Sari Arponen, médica internista y divulgadora en salud, en una de sus últimas intervenciones mediáticas, asegura que pensar que el ejercicio es solo estética o músculo es un error conceptual grave. En un entorno social donde de sedentarismo, ultraprocesados y fatiga crónica son moneda corriente, su mensaje apunta que la salud no empieza en el espejo, sino en cómo funciona el cuerpo por dentro.
La autora de Envejeces o rejuveneces sostiene que el ejercicio es una de las herramientas más potentes —y menos comprendidas— para proteger el cerebro, regular el sistema inmunitario y ganar años de vida con autonomía. La ciencia respalda su diagnóstico, pero la práctica cotidiana va en otra dirección.
El ejercicio como medicina silenciosa (y mal entendida)

Durante décadas, el ejercicio se ha asociado casi exclusivamente a la pérdida de peso o a la imagen corporal. Sin embargo, la evidencia científica muestra que moverse impacta en casi todos los sistemas del organismo. El problema, explica Arponen, es que se ha reducido su valor a una cuestión estética, cuando en realidad cumple funciones metabólicas, neurológicas y hormonales.
Un ejemplo claro está en el aprendizaje. Muchas personas pasan horas sentadas estudiando para un examen u oposiciones, cuando la memoria y la capacidad de concentración mejorarían si intercalaran pausas activas. El ejercicio, incluso en dosis moderadas, estimula la liberación de factores neurotróficos que favorecen la plasticidad cerebral. No es una intuición: está documentado.
Algo similar ocurre con la salud metabólica. La falta de movimiento favorece la resistencia a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado y el deterioro muscular. Arponen insiste en que no se trata solo de “hacer deporte”, sino de incorporar el ejercicio y el movimiento a la vida diaria. Caminar, subir escaleras, cambiar de postura o entrenar fuerza de forma regular tienen un efecto acumulativo que protege frente a enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas.
Desde esta perspectiva, el ejercicio actúa como una auténtica polipíldora. Mejora la función inmunitaria, regula el apetito, favorece un sueño más profundo y reduce el estrés. Pensar que todo eso se resume en “tonificar” es, en palabras de la médica, un error de base.
Más músculo, más autonomía: el impacto real del movimiento
Uno de los puntos centrales del discurso de Sari Arponen es la importancia del músculo como órgano metabólico. Con el paso de los años, perder masa muscular no solo afecta a la fuerza, sino también a la capacidad de regular la glucosa, mantener el equilibrio y responder al estrés físico o psicológico. Aquí, el ejercicio de fuerza adquiere un papel protagonista.
No se trata de buscar un cuerpo de culturista, sino de preservar una masa muscular funcional. Tener músculo que no se usa sirve de poco. Por eso, la médica subraya la necesidad de combinar ejercicio de fuerza, movilidad y resistencia, adaptado a cada etapa de la vida. La función importa tanto como la cantidad.
Este enfoque también ayuda a desmontar otro mito extendido: que el movimiento sirve para “compensar” una mala alimentación. Arponen es clara al respecto. El ejercicio no neutraliza los efectos de una dieta basada en ultraprocesados, aunque sí puede mitigar parte del daño. La clave está en entender la salud como un sistema interconectado, no como una suma de parches.
En ese sistema, el ejercicio influye incluso en el estado de ánimo y la resiliencia. Un cerebro bien irrigado, con baja inflamación y buen soporte metabólico, responde mejor a la adversidad. Se traduce en más energía al despertar, mayor claridad mental y una actitud menos reactiva ante los problemas cotidianos.
Arponen también vincula este enfoque a una idea de propósito. Cuidar el cuerpo no debería partir del miedo a engordar o enfermar, sino del deseo de tener herramientas para vivir mejor y aportar a los demás. Sin un “para qué”, mantener hábitos saludables se vuelve mucho más difícil. El ejercicio, en ese sentido, deja de ser una obligación para convertirse en una forma de autocuidado consciente.








