Durante más de tres décadas, David Jiménez, uno de los perfiles más trascendentes del periodismo español, recorrió el mundo contando guerras, revoluciones y abusos de poder. Hoy, con la misma voz serena con la que narró el horror, advierte que el mayor peligro ya no está solo fuera, sino dentro de las democracias.
El periodista y escritor fue corresponsal en Asia durante casi veinte años, entró clandestinamente en Corea del Norte, sobrevivió a atentados y terminó dirigiendo uno de los grandes medios del país. Su diagnóstico es que sin periodismo independiente, la democracia queda indefensa frente al poder, la mentira y la corrupción.
Periodismo: Del reportero en la trinchera al poder en los despachos

David Jiménez pasó media vida en primera línea. Cubrió conflictos en más de treinta países, fue el único periodista que permaneció en Fukushima tras el desastre nuclear y entró dos veces en Corea del Norte, un lugar que define sin matices: “No es un país, es una cárcel”. Allí vio de cerca un régimen basado en el miedo, el control y el castigo colectivo, donde millones de personas no pueden marcharse cuando el reportero se va.
Esa mirada internacional marcó su forma de entender el periodismo y la democracia. Para él, contar la verdad nunca fue un gesto heroico, sino una obligación profesional. Por eso el mayor choque llegó al regresar a España y asumir la dirección de El Mundo. Pasó de observar el poder a convivir con él. Y fue entonces cuando comprobó hasta qué punto política, dinero y medios no operan como esferas independientes, sino como un mismo engranaje cuando sus intereses coinciden.
Jiménez sostiene que en España no mandan quienes aparecen en las papeletas. El poder real, afirma, está concentrado en una élite reducida que no se presenta a elecciones y que actúa muchas veces en la sombra. Cuando un periodista decide contar lo que incomoda a ese establishment, la respuesta no suele ser un debate público, sino la presión, el aislamiento y, finalmente, la expulsión.
Su experiencia como director terminó de forma abrupta. Se negó a guardar informaciones en un cajón, rechazó acuerdos opacos y rompió una regla no escrita: no molestar a determinados intereses. El precio fue alto. Perdió su cargo, pasó por la cola del paro y entendió, en carne propia, una de las paradojas más crueles del periodismo: hacerlo bien no siempre garantiza reconocimiento; a veces garantiza el despido.
Un mundo más oscuro y la verdad en retirada
La preocupación de David Jiménez no se limita a España. Tras treinta años cubriendo política internacional, asegura no haber estado nunca tan inquieto como ahora. El orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con reglas, alianzas y equilibrios, se ha debilitado. En su lugar avanza un escenario más parecido al siglo XIX, donde regresan el imperialismo, el autoritarismo y la ley del más fuerte.
En ese contexto, el periodismo cumple una función crítica que hoy está en riesgo. La mentira, impulsada por redes sociales, campañas de desinformación y tecnologías como los deepfakes, compite con ventaja frente a la verdad. Gobiernos y líderes autoritarios han aprendido a manipular narrativas a escala masiva, erosionando la confianza pública y confundiendo a la ciudadanía.
David Jiménez señala que esta batalla no podría estar ganándola la mentira sin la debilidad de los medios. Parte del periodismo, reconoce, se ha acomodado, ha aceptado favores o ha renunciado a incomodar para sobrevivir. Cuando decir la verdad se vuelve excepcional, la profesión ha fallado. Y cuando los ciudadanos ya no saben en qué creer, la democracia se resiente.
Aun así, su visión no es derrotista. Cree en el valor del espíritu crítico y en la necesidad de educarlo desde edades tempranas. Desconfíar, contrastar y hacerse preguntas debería ser una rutina cívica básica. En ese proceso, el periodismo riguroso sigue siendo una herramienta esencial para ordenar la realidad y poner límites al poder.
Jiménez no se presenta como un héroe. Rechaza esa etiqueta y recuerda a los periodistas encarcelados o asesinados en países sin libertades. Comparado con ellos, perder un empleo no es valentía, dice, sino una consecuencia asumible. Lo verdaderamente peligroso sería renunciar a los principios por comodidad o miedo.








