo se vuelve gris. Nada emociona.

Luis lo dice así, sin adornos:

“Las drogas os han traído hasta la puerta de la clínica, pero vuestro problema… lo que va a mantener la adicción es vuestra manera de ser.”

La verdadera recuperación: aprender a vivir sin anestesia

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Vivir sin anestesia emocional es difícil, pero posible. Fuente: IA.

Para Luis, dejar de consumir es solo el primer paso. Lo realmente difícil viene después: aprender a vivir sin aquello que durante años funcionó como anestesia emocional.

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La libertad comienza con algo que cuesta: rendirse. Aceptar que uno no puede solo.

Él usa una metáfora sencilla (pero muy potente): la vida es como una mesa de cuatro patas. Si el adicto se obsesiona solo con el trabajo o solo con el deporte, la mesa se tambalea. La recuperación necesita equilibrio: cuerpo, mente, relaciones y propósito.

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