martes, 27 enero 2026

Notas, reproches y tensión: así empieza la guerra vecinal en el ascensor

Lo que comenzó como una simple nota informativa terminó convirtiéndose en una auténtica guerra pasivo-agresiva entre vecinos en un edificio del barrio de Carabanchel, en Madrid. El detonante: unas manchas recurrentes hechas al tirar la basura en el ascensor y el rellano, presuntamente provocadas por bolsas mal cerradas. La protagonista involuntaria de esta historia es Laura Martínez, 39 años, técnica administrativa y vecina del tercero.

Laura fue la primera en verbalizar lo que muchos pensaban. Cada mañana, al bajar a trabajar, encontraba restos de líquido en el suelo del ascensor: marcas sospechosas, olores poco agradables y, en alguna ocasión, restos visibles de comida. Tras varias semanas repitiéndose la escena, decidió hacer lo que tantos vecinos hacen cuando no saben exactamente a quién dirigirse: escribir una nota y pegarla en el ascensor.

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El primer mensaje: educado, genérico… y mal recibido

El texto era breve y aparentemente inofensivo: “Por favor, revisemos las bolsas antes de bajarlas. El ascensor no es un cubo de basura. Gracias”. Sin nombres, sin acusaciones directas y con un “por favor” incluido. Laura pensó que con eso bastaría.

No fue así.

A las pocas horas, alguien añadió debajo, con otro papel y otro tono: “Si tanto te molesta, limpia tú. Todos pagamos comunidad”. El mensaje original ya no estaba solo. Había comenzado una conversación que nadie había pedido, pero que todos leían.

El ascensor como tablón de reproches

En los días siguientes, el ascensor se transformó en un auténtico muro vecinal de mensajes cruzados. Aparecieron nuevas notas: unas defendiendo la limpieza y el civismo, otras acusando de exageración, y alguna directamente sarcástica: “Propongo cámaras para vigilar quién tira qué”.

Nadie firmaba. Nadie asumía la autoría. Pero todos opinaban.

El conflicto escaló cuando alguien escribió: “Las manchas vienen siempre a la misma hora. Que cada uno saque conclusiones”. A partir de ahí, varios vecinos comenzaron a sentirse señalados. Hubo miradas incómodas, silencios forzados y saludos que dejaron de existir.

De la basura al enfrentamiento personal

Lo que en realidad estaba en juego ya no era la suciedad. Era la forma de señalar sin dar la cara. Algunos vecinos defendían que los carteles eran la única manera de hacerse oír. Otros sostenían que ese tipo de mensajes solo generan mal ambiente y sospechas injustas.

Laura, que nunca pensó que su nota desencadenaría todo aquello, acabó siendo identificada —sin pruebas— como la autora de casi todos los mensajes posteriores. “Desde entonces noté que me miraban distinto”, explica. “Como si yo fuera la policía de la comunidad”.

La situación llegó a tal punto que el presidente del edificio, Antonio Gómez, 62 años, tuvo que intervenir.

basura
Las notas en el ascensor como advertencia son una costumbre en muchas comunidades

¿Qué dice la normativa sobre este tipo de conflictos?

Antonio recordó en una circular que las zonas comunes no pueden usarse como tablón personal y que cualquier aviso debía canalizarse a través de la presidencia o la administración de fincas. También insistió en que la limpieza del ascensor forma parte del servicio comunitario, pero que el mal uso reiterado puede derivar en advertencias formales.

El mensaje fue claro: menos papeles y más comunicación directa.

Aun así, el daño ya estaba hecho. El ascensor volvió a estar limpio, sí. Pero el ambiente tardó semanas en normalizarse.

Cuando el problema no es la mancha, sino cómo se gestiona

Este tipo de conflictos son más habituales de lo que parece. La basura, los ruidos o la limpieza suelen ser solo la excusa visible de problemas más profundos: falta de diálogo, acumulación de pequeñas molestias y miedo al enfrentamiento directo.

En muchas comunidades, los carteles funcionan como válvula de escape… pero también como gasolina.

Laura lo resume con cierta ironía: “Al final, lo que más manchó el ascensor no fue la basura, sino los mensajes”.

Hoy, el edificio ha prohibido expresamente colocar notas sin autorización. Y aunque las bolsas siguen bajándose a todas horas, los vecinos han aprendido —al menos de momento— que a veces, una conversación incómoda evita una guerra silenciosa.

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