jueves, 29 enero 2026

«Analfabetismo alimentario: los españoles comemos peor que nuestros abuelos»: el Dr. Juan Revenga, nutricionista, alerta sobre la generación desinformada

Juan Revenga, dietista-nutricionista y profesor universitario con más de 20 años de experiencia, advierte sobre el fenómeno de la "desalfabetización alimentaria" en España. Una generación entera ha perdido el conocimiento práctico que sus abuelos dominaban sin estudios formales: estructurar menús equilibrados, reconocer alimentos reales y evitar trampas del marketing nutricional. El deterioro del saber alimentario coincide con el auge de ultraprocesados y el abandono de la dieta mediterránea tradicional.

El analfabetismo alimentario golpea España con una paradoja inquietante: nunca hubo tanta información nutricional disponible, pero tampoco tanta confusión sobre qué comer. El dietista-nutricionista Juan Revenga, profesor en la Universidad San Jorge de Zaragoza y divulgador en RTVE, acuñó el término «desalfabetización alimentaria» para describir este retroceso cultural. Hace apenas una generación, los hogares españoles funcionaban con códigos nutricionales implícitos que hoy han desaparecido.

Los datos de consumo de ultraprocesados en España subieron un 43% entre 2000 y 2023, según registros de la industria alimentaria. Mientras tanto, el conocimiento práctico sobre comida real se evapora: ¿cuántos menores de 30 años distinguen un buen aceite de oliva virgen extra de uno refinado sin leer la etiqueta?

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La herencia nutricional perdida

Revenga señala que los abuelos españoles estructuraban menús saludables sin cursos de nutrición, sin apps ni tablas calóricas. Ese saber empírico —legumbres dos veces por semana, pescado fresco los viernes, verdura de temporada— se transmitía por imitación. La dieta mediterránea tradicional funcionaba como sistema operativo doméstico: aceite de oliva como grasa principal, cereales integrales, fruta fresca de postre, proteína animal moderada.

Hoy, el 67% de los hogares españoles compra al menos un ultraprocesado semanal como base de comida principal. La industria alimentaria ha colonizado espacios que antes ocupaba la cocina casera. Los productos con lista de ingredientes interminables —emulsionantes, espesantes, potenciadores del sabor— sustituyen a preparaciones con tres o cuatro elementos reconocibles.

El fenómeno no es solo generacional sino estructural. Las jornadas laborales extendidas, la desaparición de comedores escolares con menús equilibrados y la publicidad agresiva de productos ultraprocesados han creado una tormenta perfecta. Donde antes había transmisión de conocimiento culinario, ahora hay búsquedas en Google sobre «cenas rápidas» que conducen a soluciones industriales.

El marketing nutricional como cortina de humo

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Revenga desmonta en su conferencia el mito de las cinco comidas diarias, una recomendación sin respaldo científico sólido que proviene del marketing, no de la fisiología. «Preguntadle a vuestros abuelos si hacían cinco comidas al día», ironiza el nutricionista. La respuesta es evidente: comían cuando correspondía, sin cronómetro ni notificaciones del móvil.

Los reclamos nutricionales en envases multiplicaron su presencia un 89% entre 2015 y 2024 según auditorías de etiquetado. Términos como «natural», «artesano», «sin azúcares añadidos» o «fuente de proteínas» decoran productos ultraprocesados que jamás pisarían la cocina de una abuela mediterránea. La industria aprovecha el analfabetismo funcional: el consumidor lee «integral» y asume salud, aunque el producto lleve 12 ingredientes irreconocibles.

La confusión se amplifica en redes sociales con influencers nutricionales sin formación que promocionan dietas restrictivas, suplementos innecesarios y pseudoterapias. El ruido informativo es tan denso que distinguir ciencia de marketing requiere alfabetización crítica. Los abuelos no necesitaban fact-checkers: compraban en mercados locales, cocinaban con recetas heredadas y evitaban productos con nombres impronunciables.

Las consecuencias sanitarias del olvido

El sobrepeso infantil en España alcanzó el 40,6% en 2023 según datos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, cifra que duplica los registros de 1990. La obesidad ya no es problema de clase social sino de desconexión con patrones alimentarios tradicionales. Los niños españoles consumen el doble de azúcar recomendado por la OMS y la mitad de la fibra necesaria.

Revenga advierte que la desalfabetización alimentaria tiene efectos en cascada: diabetes tipo 2 en menores, síndrome metabólico en adultos jóvenes, enfermedades cardiovasculares prematuras. La pérdida de conocimiento nutricional básico no es anécdota cultural, si no crisis de salud pública. Los sistemas sanitarios europeos gastan 70.000 millones de euros anuales en patologías relacionadas con mala alimentación.

El profesor pamplonés señala que recuperar ese saber perdido requiere esfuerzo consciente. No basta con campañas institucionales genéricas ni pirámides nutricionales actualizadas cada lustro. Se necesita reeducación práctica: cocinar con ingredientes reales, leer etiquetas críticamente, recuperar recetas tradicionales, enseñar a menores a distinguir comida de producto comestible.

La trampa de la innovación alimentaria

La industria vende cada novedad como progreso nutricional, pero muchas «innovaciones» son regresiones disfrazadas. Los batidos proteicos para desayuno sustituyen al pan integral con aceite y tomate que los abuelos tomaban sin glamour. Las barritas energéticas reemplazan a los frutos secos naturales. El yogur líquido azucarado desplaza al yogur natural sin aditivos.

Revenga destaca que en 40 años España pasó de dieta mediterránea real —patrimonio inmaterial de la UNESCO desde 2010— a patrón anglosajón basado en procesados. El aceite de girasol superó al de oliva en muchos hogares por precio, aunque el segundo aporta grasas monoinsaturadas beneficiosas. Las legumbres, base histórica de la alimentación española, cayeron un 35% en consumo per cápita desde 1990.

El camino de vuelta a la alfabetización

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Realfabetizarse alimentariamente implica recuperar competencias básicas. Primera: leer ingredientes, no reclamos publicitarios. Si una etiqueta lista más de cinco elementos y hay nombres impronunciables, probablemente sea ultraprocesado. Segunda: cocinar regularmente, aunque sean preparaciones sencillas. Tercero: comprar en mercados tradicionales donde la comida aún se parece a su origen: verdura con tierra, pescado con olor a mar, legumbre en saco, no en lata con salsa precocinada.

Revenga propone que la educación nutricional se integre en currículos escolares con clases prácticas, no solo teoría. Los menores deben aprender a cocinar lentejas, reconocer frutas de temporada, entender que el tomate natural no es redondo perfecto todo el año. El 54% de los españoles entre 18 y 35 años admite no saber preparar un guiso básico sin receta escrita.


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