El teletrabajo puede parecer cómodo… hasta que el silencio empieza a pesar. Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. Y, aunque suene a día marcado en el calendario, en realidad es algo mucho más importante: una invitación a poner nombre a lo que tantas veces se esconde.
Porque la depresión es una de las enfermedades mentales más extendidas… y al mismo tiempo una de las más invisibles. Está ahí, en muchos hogares, en muchas cabezas, en muchas vidas aparentemente normales. Y muchas veces nadie lo sabe.
Enero no se elige por casualidad. El inicio del año viene cargado de expectativas, de listas de propósitos, de promesas que nos hacemos casi sin pensar. Y después de las fiestas, de los abrazos y el ruido, llega el regreso a la rutina… los días grises, el frío, el silencio.
Y con todo eso, a veces aparece una sensación extraña. Un vacío que no se explica del todo. No es solo cansancio. Es algo más hondo.
Cuando los objetivos pesan más de la cuenta

Uno de los golpes típicos de enero es la frustración. Esa que llega cuando no conseguimos arrancar como “deberíamos”. Metas enormes, poco realistas: levantarse a las cinco de la mañana, hacer ejercicio todos los días, reinventarse en una semana… como si la vida fuera un botón de reinicio.
Y claro, cuando la realidad no encaja con ese plan perfecto, aparece una presión silenciosa.
También entra en juego la comparación. Porque mientras uno se siente estancado, parece que los demás avanzan rápido, triunfan, cumplen todo. Esa sensación de no estar a la altura es un combustible peligroso para la tristeza persistente.
¿A quién no le ha pasado alguna vez?
La depresión también vive detrás de una pantalla

En los últimos años, muchos expertos han puesto el foco en un grupo especialmente vulnerable: los profesionales del sector tecnológico. Programadores, desarrolladores, trabajadores de TI… personas que pasan largas horas frente a una pantalla, resolviendo problemas, produciendo, rindiendo.
Y aunque desde fuera parezca un trabajo moderno, incluso “cómodo”, muchas veces es profundamente solitario.
El aislamiento pesa. Las jornadas se hacen largas, con poca exposición social real. A eso se suma la exigencia constante: aprender nuevas herramientas, actualizarse, no quedarse atrás.
Y luego está esa cultura del “hustle”, esa idea tóxica de que si no estás trabajando o estudiando incluso en tu tiempo libre, estás fallando.
El trabajo se vuelve identidad. Y el descanso, culpa.
En muchos casos, el código termina siendo un refugio. Una forma de escapar de lo emocional, de no mirar hacia dentro. Pero eso, a la larga, puede aumentar la desconexión.
Y conviene recordarlo: ser productivo no protege a nadie de la depresión. A veces, incluso la disfraza.
Señales que no siempre se ven desde fuera

Uno de los grandes peligros es que la depresión no siempre se nota. No siempre hay llanto. No siempre hay derrumbe.
Muchas personas siguen siendo funcionales: trabajan, cumplen, responden mensajes, hacen lo que toca… mientras por dentro sienten que todo pesa más.
Entre las señales silenciosas aparecen cosas como perder la motivación incluso por aquello que antes apasionaba. Vivir en “modo automático”, como si los días pasaran sin habitarlos del todo.
También la irritabilidad constante. Esa sensación de que todo molesta, de que cualquier interrupción desborda.
O el aislamiento disfrazado: “estoy muy ocupado”, “no tengo tiempo”, cuando en realidad lo que falta es energía emocional.
Y el cansancio… ese agotamiento mental que no desaparece ni después de dormir.








