lunes, 26 enero 2026

Borja Vilaseca (44), escritor y profesor: “Vivimos en una sociedad profundamente infeliz, anestesiada por dopamina y entretenimiento”

Borja Vilaseca advierte que la hiperestimulación, la dopamina y el entretenimiento esconden una sociedad infeliz. El malestar, sostiene, no es un fallo individual, sino el síntoma colectivo de un modelo que evita el dolor interior.

Vivimos rodeados de estímulos, pantallas y promesas de bienestar inmediato. Sin embargo, algo no termina de encajar. Bajo esa apariencia de progreso y comodidad, crece una sensación de vacío difícil de ignorar. Borja Vilaseca, escritor y profesor, pone palabras a ese malestar que atraviesa a buena parte de la sociedad contemporánea.

Vilaseca cuestiona los pilares emocionales, educativos y culturales sobre los que se ha construido nuestra sociedad. Su mirada no es complaciente con las personas y sus hábitos, pero sí habilita la posibilidad de entender al dolor como síntoma y, al mismo tiempo, como puerta de entrada a una transformación personal y colectiva.

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Una sociedad hiperestimulada y desconectada de sí misma

Una sociedad hiperestimulada y desconectada de sí misma
Fuente: Pexels

Para Borja Vilaseca, el malestar no es una anomalía, sino una consecuencia lógica del modelo actual. A mayor desarrollo tecnológico y económico, sostiene, mayor es también el sufrimiento psicológico. La sociedad moderna ha perfeccionado los mecanismos para evitar el contacto con el vacío interior: entretenimiento constante, consumo de dopamina y una oferta inagotable de distracciones.

El problema aparece cuando se retiran esos parches. Sin el móvil, sin series, sin ruido externo, muchas personas no saben qué hacer consigo mismas. En ese silencio emergen la ansiedad, la frustración y una tristeza que llevaba tiempo tapada. Vilaseca describe esta situación como una neurosis colectiva que atraviesa a la sociedad y que se manifiesta en el aumento del consumo de ansiolíticos, antidepresivos y en una creciente desconexión emocional.

En este contexto, la felicidad se ha convertido en una palabra incómoda. Hablar de ella genera rechazo porque evidencia una carencia estructural. La sociedad ha aprendido a perseguir el éxito, el reconocimiento y la validación externa, pero ha descuidado la relación con el mundo interior. Según el autor, no se trata de acumular logros, sino de aprender a habitarse con honestidad y coherencia.

El sufrimiento, lejos de ser un error, cumple una función esencial. Es la forma que tiene la vida de señalar desajustes entre lo que se vive y lo que realmente se necesita. Cada crisis, cada conflicto profundo, actúa como un espejo que devuelve una pregunta incómoda: ¿estamos siendo fieles a nosotros mismos o solo obedeciendo expectativas ajenas impuestas por la sociedad?

Educación, identidad y el precio de vivir con autenticidad

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Uno de los pilares que Borja Vilaseca cuestiona con mayor firmeza es el sistema educativo industrial. A su juicio, se trata de un modelo obsoleto que prioriza la estandarización sobre la singularidad. Durante años, la sociedad ha educado para encajar, no para comprenderse. El resultado es una gran dificultad para tomar decisiones propias y una identidad construida más desde el miedo que desde el deseo.

Muy pocas personas, afirma, logran atravesar ese sistema sin perder la conexión con su autenticidad. Vivir una vida alineada con la propia naturaleza implica asumir un coste emocional. El miedo es inevitable cuando se rompe con los moldes establecidos por la sociedad, pero también es el precio de una existencia con sentido. Las personas que inspiran, que iluminan y que admira el entorno, suelen haber atravesado procesos de ruptura, soledad y cuestionamiento profundo.

En su experiencia personal, el divorcio fue una de esas sacudidas vitales. Un proceso doloroso, pero también transformador. Vilaseca no romantiza el sufrimiento, pero insiste en su valor evolutivo cuando se afronta con responsabilidad emocional. La sociedad suele empujar a anestesiar el dolor o a buscar culpables externos, cuando la verdadera oportunidad está en asumirlo como parte del propio camino.

Este enfoque se extiende también a las relaciones, al trabajo y a la manera de entender el éxito. La sociedad propone modelos únicos para todos, ignorando que cada persona es distinta. Cuando esos moldes no encajan, aparece la frustración. Para Vilaseca, el desafío está en cuestionar lo heredado, desarrollar amor propio y construir una vida coherente con los propios valores, aunque eso implique ir a contracorriente.

En última instancia, el autor asegura que sociedad más sana no se construye desde la imposición ni desde el miedo, sino desde individuos capaces de mirarse con honestidad. Ser feliz no es un privilegio ni una utopía, sino una consecuencia natural de vivir con autenticidad. Pero para ello, primero hay que atreverse a apagar el ruido, sostener el silencio y escuchar lo que, desde dentro, lleva tiempo pidiendo ser atendido.


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