El doctor Gabriel Rubio, psiquiatra y jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario 12 de Octubre, advierte que el alcohol no es inocuo y sus señales de riesgo aparecen mucho antes de lo que la mayoría cree. En una sociedad que normaliza —y a menudo celebra— el consumo, identificar esos avisos tempranos resulta indispensable para evitar problemas de salud.
Rubio, con más de 40 años de experiencia clínica e investigadora, explica por qué beber rápido, usar el alcohol para regular emociones o sentir incomodidad si no hay bebida disponible son pistas clave de una relación problemática que suele pasar desapercibida.
El alcohol: un tóxico normalizado con impacto en todo el organismo

Desde el punto de vista médico, el mensaje es rotundo: el alcohol afecta a todas las células del organismo. No existe órgano que quede al margen de su impacto. Su consumo incrementa el riesgo de la mayoría de los cánceres —mama, colon, hígado, páncreas o esófago— y ese efecto no es inmediato, sino acumulativo. Los estudios muestran que la exposición temprana al alcohol eleva de forma significativa la probabilidad de desarrollar tumores décadas después.
En el plano hormonal, el daño también es profundo. En las mujeres, el alcohol incrementa el estrés biológico y altera los equilibrios endocrinos. En los hombres, reduce la producción de hormonas masculinas y favorece un predominio relativo de las femeninas, lo que puede traducirse en pérdida de masa muscular, aparición de ginecomastia y caída del cabello. A ello se suma la pérdida de calcio en los huesos, con mayor riesgo de osteoporosis.
El cerebro es uno de los grandes damnificados. El alcohol actúa como un veneno neurotóxico, capaz de provocar deterioro cognitivo progresivo y enfermedades específicas como la encefalopatía alcohólica. En edades tempranas, el daño es aún mayor: la maduración cerebral no se completa hasta los 25 años, y cualquier consumo durante ese periodo interfiere en el desarrollo emocional, la toma de decisiones y el control de impulsos.
Cuando el cerebro convierte la bebida en una prioridad vital
¿Por qué el la bebida resulta tan difícil de abandonar para algunas personas? Rubio lo explica desde la neurobiología. El alcohol activa el circuito de recompensa, una estructura primitiva del cerebro diseñada para garantizar la supervivencia. Comer, beber agua o mantener relaciones sexuales forman parte de ese sistema. En ciertos cerebros, la bebida se “cuela” en ese circuito y adquiere un valor incluso superior.
Además, el alcohol reduce la actividad de la amígdala, la región que detecta amenazas. Al beber, disminuye la percepción del peligro y la ansiedad. Esa combinación —recompensa intensa y alivio emocional— convierte a la bebida en una herramienta poderosa para regular estados internos. El problema aparece cuando el efecto desaparece: al bajar la alcoholemia, emergen el cansancio, la tristeza o el vacío, y el cerebro aprende que necesita volver a beber para sentirse “normal”.
Ahí surge la dependencia, no definida tanto por la cantidad como por la función que cumple la bebida. “La línea roja”, señala Rubio, “se cruza cuando se empieza a beber para aliviar emociones negativas”. No para celebrar, sino para tapar malestar. Entre las señales tempranas más habituales destacan:
- Beber con rapidez, buscando el efecto y no el sabor.
- Preferir siempre contextos sociales donde haya bebidas alcohólicas.
- Cambios de carácter al beber: irritabilidad, agresividad o tensión.
- Pérdida de control tras las primeras copas.
- Incomodidad o ansiedad ante la idea de no tener alcohol disponible.
Una cultura que estigmatiza al que no bebe

El consumo de alcohol está tan integrado en la vida social que quien decide no beber suele ser visto como “raro”. Se brinda con alcohol, se celebran éxitos con alcohol y se ahogan las penas con lo mismo. Mientras dejar de fumar se aplaude, dejar de beber despierta sospechas. Esa presión cultural, unida a la publicidad constante, dificulta la toma de conciencia.
Para Rubio, el concepto de “beber con moderación” es, en gran medida, una construcción de la industria. Médicamente, no existe un consumo beneficioso: todo consumo de alcohol implica riesgo, aunque en algunos casos sea bajo. La clave está en asumirlo sin moralismos ni estigmas.








